La sala ya estaba a oscuras y mi entrada tuvo el volumen de una vajilla cayéndose dentro de un armario.
¿Qué se hace con una idea así cuando ya no cabe en su sitio?
La puerta, que desde fuera parecía ligera, cerró con un golpe redondo. La pantalla siguió a lo suyo, indiferente, pero varias cabezas giraron con esa precisión de los pájaros cuando oyen una rama partirse.
Llevaba la entrada doblada en la mano, el abrigo mal puesto y una disculpa preparada que no encontró destinatario. ¿Por qué pesa tanto llegar tarde?
¿Y si el problema no fuera entenderlo, sino admitirlo?
Busqué mi fila tanteando el suelo con los pies, como si el cine fuera una habitación ajena donde alguien acababa de dormirse. En el pasillo estrecho rocé una rodilla, luego un bolso, después el respaldo de una butaca que protestó con un crujido breve.
Nadie dijo nada. Eso fue lo peor: la educación de los demás me dejó sola con mi torpeza, sin una frase donde apoyarme.
Preferí que alguien resoplara, que alguien dijera cuidado, que una pequeña queja hiciera visible el accidente y lo cerrara. Me senté al fin en una butaca libre, demasiado cerca de la pared.
La película llevaba ya su propio clima, sus personajes habían empezado a sufrir sin mí, y yo tuve que incorporarme a esa tristeza prestada mientras aún me ardían las mejillas. Durante unos minutos no vi la pantalla, sino mi mano cerrada sobre el papel, el modo en que había pedido permiso en silencio a personas que no tenían por qué perdonarme nada.
¿Qué parte de una falta mínima se queda pegada al cuerpo? Lo curioso es que no había pasado gran cosa.
Nadie me conocía. Nadie iba a recordar mi abrigo, ni mi respiración acelerada, ni la forma absurda en que intenté hacerme delgada para no molestar.
Sin embargo, dentro de mí se abrió una sala paralela, iluminada y cruel, donde todos miraban una escena distinta: yo entrando tarde a todos los lugares, yo interrumpiendo siempre algo, yo pidiendo sitio en un mundo que parecía haber empezado antes. La película avanzaba.
En la pantalla llovía sobre una calle que no existía y alguien pronunciaba una frase importante. Yo asentí sin entenderla, más por obediencia que por emoción.
Me pregunté si los demás también guardaban un inventario de pequeñas vergüenzas: monedas que caen al pagar, cremalleras que se atascan, saludos devueltos al aire, nombres olvidados en el segundo exacto en que hace falta decirlos. ¿Quién nos mira cuando ya nadie mira?
Al salir, la luz del vestíbulo fue casi ofensiva. La gente hablaba de la historia, del final, de la música.
Yo caminé detrás, todavía dentro de mi entrada, con esa incomodidad tibia que no merece drama y aun así pide compañía. En la papelera dejé el ticket arrugado.
La puerta automática se abrió sin ruido, como si esta vez quisiera demostrarme que también se puede abandonar un lugar sin anunciarse.
