Yo antes decía “eso es mala suerte” cada vez que un aparato se dañaba apenas se acababa la garantía. La licuadora que empieza a oler a quemado justo al año, el cargador que “de un día pa’ otro” deja de funcionar, el celular que se pone lento después de una actualización. Uno lo cuenta como anécdota, se ríe, compra otro y sigue. Pero llega un punto en que tantas “coincidencias” ya no parecen coincidencias, parecen patrón. Y cuando uno ve el patrón, cambia el sabor de todo: ya no es “se dañó”, es “me diseñaron el daño”.
Lo que más me molesta de la obsolescencia programada no es el gasto (que igual duele), sino la sensación de que te empujan a vivir apurado. Como si tus cosas tuvieran un reloj interno que marca: listo, ya cumplí mi ciclo comercial, ahora reemplázame. Y uno cae, porque la vida ya es cansona como para además volverse técnico de cada aparato. Es más fácil comprar otro que pelear con tornillos raros, repuestos inexistentes y servicio técnico que te mira con cara de “sale más barato nuevo”.
Pero ahí es donde siento que se rompe algo más grande: la confianza. Porque cuando una empresa diseña para que algo muera, no solo está vendiendo un producto, está vendiendo una relación con el tiempo. Te está diciendo: “no inviertas cariño en esto, no lo cuides demasiado, no lo sientas tuyo”. Y eso, aunque suene dramático, nos vuelve consumidores más ansiosos. Todo pasa a ser desechable: la cosa, el hábito, la paciencia.
Yo no soy purista. Me gusta la tecnología, me gusta que un aparato sea más eficiente, más liviano, más cómodo. Pero una cosa es la evolución y otra es la trampa. Si un producto se vuelve viejo porque salió algo mejor, bueno, pasa. El problema es cuando se vuelve viejo porque lo obligaron a envejecer: batería pegada que no se puede cambiar, tornillos que no se consiguen, software que te arrincona, plástico “bonito” que se quiebra como galleta.
Y lo peor es que, como usuario, uno también se vuelve cómplice sin querer. Porque premiamos la novedad: el modelo nuevo, la cámara nueva, la pantalla nueva. Yo mismo lo he hecho: “nah, este ya está viejito”, cuando en realidad todavía sirve. Entonces la obsolescencia programada se alimenta de dos cosas: diseño con intención y cultura con afán.
La pregunta que me hago es: ¿qué se podría hacer sin volverse radical ni ingenuo?
A nivel personal, a mí me ha servido algo simple: comprar menos por impulso y más por criterios. Por ejemplo: ¿la marca vende repuestos? ¿Hay talleres que lo arreglen? ¿La batería se puede cambiar? ¿Ese producto tiene comunidad de gente que lo mantiene vivo? Suena nerdo, sí, pero es una forma de voto. Y además, cuando arreglás algo, te cambia la cabeza: le devolvés dignidad a un objeto que el mercado ya daba por muerto. (También te frustrás un rato, obvio).
A nivel de ciudad-país, yo sí creo que esto necesita reglas. No me refiero a prohibir empresas ni a hacer discursos eternos, sino a cosas concretas: derecho a reparar, repuestos disponibles por ciertos años, manuales accesibles, y que la “durabilidad” sea un dato visible, como lo es el consumo energético. Porque si a mí me dijeran en la caja: “este producto está diseñado para durar tres años”, yo decidiría con más honestidad. El problema es que eso casi nunca se dice. Se disfraza con marketing: “calidad premium”, “materiales de alta resistencia”… y luego paila.
También hay un punto ambiental que ya es imposible ignorar. La basura electrónica no es un concepto abstracto: son montañas reales, con metales, químicos, transporte, energía desperdiciada. Y aquí viene mi tesis, así, en limpio: la obsolescencia programada es una deuda de diseño que alguien paga después: el usuario con plata y tiempo, y el planeta con residuos.
Ahora, para no sonar como sermón: yo no tengo la solución perfecta. De hecho, a veces termino comprando lo mismo que critico, porque no hay alternativa, porque no me alcanza, porque me ganó la urgencia. Pero por eso mismo creo que el cambio no puede depender solo de la “buena conciencia” individual. Si todo queda en “compra mejor”, el que tiene menos plata queda condenado a comprar barato y reemplazar rápido. Y eso es una injusticia camuflada.
Lo que me gustaría es un mundo donde durar sea un valor de verdad, no una nostalgia. Donde un producto que se puede reparar no sea “viejo”, sino sensato. Donde no tengamos que normalizar que todo muere justo cuando uno ya le cogió la maña.
Porque al final, la obsolescencia programada no daña solo cosas. Daña hábitos: nos enseña a soltar rápido, a no cuidar, a no entender, a no reclamar. Y yo, la verdad, ya me cansé de esa lección. Prefiero aprender otra: la de que lo que funciona merece quedarse un rato más.
