Primera escena
El frasco estaba en la repisa más visible de la tienda, justo al lado de las arepas empacadas y de una canasta con limones. La etiqueta decía, en letra verde, que era “puro”, “casero” y “como antes”. No era un producto importante para mi vida: una mermelada de guayaba, nada más. Sin embargo, me quedé mirándola más tiempo del necesario, como si esas tres palabras hubieran tocado una zona mía que todavía quiere creer sin hacer preguntas.
La señora que atendía me dijo que ese era el bueno, el que la gente se llevaba porque no traía “tantas cosas raras”. Yo asentí, casi por educación. En mi cabeza apareció la misma comodidad de siempre: si algo suena cercano, debe ser mejor; si dice “natural”, debe ser más confiable; si parece hecho por alguien pequeño, debe estar libre de mañas. El problema no era la mermelada. El problema era mi rapidez para convertir una impresión amable en conclusión.
Lo que cambia
En otra época habría comprado el frasco con una satisfacción pequeña, incluso con cierta superioridad tranquila: yo sí escojo bien, yo sí sé distinguir. Ahora esa seguridad me parece sospechosa. No porque todo sea mentira, ni porque haya que vivir con cara de detective, sino porque he visto lo fácil que es confundir una palabra bonita con una prueba. “Casero” puede significar muchas cosas. “Puro” puede ser una intención, una estrategia o una costumbre de mercado. “Como antes” puede nombrar una receta, pero también una nostalgia lista para venderse.
Ese cambio no me volvió más desconfiado, al menos no en el sentido agrio. Me volvió más lento. Empecé a notar que muchas decisiones diarias se arman con pedazos sueltos: el tono de quien recomienda, el color de un empaque, la historia que uno quiere contarse, el cansancio de comparar. También vi que preguntar no siempre es una forma de atacar. Preguntar puede ser una manera de respetar mejor las cosas: quién lo hizo, qué contiene, por qué cuesta eso, qué significa exactamente lo que promete. A veces basta con leer la parte de atrás. Otras veces toca aceptar que no hay información suficiente y que igual uno decide, pero ya no con la ilusión de estar viendo claro.
La parte que queda
Compré el frasco, al final. No por una revelación, ni porque hubiera resuelto el misterio de la guayaba, sino porque lo quería probar y porque nada en esa compra exigía una sentencia definitiva. Lo llevé a la casa, lo abrí al día siguiente y lo puse sobre una tostada. Estaba bueno. Eso fue todo: estaba bueno. No necesitaba convertirse en símbolo de pureza ni en ejemplo de engaño. Me dio cierta paz dejarlo en ese tamaño.
Tal vez esa sea la lección que me estoy dando sin mucho ruido: no agrandar las cosas para acomodarlas a mis ganas de tener razón. Hay afirmaciones que merecen duda, otras merecen tiempo y otras apenas merecen una nota mental. No todo aviso es una trampa, pero tampoco toda frase amable merece obediencia. Entre creer de una y negar por deporte hay un espacio más honesto, menos vistoso, donde uno puede mirar dos veces antes de entregar su confianza. Me gustaría habitar más seguido ese lugar. Sin solemnidad. Sin volverme insoportable. Apenas con la decencia de no dejar que una letra verde piense por mí.
