A veces pienso que en la Ciudad de México el dinero no se mueve: respira. No lo digo por romántico, lo digo porque aquí la lana trae olor a manos, a prisa, a “ahorita” y a “no te preocupes”. Y también, aunque suene raro, trae algo de fe.
Yo crecí escuchando que lo más importante era “no deberle a nadie”. Como si la deuda fuera una mancha que se te queda pegada en la ropa. Pero en mi barrio, al mismo tiempo, todos vivimos debiéndonos un poquito: un favor, un “te lo paso por transferencia”, un “me lo pagas el viernes”, una cooperacha para la fiesta del salón, otra para el velorio, otra para el pastel de la compañera que cumple años. No es el banco, es el nosotros.
Por eso me obsesiona la tanda. Esa rueda silenciosa donde cada quien mete su parte, puntualmente, aunque le apriete el mes. En mi cabeza la tanda es más que ahorro: es un pacto. Un ritual sin velas, pero con la misma seriedad. Cuando alguien falla, no solo se rompe el calendario, se rompe el hilo invisible que nos sostiene. Y cuando alguien cumple, algo se acomoda por dentro, como si el mundo dijera: “sí se puede confiar”.
He visto tandas en la estética, en la oficina, en el puesto de quesadillas, en el chat de vecinas. He visto la tanda convertida en refrigerador, en útiles escolares, en un tratamiento dental, en el enganche de una moto. Y he visto también el otro lado: la ansiedad de contar monedas, la vergüenza de mandar el mensaje de “¿me das chance hasta mañana?”. Esa vergüenza pesa más que cualquier billete. A veces me da por pensar que la vergüenza es la verdadera moneda que circula, la que nadie quiere enseñar.
Últimamente todo se volvió transferencia: SPEI, link, QR, “pásame tu CLABE”. Y está bien, claro. Es práctico. Pero extraño algo del efectivo: el gesto de poner los billetes doblados, el cambio tibio en la mano, el sonido de las monedas en la bolsa. Con el dinero digital no se oye nada, y yo necesito que las cosas suenen para sentir que existen. En el silencio de la pantalla, la lana se vuelve fantasma y mi mente se enreda más.
Lo raro es que, cuando me siento más perdido, no pienso en “ganar más”, sino en “pertenecer mejor”. En tener una red. En saber que si se me cae el día, alguien me va a mandar un “¿cómo vas?” y quizá también un “te deposito para que comas”. No por lástima, sino por costumbre de comunidad.
A veces me descubro agradeciendo, así, sin destinatario. Agradeciendo la tanda que me tocó justo cuando se rompió la lavadora. Agradeciendo la cooperacha que armamos para una señora que ni conocíamos bien. Agradeciendo que, en esta ciudad enorme, todavía existan pequeñas economías del cariño.
Y sí, el dinero sigue siendo dinero. Pero aquí, entre el Metro, los tianguis y las vueltas del día, también es lenguaje. Y yo, que a ratos no entiendo las conversaciones normales, con la tanda sí entiendo: “te veo, cuento contigo, no estás solo”.
