En la cocina de mi trabajo hay una taza que dice: “Sonríe, todo pasa”.
La taza no tiene culpa. Es blanca, medio pesada, con una grieta finita cerca del asa. Alguien la trajo un día y se quedó ahí, como se quedan las cosas comunes: sin pedir permiso, pero sin hacer daño tampoco. Yo misma he tomado café en ella un montón de veces. Café claro, café fuerte, café recalentado, café con más azúcar de la que debería. El problema no es la taza.
El problema es cuando una frase así empieza a ocupar el lugar de una conversación.
Porque sí, todo pasa. Pero mientras pasa, pesa.
A mí me gustan las frases bonitas. No voy a hacerme la dura. Tengo una libreta donde he copiado algunas. He guardado capturas. He compartido publicaciones de esas con fondo beige y letras tranquilas. Una también necesita agarrarse de algo, aunque sea de una línea escrita por alguien que no conoce. Hay días en que una frase pequeña te acomoda el pecho un poquito. Eso existe.
Lo que me molesta es otra cosa.
Me molesta cuando la salud mental se vuelve decoración.
Cuando el dolor tiene que venir en colores suaves.
Cuando la ansiedad aparece dibujada como una nube simpática.
Cuando alguien dice “pon límites” como si los límites fueran una cortina nueva que una compra, instala y ya. Como si no hubiera miedo, salario, familia, culpa, costumbre, dependencia, cariño mezclado con cansancio.
“Ámate primero”.
“Vibra alto”.
“Suelta lo que no suma”.
“Todo está en tu actitud”.
Mira, qué lindo suena. Qué fácil cabe en una taza. Qué difícil cabe en una vida.
Yo no digo que esas frases sean malas siempre. Algunas nacen de un lugar bueno. Algunas ayudan a personas de verdad. Pero a veces se repiten tanto, tan rápido, tan limpias, que ya no parecen compañía. Parecen una forma educada de no escuchar.
Una amiga me contó hace poco que estaba mal. Mal de verdad. De esas veces en que no sabes ni por dónde empezar. Y alguien le respondió: “Tienes que agradecer más”. Yo la vi apretar la boca. No lloró. Solo hizo esa cara de quien acaba de quedarse más sola que antes.
Agradecer no es medicina para todo.
Respirar hondo tampoco.
Pensar positivo, menos.
Y ojo, no estoy diciendo que uno deba vivir hundido en la queja. En mi casa se trabajó mucho con lo que había, se resolvió inventando, se siguió adelante aunque el día viniera torcido. Yo respeto esa fuerza. Pero también he visto cómo esa misma fuerza, cuando se convierte en obligación, te deja sin permiso para decir: “No puedo más”.
En Cuba una aprende a resolver. A inventar. A estirar. A no hacer tanto drama. A decir “tranquilo” aunque por dentro tenga una tormenta metida en el cuarto. Eso puede salvarte muchas veces. Pero también puede enseñarte a esconderte demasiado bien.
Y entonces llega internet con sus frases pulidas, con su bienestar en letras redonditas, y una siente que hasta para estar rota tiene que verse bonita.
No quiero eso.
No quiero que mi tristeza tenga que ser publicable.
No quiero que mi cansancio necesite una frase elegante para que lo respeten.
No quiero que alguien me diga “todo pasa” cuando lo que necesito es que se siente conmigo cinco minutos sin arreglarme.
Quizá por eso me cae raro la taza de la cocina. Porque todos la usamos como si dijera algo profundo, pero nadie pregunta quién la lavó, quién llegó agotada, quién está tomando café para no dormirse encima del día. La frase brilla. La persona no siempre.
A veces pienso que la salud mental de verdad es menos fotogénica. Es cancelar una cosa sin inventar excusas. Es pedir ayuda sin convertirlo en discurso. Es admitir que una está mal y que no sabe exactamente por qué. Es acompañar sin soltar consejos como caramelos. Es entender que hay procesos que no caben en una historia de quince segundos.
Yo sigo usando frases. Algunas me gustan todavía. No quiero volverme enemiga de la ternura escrita. Pero ahora intento desconfiar un poco cuando una frase suena demasiado perfecta.
Si me calma, bien.
Si me calla, cuidado.
Porque una taza puede acompañar el café.
Pero no debería reemplazar el abrazo, la escucha, el descanso ni la ayuda que a veces necesitamos de verdad.
