Yo crecí escuchando que la independencia del Paraguay era motivo de orgullo, y claro que sí, pero con los años empecé a sentir que repetir eso nomás no alcanza. A mí, por lo menos, ya no me mueve tanto la versión prolija de la historia, esa que parece desfile, escarapela y discurso aprendido. Lo que me sacude de verdad es otra cosa: pensar que hubo un momento en que este país decidió no pedir permiso para existir.
La gesta del 14 y 15 de mayo de 1811 suele recordarse como el paso decisivo hacia un Paraguay independiente, en medio de tensiones con el poder español, con Buenos Aires y también con el riesgo de influencia portuguesa. Y capaz eso es lo que más me interesa: que nuestra independencia no nació de una idea cómoda, sino de una incomodidad total. No fue una siesta histórica. Fue una reacción de gente que entendió que, si no se movía, otros iban a decidir por ella.
A mí me gusta pensar la independencia no como una estatua, sino como una desconfianza sana. Sí, desconfianza. Porque un país se vuelve libre cuando deja de creer que siempre vendrá alguien de afuera a ordenarle la vida, a salvarle la economía, a explicarle qué debe admirar y hasta qué idioma debe sentir más legítimo. Y eso, che, sigue siendo actual.
A veces me da la impresión de que celebramos la independencia como si fuera una herencia ya cobrada, cuando en realidad es una deuda diaria. No una deuda triste, sino una exigencia. Ser independientes suena lindo hasta que uno entiende lo que cuesta. Cuesta pensar con cabeza propia. Cuesta no copiar todo lo ajeno por vergüenza a lo nuestro. Cuesta no convertirnos en eco de países más grandes, de modas más fuertes o de relatos más vendibles.
Yo soy paraguayo, y lo digo sin grandilocuencia. Lo digo también con contradicciones. Porque amar este país no me obliga a romantizarlo. No me obliga a fingir que todo lo nuestro es admirable ni que todo sacrificio del pasado nos volvió automáticamente sabios. Al contrario: la independencia me parece más valiosa cuando la miro sin maquillaje. Un país libre también puede equivocarse, encerrarse, deformarse, pelearse consigo mismo. La libertad no garantiza lucidez. Apenas nos da la posibilidad de hacernos responsables.
Y ahí está, para mí, la parte más fuerte de todo esto. La independencia del Paraguay no fue solamente separarse de un mando externo. Fue aceptar el peso de mirarnos entre nosotros y decir: “Bueno, ¿y ahora qué hacemos con esto que somos?”. Esa pregunta sigue viva. Sigue cuando discutimos cómo hablamos, qué enseñamos, qué producimos, qué memoria cuidamos y qué futuro estamos rifando por comodidad.
También pienso mucho en algo que casi nunca se dice con suficiente fuerza: un país no se vuelve más libre cuando se parece más a otros, sino cuando puede sostener su propia mezcla sin vergüenza. En Paraguay eso se siente muchísimo. El castellano y el guaraní, la formalidad y la picardía, la ternura y la dureza, la memoria de haber resistido y la costumbre de aguantar. A veces somos un pueblo que habla bajito, pero siente hondo. Y eso también es político.
Por eso, cuando llega mayo, yo no siento solo orgullo. Siento una especie de sacudida interior. Como si la independencia me preguntara a mí, en voz baja, si de verdad estoy viviendo con criterio propio o nomás repitiendo lo que queda bien. Porque la patria, al final, no siempre entra por el himno. A veces entra por una incomodidad. Por esa molestia que aparece cuando uno se da cuenta de que está dejando que otros le definan el valor de lo suyo.
Entonces sí: yo celebro la independencia del Paraguay. Pero no como una postal intocable. La celebro como una advertencia. Como una llamada de atención. Como una memoria que me dice que la libertad no empezó para que nos sintiéramos importantes, sino para que nos animáramos a ser responsables de nosotros mismos.
Y, sinceramente, me parece una idea mucho más desafiante que cualquier discurso patriótico.
