Che, hay algo que me viene pasando hace tiempo y recién ahora le pongo nombre. No es algo épico ni profundo, pero me deja cansado: esa costumbre de juntarnos a hablar… y terminar siempre en el mismo lugar.
En el laburo, a media mañana, se arma la ronda del mate. Uno cae con cara de sueño, otro ya arranca con “no sabés lo que me hicieron”, y listo: la pelota empieza a rodar. Que el jefe, que los horarios, que los sueldos, que “acá no se puede crecer”, que “en otro lado seguro es mejor”. Yo al principio lo tomaba como descarga, porque sí, está bueno poder largar un poco. El tema es que, sin darnos cuenta, la ronda no descarga: construye.
Es como si la charla tuviera un guion invisible. Si alguien dice algo bueno (ponele que salió un proyecto, o que te ayudaron con algo), enseguida aparece el “sí, pero…” y te lo acomodan para que encaje en la idea principal: que todo es un desastre. Y ojo, yo también lo hago. Me descubro sumando ejemplos, exagerando un poco para que cierre, buscando “pruebas” de que tenemos razón en estar quemados.
Una vez tiré algo re simple: “Igual, dentro de todo, este mes estuvo más tranqui, ¿no?”. Silencio incómodo. Uno se rió como si yo hubiese contado un chiste malo y me dijo: “Mirá cómo lo defendés, te van a ascender”. Y yo me reí también, porque si no te reís quedás como el raro. Ahí entendí algo medio feo: en esa mini tribu, ser el que no se queja es casi una traición.
Y entonces pasa lo más obvio: yo salgo de esa ronda convencido de que mi vida laboral es una condena. Me voy a mi casa con la cabeza llena de frases prestadas. No con mis hechos, con el clima. A veces ni me pasó nada grave ese día, pero me siento igual: pesado, como si el aire estuviera sucio.
Lo más loco es que la ronda te calma. Porque estar de acuerdo da alivio. Te hace sentir acompañado. Te confirma que no sos vos el problema, que el problema es “el sistema”, “la empresa”, “todo”. Y puede ser verdad, eh. No estoy diciendo que la gente invente. Lo que digo es que, cuando solo nos escuchamos entre nosotros, todo se vuelve más grande y más cerrado. Es una pecera: vemos el mismo agua y juramos que es el mar.
Hace poco, hablando con una amiga de otro rubro, le conté el “quilombo” del laburo y ella me preguntó algo que me descolocó: “¿Y vos qué querés, concretamente?”. No “qué odiás”, sino qué querés. Y me quedé en blanco, porque yo tenía mil argumentos, pero pocas decisiones.
No tengo una solución, la verdad. Capaz lo único que puedo hacer es notar cuándo me estoy metiendo en esa cámara de eco con mate y risas, y elegir, aunque sea un día, no alimentar el loop. No para hacerme el positivo, sino para acordarme de que mi cabeza también necesita aire. Y que quejarse puede unir… pero también puede encerrar.
