El ambientador de pino colgaba del retrovisor con una dignidad que mi coche no compartía. —En la guantera llevaba el resguardo de la cita, la ficha técnica y esa ansiedad absurda de quien va a ser examinado a través de sus amortiguadores. ——Tranquilo, es solo la ITV.
Sí, claro. Solo una nave industrial con líneas amarillas en el suelo, conos naranjas, puertas automáticas y señores con chaleco que dicen “avance un poco” como si estuvieran guiando una nave espacial barata. —No exageres. —No exagero. —En la cola, nadie exagera en voz alta. Esa es la gracia. Un todoterreno reluciente delante, una furgoneta con cinta aislante en un intermitente detrás, un utilitario con pegatina de bebé a bordo y mi coche, que desde que entró por la verja empezó a hacer ruidos nuevos, por solidaridad con el drama.
Todos mirábamos al frente con una serenidad de procesión. —Nadie quería llamar la atención. —Ni siquiera los que llevaban el motor sonando como una cafetera con rencor. En España podemos discutir en una terraza sobre cualquier asunto imposible, pero basta que alguien con una tablet y botas de seguridad se acerque a la ventanilla para que nos volvamos educadísimos.
—Eso se llama respeto. También se llama miedo a que te encuentren algo. —Que no tiene por qué ser mecánico. —Te miran los neumáticos y tú notas que te revisan la vida. ¿Has sido previsor? ¿Has cuidado lo que usas? ¿Has esperado demasiado para arreglar ese piloto? —¿Eres una persona responsable o solo alguien que confía en que las cosas aguanten un mes más? —La ITV es uno de esos sitios donde la clase social entra con matrícula. No hace falta que nadie lo diga.
Se ve en los coches, en la forma de hablar, en la seguridad con la que algunos preguntan y en la humildad preventiva con la que otros responden. Hay quien llega como si estuviera renovando un trámite más, y hay quien llega calculando mentalmente qué pieza puede permitirse cambiar si el veredicto sale torcido.
——Pero ahí todos pasan por la misma línea. —Qué frase tan bonita. Casi merece una pegatina. Todos pasamos por la misma línea, sí, pero no todos venimos del mismo taller ni tenemos el mismo margen para el suspenso. La igualdad, en ciertos lugares, consiste en que te midan con el mismo aparato.
—La diferencia está en lo que ocurre después. —Un hombre mayor salió del coche para preguntar algo y enseguida le indicaron que se quedara dentro. Lo hizo con una obediencia instantánea, como si hubiera recordado que allí las dudas también tienen carril. Una mujer joven, dos coches más allá, ensayaba con el móvil apagado en la mano una llamada que todavía no hacía. Supuse que esperaba el resultado antes de avisar a alguien. —O quizá solo estaba evitando mirar al inspector agachado bajo su coche.
—La imaginación en las salas de espera trabaja más que los técnicos. —Te estás inventando vidas ajenas. Por supuesto. Es una de las pocas actividades gratuitas que quedan. —Además, allí todos nos inventamos un poco. —El que dice “esto seguro que pasa” no lo sabe. El que comenta “lo llevé al taller la semana pasada” está pidiendo al universo que no le contradiga. El que se ríe del ruido de su propio motor intenta adelantarse a la vergüenza, que siempre cobra peaje si la pillan desprevenida. Me tocó avanzar. —Primera, freno, punto muerto. —Luces. Intermitente izquierdo. Derecho. Antinieblas. —Claxon. ——Pita. Pité. Sonó con una alegría ridícula, como si el coche hubiera encontrado al fin su momento artístico. El técnico no sonrió. —Tampoco tenía por qué. —En ese silencio profesional, cualquier gesto suyo parecía una sentencia. Yo obedecía las indicaciones con una docilidad que no practico en otros ámbitos. Si me pidieran esa precisión para votar en una comunidad de vecinos, reciclar bien o ceder el paso sin hacer teatro, quizá el país sería otro. Pero claro, ahí no hay una pegatina al final. ——Te gusta mucho juzgar desde el asiento del conductor. —Me gusta poco, pero lo hago. También me juzgo a mí. Pienso en todas las pequeñas revisiones que evitamos porque nadie nos obliga: la manera de ocupar espacio, de hablar al camarero, de aparcar invadiendo dos dedos la acera, de mirar al que va más lento como si estuviera incumpliendo un contrato invisible con nuestra prisa. Al salir, con el papel favorable en la mano, sentí una euforia desproporcionada. —Mi coche seguía siendo el mismo, pero yo lo conducía como si acabara de graduarse. ——Qué poco necesitamos para sentirnos absueltos. Una pegatina, una casilla marcada, alguien con autoridad diciendo que podemos seguir circulando. La pegué en el parabrisas con cuidado. Luego arranqué despacio, casi solemne. —En la rotonda de salida, un conductor me pitó porque tardé medio segundo más de lo previsto. —Y ahí terminó la civilización, naturalmente.
