La ronda del mate donde todo está mal

26 de enero de 2026

Exploración de cómo las conversaciones en el trabajo pueden convertirse en un ciclo de quejas que afecta nuestra percepción de la realidad. Se plantea la importancia de reconocer estos patrones y buscar un cambio en la narrativa personal.

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Che, hay algo que me viene pasando hace tiempo y recién ahora le pongo nombre. No es algo épico ni profundo, pero me deja cansado: esa costumbre de juntarnos a hablar… y terminar siempre en el mismo lugar.

En el laburo, a media mañana, se arma la ronda del mate. Uno cae con cara de sueño, otro ya arranca con “no sabés lo que me hicieron”, y listo: la pelota empieza a rodar. Que el jefe, que los horarios, que los sueldos, que “acá no se puede crecer”, que “en otro lado seguro es mejor”. Yo al principio lo tomaba como descarga, porque sí, está bueno poder largar un poco. El tema es que, sin darnos cuenta, la ronda no descarga: construye.

Es como si la charla tuviera un guion invisible. Si alguien dice algo bueno (ponele que salió un proyecto, o que te ayudaron con algo), enseguida aparece el “sí, pero…” y te lo acomodan para que encaje en la idea principal: que todo es un desastre. Y ojo, yo también lo hago. Me descubro sumando ejemplos, exagerando un poco para que cierre, buscando “pruebas” de que tenemos razón en estar quemados.

Una vez tiré algo re simple: “Igual, dentro de todo, este mes estuvo más tranqui, ¿no?”. Silencio incómodo. Uno se rió como si yo hubiese contado un chiste malo y me dijo: “Mirá cómo lo defendés, te van a ascender”. Y yo me reí también, porque si no te reís quedás como el raro. Ahí entendí algo medio feo: en esa mini tribu, ser el que no se queja es casi una traición.

Y entonces pasa lo más obvio: yo salgo de esa ronda convencido de que mi vida laboral es una condena. Me voy a mi casa con la cabeza llena de frases prestadas. No con mis hechos, con el clima. A veces ni me pasó nada grave ese día, pero me siento igual: pesado, como si el aire estuviera sucio.

Lo más loco es que la ronda te calma. Porque estar de acuerdo da alivio. Te hace sentir acompañado. Te confirma que no sos vos el problema, que el problema es “el sistema”, “la empresa”, “todo”. Y puede ser verdad, eh. No estoy diciendo que la gente invente. Lo que digo es que, cuando solo nos escuchamos entre nosotros, todo se vuelve más grande y más cerrado. Es una pecera: vemos el mismo agua y juramos que es el mar.

Hace poco, hablando con una amiga de otro rubro, le conté el “quilombo” del laburo y ella me preguntó algo que me descolocó: “¿Y vos qué querés, concretamente?”. No “qué odiás”, sino qué querés. Y me quedé en blanco, porque yo tenía mil argumentos, pero pocas decisiones.

No tengo una solución, la verdad. Capaz lo único que puedo hacer es notar cuándo me estoy metiendo en esa cámara de eco con mate y risas, y elegir, aunque sea un día, no alimentar el loop. No para hacerme el positivo, sino para acordarme de que mi cabeza también necesita aire. Y que quejarse puede unir… pero también puede encerrar.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento crítico · 32%
El texto cuestiona la dinámica cotidiana de la queja compartida en el trabajo y cómo esa pertenencia puede encerrar la percepción personal.
  • El eje principal es cuestionar una costumbre normalizada: juntarse a quejarse hasta convertir la descarga en una cámara de eco que confirma que “todo es un desastre”.
  • La reflexión nace de una escena común y reconocible: la ronda del mate en el laburo, las charlas de media mañana, los jefes, horarios y sueldos.
  • El texto analiza una dinámica de grupo: pertenencia, presión de la mini tribu, consenso, clima compartido y formas de convivencia laboral.
  • El narrador se observa a sí mismo participando del loop, exagerando, riéndose para no quedar raro y quedándose en blanco ante lo que realmente quiere.
  • Aparecen cansancio, alivio, pesadez y sensación de encierro, pero los sentimientos acompañan el análisis más que dirigirlo por completo.
  • Propone una pequeña alternativa práctica: notar la cámara de eco y elegir no alimentar el loop para recuperar aire mental.
  • Usa imágenes expresivas como “pecera”, “juramos que es el mar”, “aire sucio” y “cámara de eco con mate y risas”, aunque la forma no domina sobre la reflexión.
  • Hay cierta elaboración conceptual al hablar de guion invisible, pruebas, sistema, cámara de eco y construcción colectiva de percepción.
  • Aparece levemente la responsabilidad personal de no alimentar una dinámica que encierra, además de la idea de traición dentro del grupo.
  • Hay una mínima pregunta por el deseo propio —“qué querés”—, pero no se desarrolla como reflexión amplia sobre sentido o identidad.
  • No predomina la especulación ni la construcción de mundos o escenarios alternativos; la mirada se mantiene realista y cotidiana.
  • No desarrolla grandes preguntas abstractas sobre verdad, libertad o realidad; la reflexión se mantiene situada en una experiencia laboral concreta.

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