Hay una cosa que me pasa desde hace años y que siempre me ha parecido rarísima. A veces repito una palabra muchas veces, por juego o por pura bobada, y de un momento a otro se me daña. No la palabra en sí, claro, sino la sensación de palabra. Se me vuelve un ruido raro, una cosa hueca, como si nunca hubiera significado nada. Y lo más extraño es que no me pasa con palabras difíciles. Me pasa con las más simples, con las de todos los días.
Una vez me ocurrió con “puerta”. Estaba sola, diciendo “puerta, puerta, puerta”, sin ningún motivo importante, y de pronto me sonó absurdísima. Como si alguien se la hubiera inventado cinco minutos antes. Ya no me conectaba con el objeto, sino con el puro sonido: puer-ta. Dos pedazos medio torpes pegados entre sí. Me acuerdo de que me quedé mirando una puerta real, ahí al frente, y sentí una desconexión chiquita pero brava, como si el lenguaje se hubiera corrido apenas un centímetro.
Eso me deja pensando mucho porque uno vive confiando en las palabras como si fueran tornillos bien apretados. Uno dice “mesa”, “mano”, “tristeza”, “mamá”, y cree que todo eso está unido para siempre a algo firme. Pero no. A veces basta repetir una palabra un poco más de la cuenta para que la costura se afloje. Y cuando eso pasa, a mí me da una mezcla rara de risa y susto. Risa, porque se siente casi ridículo. Susto, porque me recuerda que el lenguaje también es frágil.
Y no hablo solo de jugar con sonidos. Siento que esto pasa también en la vida normal, sin que una se dé cuenta. Hay palabras que se gastan de tanto usarlas. “Luego hablamos”. “Te aviso”. “Estoy bien”. “Te quiero”. “Perdón”. A veces uno las dice tantas veces, o las oye tanto en ciertos tonos, que empiezan a llegar vacías. No porque sean falsas siempre, sino porque la repetición les va limando algo. Como una moneda que sigue circulando pero ya casi no deja ver la cara.
A mí eso me duele especialmente con ciertas palabras importantes. Porque uno quisiera creer que hay palabras protegidas, palabras a salvo del desgaste. Pero no sé si las hay. Incluso el nombre propio, que debería sentirse tan íntimo, si una lo repite mucho termina poniéndose raro. Me ha pasado con mi propio nombre: lo digo varias veces y por unos segundos deja de parecer mío. Me suena prestado, ajeno, como si perteneciera a otra persona. Y eso sí me desacomoda bastante, porque me hace pensar qué tan pegadas están las palabras a lo que somos.
Tal vez por eso me interesan tanto estos momentos mínimos en que el lenguaje falla un poco. No porque quiera volverme desconfiada de las palabras, sino porque ahí se nota que no son piedras: son acuerdos vivos. Funcionan mientras las habitamos, mientras las sentimos conectadas con algo. Cuando esa conexión se enfría, aunque sea por un instante, aparece el puro cascarón sonoro. Y a mí eso me parece bellísimo, en un sentido raro. Es como ver el reverso de algo que normalmente usamos sin mirar.
También me hace ser un poco más cuidadosa con lo que digo. Porque si una palabra puede vaciarse por repetición, entonces también puede volver a llenarse por presencia. No es lo mismo decir “gracias” por costumbre que decirlo estando de verdad ahí. No es lo mismo decir “te acompaño” como fórmula que decirlo con el cuerpo entero metido en esa frase. Yo siento que muchas veces no nos faltan palabras nuevas; lo que nos falta es devolverles peso a las de siempre.
Entonces, cuando me vuelve a pasar eso de repetir una palabra hasta que se desarma, ya no lo veo solo como una rareza mental. Lo veo como un recordatorio. Una especie de aviso pequeño de que el lenguaje no está hecho de una vez y para siempre. Hay que sostenerlo. Hay que vivirlo. Hay que ponerle algo de verdad para que no se vuelva puro ruido. Y no sé, a mí eso me conmueve bastante: pensar que hasta la palabra más común necesita, de vez en cuando, que alguien la diga como si todavía significara algo.
