La taza blanca tiene una rajadura finita cerca del asa, como una vena que se quedó dibujada después de un susto. La lavo con cuidado, no por miedo a que se quiebre, sino porque me da pesar tratarla como si ya no sirviera. En la casa hay otras tazas más nuevas, unas con dibujos todavía enteros, una azul que me regalaron en un intercambio y otra grande que parece hecha para café de oficina, pero yo sigo buscando esta en el escurridor, aun sabiendo que a veces gotea una gotita mínima sobre la mesa. Me miro haciendo eso y me da una ternura rara, como si en una cosa tan simple estuviera metida mi costumbre de no soltar rápido lo que me ha acompañado. No es nostalgia con música de fondo ni drama de novela; es apenas esa forma silenciosa de reconocer que hay objetos que aprenden la medida de la mano. En las mañanas, antes de que la calle agarre todo su ruido, pongo agua a calentar y dejo que el café suelte su olor oscuro. Afuera pasa alguien barriendo la acera, un perro ladra sin mucha convicción, una moto arranca como tosiendo. Yo sostengo la taza por el borde sano y pienso, bajito, que quizás también uno anda así: funcionando con una rajadura que no se mira de lejos, haciendo lo suyo, calentando algo por dentro sin pedir aplauso por no haberse partido del todo. Me cuesta decir estas cosas en voz alta porque suenan más grandes de lo que son, y yo no quiero volver solemne una mañana cualquiera.
Pero hay días en que esa taza me deja pensando en la manera en que me trato. Si una cosa mía se daña un poco, la aparto; si una parte de mí se cansa, la regaño; si algo no sale como esperaba, empiezo a hablarme con una dureza que jamás usaría con alguien sentado frente a mí. Qué curioso, pues, que a la taza sí le tenga paciencia. Le sé el lado débil, le evito los golpes, no la meto de cualquier forma entre los platos, le perdono que no sea perfecta porque todavía cumple con su trabajo sencillo de guardar calor. Tal vez eso es lo que quisiera aprender sin hacerlo discurso: cuidarme con la misma naturalidad con que cuido lo que parece pequeño. No para volverme intocable ni para andar justificando mis fallas, sino para no confundirme con ellas. Una rajadura no es toda la pieza, aunque la atraviese. Me lo digo mientras soplo el café y miro cómo la luz se acomoda en la mesa, despacio, sin apuro. En algún momento la taza se quebrará de verdad y entonces la voy a dejar ir, o la pondré con una matita de culantro en la ventana, quién sabe. Por ahora sigue aquí, tibia entre mis dedos, enseñándome sin palabras que durar también puede ser una forma humilde de belleza.
