Yo no estudié mucho, eso sí, y a veces la política me suena como cuando ponen un contrato enfrente y puro texto y puro rollo, y uno ahí nomás asiente porque le da pena decir “no entendí”. Pero luego pasa el día y te acuerdas que sí te pega, que no es cosa de gente de traje nada más, que te pega en el súper, en el recibo de la luz, en si alcanza o no alcanza, en si te suben el pasaje y nadie te pregunta. Y ahí es cuando digo, órale, pues entonces sí es mi bronca aunque yo no me crea “de política”.
Antes yo era de los que decía “todos son iguales”, así, fácil, como para ya no pensar. Y a veces lo sigo pensando, no te voy a mentir, porque ves cada cosa… promesas, sonrisas, y luego se hacen humo. Pero también me cae el veinte de que decir eso es como quitarme de en medio, como dejar el volante tirado y luego enojarme porque el carro se fue al barranco. Y luego el que sí se mete, el que sí grita más, el que sí mueve gente, pues ese se queda con todo, con mi silencio incluido.
Y qué cansado se vuelve todo cuando empiezan con palabras raras, que “reforma estructural”, que “armonización”, que “estrategia”, y uno nomás quiere saber: ¿va a mejorar o no? ¿me va a pegar o no? ¿se van a robar el dinero o no? Pero no, te lo adornan, te lo venden. Y en la tele se la pasan peleándose, como si fuera show, como si el chiste fuera ver quién humilla a quién, y yo acá pensando en la semana, en la chamba, en el pendiente del doctor, en la escuela de los chamacos.
Luego está lo de la gente, que se clava como si fuera partido de futbol, que “los míos” son santos y “los otros” son el diablo, y ahí se pone bien feo, porque ya ni escuchas. Yo me he cachado así, defendiendo cosas nomás por necio, o porque me cae bien uno, y luego me pregunto, ¿qué tiene que ver que me caiga bien? no es mi compa, no me va a pagar la renta. Yo lo que quiero es que hagan su trabajo y ya, que si la riegan lo digan, pero no, nadie acepta nada, todos son “yo tengo la razón” y “los otros son el problema”.
Y algo que he notado, bien claro, es que muchas noticias te las avientan para que te enojes, para que te prenda la sangre, porque cuando uno se enoja se ciega, y cuando te ciegas ya no piensas, ya nomás compartes, ya nomás gritas, y te manipulan bien fácil. Y el enojo cansa, cansa un chorro, te deja seco, y luego ya ni ganas te dan de revisar nada, mejor te desconectas. Y ahí está el truco, siento yo: que te canses, que digas “ya, al diablo”, y mientras tú te apagas, otros deciden por ti, y luego tú te quedas con el coraje y ni sabes bien por qué.
No digo que yo sea ejemplo ni nada, yo sigo con mis dudas, y sigo cayendo en cosas, pero ya entendí una: si yo me hago el que no importa, si yo me hago el que “no le entra”, alguien más va a escoger por mí, y luego yo voy a estar quejándome como si no tuviera nada que ver. Y sí tiene que ver. Aunque sea poquito. Aunque sea nomás abrir tantito los ojos y no tragarte todo completo. Aunque cueste.
