Yo no tengo una postura limpia sobre la edición genética en humanos.
Me gustaría tenerla, porque las posturas limpias dan tranquilidad. Uno dice “esto sí” o “esto no” y se va a dormir con la almohada bien acomodada. Pero este tema no me deja hacer eso. Se me mueve. Lo agarro por un lado y parece esperanza. Lo agarro por otro y parece soberbia. Lo miro de lejos y digo: “claro, si puede salvar vidas, cómo no”. Lo miro de cerca y me entra un frío raro, como cuando alguien toca algo que quizá todavía no entiende del todo.
No soy científica. No trabajo en un laboratorio. Soy una persona común, de Lima, con una laptop medio lenta, una taza de café al costado y varias preguntas que no sé dónde poner. Por eso escribo esto así, sin bata blanca y sin voz de experto. Como quien abre una libreta y apunta dudas antes de que alguien venga a venderle una certeza.
Primera duda: ¿quién podría estar en contra de evitar una enfermedad terrible?
Yo no. Si una familia sabe que su hijo puede nacer con una condición gravísima y existe una forma segura de impedirlo, me cuesta muchísimo decir “no, mejor no”. Sería demasiado fácil opinar desde una silla cómoda, sin haber pasado por hospitales, diagnósticos, noches enteras buscando respuestas, cuentas imposibles, miedo acumulado. Hay dolores ante los que cualquier teoría se vuelve chiquita. Ahí la edición genética no suena a capricho. Suena a alivio. A una puerta que se abre donde antes solo había pared.
Segunda duda: ¿en qué momento curar empieza a parecerse a diseñar?
Porque una cosa es evitar sufrimiento y otra muy distinta es empezar a elegir seres humanos como quien configura un celular. Más alto. Más fuerte. Más inteligente, según vaya uno a saber qué definición. Más “normal”, esa palabra peligrosa que parece inocente hasta que alguien la usa para borrar diferencias. Y ahí sí me asusto. No por una escena de ciencia ficción con luces azules y máquinas raras. Me asusto por algo más simple: porque los seres humanos somos buenísimos para convertir una posibilidad en mercado.
Y cuando algo se vuelve mercado, ya sabemos cómo es la cosa. Primero se presenta como solución. Luego como ventaja. Después como obligación disfrazada. “Si puedes mejorar a tu hijo, ¿por qué no lo harías?”. “Si otros lo hacen, ¿vas a dejarlo atrás?”. Pucha, qué presión tan fea sería esa. La crianza ya viene bastante cargada como para encima sumarle un catálogo de mejoras.
Tercera duda: eso de “jugar a ser dioses” me parece una frase potente, pero también tramposa.
La usamos cuando algo nos da miedo. Y está bien que nos dé miedo. Pero no todo avance médico es arrogancia. Muchas cosas que hoy nos parecen normales alguna vez habrán parecido meterse donde nadie debía. Vacunar, operar, trasplantar, intervenir el cuerpo para que viva más o mejor. Si cada intento de curar fuera “jugar a ser dioses”, entonces hace rato estaríamos condenados a no tocar nada.
Pero tampoco me convence la respuesta contraria, esa que dice: “si se puede hacer, se hará, así que no molesten”. Esa frase me parece floja. Que algo sea posible no lo vuelve automáticamente sabio. También podemos hacer tonterías carísimas, injusticias muy modernas y desastres con excelente presentación.
Entonces me quedo en un lugar incómodo: ni rechazo automático ni entusiasmo ciego.
Me parece que la pregunta no debería ser solo “¿podemos hacerlo?”. Esa pregunta es demasiado pequeña. Habría que añadir otras, menos brillantes pero más necesarias.
¿Para qué?
¿Para quién?
¿Con qué límites?
¿Quién decide?
¿Quién paga?
¿Quién queda fuera?
¿Quién responde si sale mal?
Y una más, que casi nadie quiere decir en voz alta: ¿qué idea de ser humano estamos reforzando cuando llamamos “mejora” a una modificación?
Porque tal vez ahí está el centro del asunto. No en la tijera genética, sino en la mano que la sostiene. Si la mano sostiene cuidado, prudencia, justicia, paciencia, quizá podamos hablar. Si la mano sostiene negocio, vanidad, miedo al defecto o deseo de control, mejor detenerse un rato. Aunque detenerse no venda. Aunque detenerse parezca poco tecnológico.
Yo no quiero una humanidad resignada al sufrimiento evitable. Eso sería cruel. Pero tampoco quiero una humanidad obsesionada con corregirse hasta no reconocerse. Hay algo delicado en estar vivos, algo desordenado, vulnerable, no siempre eficiente. Y no digo que haya que romantizar la enfermedad ni el dolor. No, para nada. Digo que curar no debería convertirse en despreciar todo lo que no encaja.
Quizá mi postura, si tengo una, es esta: usemos la inteligencia para aliviar, pero no perdamos el pudor. Esa palabra suena antigua, ya sé, pero me gusta. Pudor ante lo que no sabemos. Pudor ante las generaciones que podrían heredar decisiones tomadas con demasiada prisa. Pudor ante las personas que podrían ser tratadas como versiones defectuosas de un ideal.
Salvar vidas, sí.
Jugar a ser dioses, no sé.
Pero jugar a ser dueños del futuro de otros, eso sí me preocupa.
Y por eso, cuando escucho hablar de edición genética en humanos, no cierro la puerta ni aplaudo de pie. Me quedo en el umbral. Pregunto. Dudo. Miro quién promete, quién gana, quién calla. Capaz esa no sea la postura más emocionante. Pero, por ahora, es la única que me parece honesta.
