Hay una palabra que me da vueltas desde hace tiempo: poder. No el poder como “mandar”, sino el poder como esa fuerza invisible que se cuela en la vida diaria, como el olor a gas cuando apenas prendes la estufa: no lo ves, pero si está, lo sientes. Y últimamente lo siento en todos lados. En la calle, en el trabajo, en el teléfono, incluso en mi propia cabeza cuando me sorprendo pensando “mejor no digo nada”.
Yo antes creía que la política era una cosa de arriba: discursos, campañas, gente hablando en un micrófono con cara de piedra. Y claro, eso también es política. Pero un día me cayó el veinte de que la política de verdad se cocina abajo, en chiquito, en lo que damos por normal. En quién hace la fila y quién se mete. En quién pide permiso y quién se siente dueño del espacio. En quién puede equivocarse sin que lo humillen. En quién tiene derecho a cansarse.
Suena dramático, pero es que así lo vivo: como una filosofía que se me mete en la piel. Porque “filosofía política” no es nomás leer libros difíciles; es preguntarte qué clase de vida estamos construyendo juntos, aunque nadie firme un contrato. Es la historia que nos contamos para justificar por qué unas personas mandan y otras agachan la cabeza. Es el cuento de “así son las cosas” que a veces sirve para no pelear, pero otras veces sirve para que no cambie nada.
Hay días en que me pregunto si en verdad elegimos nuestras reglas o si solo nos acostumbramos. Como cuando te mudas cerca de una avenida y al principio no duermes por el ruido, pero luego tu cuerpo lo normaliza. ¿Será que normalizamos injusticias igual que normalizamos el claxon? ¿Será que a fuerza de repetir “ni modo” se nos hace costumbre vivir con menos dignidad de la que merecemos?
Pienso mucho en la palabra libertad. Hay gente que la usa como bandera para hacer lo que quiera sin mirar a quién pisa. Y hay gente que la usa como si fuera un premio al que solo llegas si naciste en la fila correcta. A mí, la neta, me gusta imaginar la libertad como aire: no es “mía” si solo yo respiro. Si alrededor están asfixiando a otros, entonces lo mío no era libertad; era privilegio con perfume.
Y al mismo tiempo, me da miedo cuando la libertad se vuelve un arma para desentenderse. “Yo no le debo nada a nadie”, dicen. Como si el mundo se hubiera construido solo. Como si nadie hubiera barrido la calle, sembrado el maíz, cargado agua, cuidado enfermos. Como si nacer no fuera ya una deuda enorme con gente que ni conoces. Ahí es cuando la filosofía política me baja a tierra: no vivimos solos. Nunca. La pregunta no es si dependemos, sino cómo vamos a depender sin explotarnos.
He leído por ahí la idea del “contrato social”, eso de que cedemos un poquito para vivir seguros. Y sí, tiene sentido. Pero a mí me arde una pregunta: ¿quién escribió ese contrato? Porque si el contrato lo redactaron pocos, a muchos les toca firmar con los ojos cerrados. Y luego les dicen “es lo justo”. Lo “justo” se vuelve una palabra rara cuando siempre le conviene a los mismos.
Me pasa cuando veo trámites que parecen diseñados para cansarte. Ventanillas, sellos, vueltas, “regrese mañana”. Ahí también hay filosofía política: es una forma de decirte “tu tiempo vale menos”. Y si tu tiempo vale menos, tu vida vale menos. No te lo dicen así, obvio. Te lo dicen en lenguaje administrativo. Pero el cuerpo lo entiende. Te encoges. Te vuelves chiquito. Y eso también es gobierno, aunque nadie lo llame así.
Luego está la igualdad. Qué palabra tan bonita y tan resbalosa. Porque todos decimos que sí, que qué bueno, que claro. Pero a la mera hora hay igualdades de cartón: “todos pueden”, dicen, mientras algunos corren con tenis y otros con los pies descalzos sobre grava. A mí me sirve imaginar una pregunta muy simple, casi infantil: si yo no supiera qué lugar me va a tocar en el mundo, ¿qué reglas me gustaría que existieran? ¿Qué cosas haría obligatorias? ¿Qué cosas prohibiría? Esa pregunta me calma porque me obliga a salir de mi ego y meterme en una ética más amplia, más humana.
Pero ojo: no escribo esto como sermón. Yo también me cacho siendo contradictorio. A veces quiero justicia pero me da flojera involucrarme. A veces me quejo del sistema y luego busco el atajo. A veces digo que la dignidad importa y luego tolero chistes que no debería. La filosofía política, para mí, no es un examen que apruebas; es un espejo que no siempre te gusta.
Y hay otra cosa que me pesa: el miedo. El miedo es una herramienta política viejísima. Te asustan y te ordenas. Te asustan y pides mano dura. Te asustan y entregas libertades a cambio de sentirte a salvo, aunque sea un ratito. Y yo entiendo el impulso, porque el cuerpo no piensa en teorías cuando tiembla. Pero también sé que el miedo vuelve fácil lo que debería ser difícil: señalar, excluir, endurecer el corazón.
Por eso últimamente ando buscando una política que no nazca del miedo, sino del cuidado. Suena cursi, pero el cuidado es radical cuando todo te empuja a la indiferencia. Cuidar es decir: tu vida importa aunque no me beneficie. Cuidar es poner límites sin humillar. Cuidar es diseñar reglas pensando en el más vulnerable, no porque sea “pobrecito”, sino porque si lo sostienes a él, sostienes a todos.
Y aquí es donde lo siento casi espiritual: hay un tipo de poder que aplasta y un tipo de poder que levanta. El primero necesita que te sientas solo, desconfiado, chiquito. El segundo necesita lo contrario: que te sepas parte, que te atrevas a hablar, que te reconozcas digno. A mí me gustaría vivir en una comunidad donde el poder se parezca más a una mesa que a una bota. Una mesa donde quepamos distintos, donde haya lugar para el desacuerdo sin que se vuelva guerra.
No sé si esto es “solución”. No vengo a dar recetas. Solo quería dejar estas ideas flotando, como una carta sin destinatario. Porque a veces siento que pensamos la política como algo lejano para no sentir responsabilidad. Y otras veces la pensamos como pleito para no escuchar lo que duele. Yo quiero otra relación: más honesta, más lenta, más humana.
Si la filosofía política sirve para algo, para mí sirve para esto: para recordar que el mundo que vivimos no es natural, es construido. Y si es construido, también se puede reconstruir. No de golpe, no perfecto, no sin errores. Pero se puede. Y con eso, la neta, me alcanza para respirar un poco mejor.
