Vivo en un depa donde la noche no existe de verdad. No es metáfora: mi cuarto da a una avenida y, aunque apague todo, siempre hay algo prendido allá afuera. El poste, el anuncio del Oxxo, la farmacia con sus letreros “OFERTA”, los faros de los carros rebotando en el vidrio como si alguien estuviera tomando fotos con flash. Y luego está esa luz blanca, fría, que no ilumina: invade. La neta, yo antes pensaba que la contaminación lumínica era cosa de astrónomos tristes que ya no ven la Vía Láctea. Ahora sé que también es cosa de gente común que nomás quiere dormir.
Hay noches en que me acuesto cansado, de esas en que el cuerpo ya se rinde, pero la cabeza no. No porque esté preocupado por algo grande, sino porque la habitación está “medio de día”. Y entonces empiezas con la negociación: cortinas más gruesas, una toalla en la rendija, antifaz (que acabas quitándote porque te desespera), música, ventilador. Todo para pelearte con un enemigo que ni siquiera se siente enemigo, porque está normalizado. “Así es la ciudad”, te dicen. Como si la ciudad fuera una excusa universal para vivir mal.
Lo que me pesa no es solo el sueño. Es el humor al día siguiente. Cuando duermo chueco, me vuelvo una versión más tonta de mí: más irritable, menos paciente, más propenso a contestar seco. Y ahí es donde la cosa se pone rara, porque ya no es “un problema de luz”, sino un problema de convivencia. ¿Cuántas discusiones pendejas no son, en el fondo, cansancio mal digerido? ¿Cuánta gente anda a la defensiva porque nunca descansa bien?
Y no, no estoy diciendo que todo se arregle apagando focos. Tampoco me voy a poner moralista con el tema de “la modernidad” y “la tecnología mala”. De hecho, me gustan las ciudades vivas. Me gusta salir tarde por un café, caminar con música, ver puestos abiertos. Me gusta que haya luz por seguridad. Lo que no me gusta es esta idea medio bruta de que “más luz = mejor”. Como si iluminar fuera sinónimo de cuidar, y no de controlar o vender.
Porque esa es otra: mucha luz no viene del gobierno, viene del negocio. El espectacular que alumbra como estadio no está ahí para que tú no te tropieces; está ahí para que compres. Y, curiosamente, quien más paga el precio no es quien gana con eso. Es la señora del segundo piso que no puede oscurecer su cuarto. Es el bebé que se despierta a media noche. Es el guardia que hace turno nocturno y luego llega a dormir con el sol artificial metido por la ventana. Hay una desigualdad rara en quién puede comprar oscuridad: el que tiene lana se va a una zona más tranquila o pone doble ventana; el que no, se aguanta.
He leído que el cuerpo necesita oscuridad para “activar” el modo descanso, que por eso existe eso del ritmo circadiano y que la luz intensa (sobre todo la blanca-azulada) le manda señales al cerebro que confunden. No soy experto, pero no necesito un laboratorio para notar el efecto: cuando logro dejar el cuarto realmente oscuro, mi mente baja la guardia. Cuando no, siento que sigo “en línea”, como si no pudiera desconectarme nunca.
Entonces me pregunto: ¿por qué no tratamos la oscuridad como algo valioso, como parte del espacio público? Así como se regula el ruido en ciertas horas (aunque a veces se lo pasen por el arco del triunfo), ¿por qué no se regula la luz? No hablo de volver la ciudad una cueva. Hablo de diseño con tantita inteligencia: lámparas que apunten al piso y no al cielo ni a las ventanas, horarios para anuncios, tonos más cálidos en zonas residenciales, parques con “islas” de sombra, y sí, campañas que expliquen que dormir bien no es un lujo “fresa”.
Sé que esto suena a queja de vecino, y tal vez lo es. Pero también siento que hay algo más profundo: cuando una ciudad te niega la noche, te niega un tipo de silencio interno. Y sin ese silencio, uno se vuelve más reactivo, más superficial, más fácil de manipular (porque con sueño, cualquier estímulo te gana). A lo mejor por eso conviene que todo esté siempre prendido: así nadie baja el ritmo, nadie piensa demasiado, nadie se sale del modo “hacer/consumir”.
No tengo un cierre brillante. Solo una imagen: anoche, por fin, se fue la luz en la cuadra. Todo quedó oscuro, y por primera vez en meses vi sombras de verdad en mi cuarto. Me dio risa… y luego me dio coraje, porque resultó que mi descanso dependía de un apagón. Y eso, la neta, no debería ser normal.
