No sé bien por qué hoy me volvió este mito a la cabeza, pero lo dejo acá, al aire, como quien deja una piedrita en el borde de la ventana para que no se cierre del todo. El mito de Sísifo, ese tipo condenado a empujar una piedra enorme cuesta arriba para que, justo antes de llegar, la piedra se le vuelva a caer. Lo contaron los griegos hace siglos, pero a mí me agarra en pleno Buenos Aires, con el subte lleno, el mate lavado y la sensación de que estoy viviendo en una repetición que nadie aplaude.
A veces me pregunto si mi vida no es esa loma. No por tragedia, eh. No es “pobre de mí”. Es más raro: es como si yo tuviera una relación íntima con lo circular. Termino una cosa y, en vez de sentir alivio, siento el rebote. Respondo mensajes, pago una cuenta, ordeno la cocina, lavo un plato, cuelgo una remera, y mi cabeza ya está señalando lo próximo, como un dedo impaciente: “falta esto, falta esto otro”. Y yo obedezco, porque si no obedezco me quedo con un ruido interno que no sé apagar.
Lo que me cansa no es el esfuerzo. Lo que me cansa es la falta de cierre. El final que no termina de cerrarse nunca. Como cuando limpiás la casa y al rato aparece una miguita que jurabas que no estaba. O cuando te esforzás por estar bien con alguien y, de la nada, se abre otra conversación pendiente. Yo siento que mi piedra siempre encuentra una manera de volver al inicio, y que mi cuerpo, sin preguntarme, ya se inclina para empujar otra vez.
Pero hoy, por alguna razón, no lo vi como castigo. Hoy lo vi como una especie de idioma. Como si el mundo me hablara en tareas repetidas. Y me pregunté: ¿y si Sísifo no es solo el condenado, sino el que conoce un secreto del ritmo? ¿Y si hay algo sagrado, chiquito, en volver?
Te juro que no lo digo para romantizar el cansancio. Hay días en que la piedra pesa y no hay poesía que alcance. Hay días en que la piedra tiene nombre: “laburo”, “trámite”, “cuidar a alguien”, “sostenerse”. Y uno se siente solo, che, porque la repetición es invisible. Nadie te felicita por tender la cama por quinta vez en la semana. Nadie te aplaude por volver a empezar cuando te desarmaste. Lo hacés y ya. Como respirar.
Pero justo ahí, en esa invisibilidad, hoy me apareció una ternura. Pensé en todas las personas que empujan piedras que no se ven: la que se levanta temprano para que su casa funcione, el que acompaña a un viejo al médico, la que cocina sin ganas igual, el que se sienta a escuchar a alguien que repite su misma tristeza. Puras cosas que vuelven. Y que, sin embargo, sostienen el mundo más que cualquier discurso.
Yo, cuando era más chico, quería una vida “lineal”. Una vida de escalones: logro uno, paso al siguiente, listo. Ahora me doy cuenta de que la vida real tiene más forma de espiral. Volvés al mismo punto, pero con una capa nueva. Con un aprendizaje mínimo, a veces apenas un milímetro. Y ese milímetro, si lo mirás con cariño, es un milagro modesto.
Me pasó hace unas semanas. Me agarró una ansiedad de esas que te dejan el pecho apretado y la vista como con brillo raro. Yo me conozco: cuando estoy así, quiero resolverlo todo en una tarde, como si pudiera empujar la piedra hasta la cima de una sola. Me hice una lista. Me cebé otro mate. Me apuré. Y, obvio, la piedra se me cayó: se me mezclaron horarios, me olvidé una cosa, me enojé conmigo. Volví a empezar con bronca.
Esa noche, sin embargo, hice algo distinto. No hice nada heroico. Solo me senté en el piso, apoyé la espalda en la pared y respiré. Y me dije, bajito: “Bueno, hoy la piedra cayó. Mañana empujo de nuevo.” No como resignación triste, sino como permiso. Como una manera de sacarle dramatismo a la caída.
Y ahí entendí lo que quiero decir con lo espiritual, aunque suene raro en mi boca: hay una paz que aparece cuando dejás de exigirle al día que sea definitivo. Cuando aceptás que hay cosas que no se “terminan”, se cuidan. Se mantienen. Se vuelven a mirar. Como una planta: no la regás una vez y listo, la regás muchas veces, y cada riego parece igual pero no lo es, porque la planta no es la misma.
Capaz Sísifo, en mi versión, no empuja por castigo. Empuja porque eligió no dejar la piedra tirada en el valle. Porque entendió que su gesto, repetido, es su forma de decir “sigo”. Y en esa insistencia hay una dignidad rara, una dignidad sin medallas. Una dignidad que no depende de llegar, sino de volver a intentarlo sin romperse del todo.
Así que dejo esto acá, por si a alguien le sirve en una tarde pesada. Si sentís que vivís repitiendo, que todo vuelve, que nada cierra perfecto, no sos un error. Tal vez estás viviendo lo más humano que hay: sostener lo cotidiano. Empujar la piedra con tus manos, con tus rituales, con tu manera única de acomodar el mundo para poder habitarlo.
Y si hoy la piedra se te cayó, che, no pasa nada. No es el fin. Es parte del movimiento. Mañana, cuando puedas, la volvés a mirar. La tocás. Y empujás un poquito. De a poco. No para demostrar nada. Solo para seguir acá, respirando, haciéndote lugar en esta cuesta, con la frente húmeda, con el corazón terco, con esa esperanza silenciosa que nadie ve pero que está.
