En Buenos Aires hay una escena que se repite como si fuera parte del mobiliario: una mesa, una sobremesa larga, alguien suelta “esto es así”, y de golpe la conversación se vuelve política, aunque nadie la haya invitado. A mí me pasa que, en esos momentos, siento una presión rara en el pecho, como si estuviera a punto de rendir examen. No un examen de historia o economía. Uno de pertenencia. Como si la pregunta real fuera: ¿de qué lado estás? Y lo peor es que esa pregunta no siempre la hace alguien. A veces me la hago yo solo, con una ansiedad que no pide permiso.
Yo tardé en darme cuenta de algo simple: muchas de mis opiniones políticas no nacen de una convicción clara, sino del miedo a quedar mal. De quedar afuera. De parecer ingenuo, tibio, desinformado, “privilegiado”, “resentido”, “cómplice”, “vendehumo”… la lista es infinita y se actualiza sola, como una app. Y esa vergüenza —esa vergüenza social, esa alarma— me empuja a hablar con un tono que no siempre es mío. Un tono más duro, más seguro, más definitivo. Como si la seguridad fuera un escudo que tapa la parte donde en realidad estoy lleno de preguntas.
No lo digo con orgullo. Lo digo porque me cansé de hacerme el valiente con frases prestadas.
Me acuerdo de una vez, hace unos años, en un asado. No voy a decir qué tema específico era, porque cambia de año en año, pero ya sabés: lo que sea que esté prendiendo fuego en el país, en las noticias, en las redes. Yo estaba callado, escuchando, y alguien me miró como se mira a alguien que no está participando en un juego obligatorio. “¿Y vos qué pensás?” me preguntó. Y ahí, en un segundo, mi cabeza hizo una cuenta rápida: si digo A, pierdo a tal persona; si digo B, me van a cargar; si digo “no sé”, me van a tomar por boludo; si digo “depende”, me van a decir que me lavo las manos.
Terminé diciendo algo que sonó firme. Sonó bien. Sonó a pertenencia. Me gané un par de asentimientos, un “tal cual”, un choque de vasos. Pero por dentro me quedó un gusto amargo, como cuando te reís de un chiste que no te da gracia para no quedar mal. En el camino a casa me escuchaba a mí mismo repitiendo lo que había dicho, y me daba cuenta de que lo había dicho más para no ser señalado que para ser verdadero.
Ahí entendí: la vergüenza social es un motor oculto. No siempre se nota, pero empuja. Y empuja fuerte.
Es una cosa silenciosa, además. No aparece con un cartel de neón. Aparece con microgestos: una ceja levantada, un “¿en serio?”, un silencio raro después de que hablás, un meme que te mandan en el grupo, el “jajaja” que no sabés si es risa o cuchillo. Y como uno quiere seguir perteneciendo, uno ajusta. Cambia el tono. Endurece el borde de la opinión para que no se le vean las dudas.
Lo loco es que la vergüenza social no siempre viene del otro. A veces viene de una versión imaginaria del otro, una audiencia fantasma que te observa. Te imaginás el juicio antes de que exista. Entonces opinás como si estuvieras en un escenario, no en una conversación. Y la política, que ya es compleja, se vuelve teatro: cada frase es una pose, cada postura una bandera, cada matiz una amenaza de quedar solo.
Yo creo que por eso se siente tan difícil cambiar de opinión. No por el argumento en sí, sino por el costo social. Cambiar de opinión es arriesgarte a que te digan “ah, entonces antes eras tal cosa”. Es exponer que sos humano, que aprendiste, que te contradijiste. Y en un ambiente donde la identidad se pega a la opinión como una etiqueta permanente, eso da pánico. Porque no es “te equivocaste”, es “sos equivocado”.
La vergüenza, ahí, funciona como policía interna.
Hay otra capa, también, más íntima: la vergüenza de no poder sostener una imagen. Yo, por ejemplo, tengo una imagen que a veces intento sostener sin darme cuenta: la de ser “una persona informada”, “una persona sensible”, “una persona justa”. Y como esa imagen me importa, cuando alguien toca un tema político que me interpela, se me activa la urgencia de demostrarla. Entonces hablo. Me apuro. Contesto. Y si no tengo una respuesta buena, invento una segura.
Y después me quedo vacío.
Últimamente me pregunto: ¿cuántas discusiones políticas son, en realidad, discusiones sobre vergüenza? Sobre el miedo a ser humillado. El miedo a ser el que no entendió. El miedo a ser el que queda como “el malo”. El miedo a ser el que no tiene lugar. Y el miedo, cuando se disfraza, se vuelve agresivo. Se vuelve “yo tengo razón” dicho con los dientes apretados.
A veces pienso en las redes sociales como una plaza enorme donde todo el mundo habla con megáfono y nadie puede ruborizarse en privado. En esa plaza, equivocarse es peligroso. Te queda capturado. Te queda pantallazo. Te queda juicio. Entonces la gente se defiende antes de ser atacada. Y la defensa toma forma de certeza. No de una certeza tranquila, sino de una certeza que empuja, que se impone, que aplasta. La certeza como armadura.
Yo mismo lo hago. Lo hice.
Y me doy cuenta de que hay una emoción que casi nunca admitimos en política: la fragilidad. La fragilidad de necesitar aprobación. La fragilidad de querer ser querido. La fragilidad de no querer decepcionar a tu grupo. Porque, seamos honestos, muchas veces la política se vive como tribu. Y ser expulsado de la tribu es una versión moderna del exilio. Nadie quiere exilio. Nadie quiere el silencio del grupo, el “dejalo, no entiende”, el unfollow simbólico, el gesto de “vos ya no sos de los nuestros”.
Entonces uno aprende a decir lo que corresponde. Lo que suma. Lo que te deja adentro.
Pero esa estrategia tiene un costo. Un costo invisible: te vas alejando de vos mismo. De tus dudas. De tu curiosidad. De la posibilidad de escuchar en serio. Porque escuchar en serio es arriesgarse a mover el piso propio. Y si tu piso es también tu pertenencia, no lo movés ni loco.
A mí me empezó a pasar algo raro: me di cuenta de que podía predecir lo que iba a opinar antes de opinarlo. Como si ya estuviera escrito por el ambiente. Como si mi opinión fuera una respuesta automática para evitar vergüenza. Y ahí me agarró una tristeza chiquita. No por la política, sino por mí: ¿en qué momento dejé de preguntarme con honestidad?
Y ojo, no estoy diciendo que todas las opiniones políticas sean vergüenza. Sería injusto y también sería otra forma de hacerse el vivo. Hay convicciones reales, hay experiencias reales, hay dolores reales. Pero sí creo que la vergüenza social se mete como un ingrediente secreto en la receta. A veces no es la harina principal, pero cambia el sabor.
Se mete cuando repetimos consignas sin masticarlas. Se mete cuando atacamos al otro para que no nos ataque. Se mete cuando elegimos un extremo porque el centro parece cobarde. Se mete cuando preferimos quedar como “firme” antes que quedar como “confundido”.
Y yo estoy cansado de la firmeza actuada.
Quisiera poder decir, sin sentir que me desarmo: “no sé lo suficiente”. “No lo pensé bien”. “Entiendo tu punto, pero me cuesta”. “Hoy no tengo ganas de pelear”. “No quiero que esto se vuelva un ring”. Quisiera poder decir eso sin sentir que pierdo valor como persona.
Porque esa es otra trampa de la vergüenza: te convence de que tu valor depende de tu desempeño. De tu rapidez. De tu coherencia perfecta. Y nadie es perfectamente coherente. Nadie vive sin contradicciones. Lo que pasa es que algunos aprendieron a ocultarlas mejor.
Yo, por ejemplo, me contradigo cuando digo que quiero diálogo, pero me pongo tenso si alguien no comparte mi marco. Me contradigo cuando digo que respeto la diversidad, pero me asusta no ser aceptado por mi propia gente. Me contradigo cuando me ofendo por la intolerancia, pero me vuelvo intolerante con la ignorancia ajena. Me contradigo, y en vez de aceptarlo, me da vergüenza. Y desde esa vergüenza, opino más fuerte.
Como si gritar tapara el temblor.
Hace poco me pasó algo mínimo que me dejó pensando. Estaba hablando con alguien que quiero. No estábamos peleando. Estábamos, en teoría, conversando. Y en un momento me di cuenta de que yo no estaba escuchando: estaba preparando la respuesta. Estaba armando la frase que me dejara bien parado. La frase que evitara la vergüenza de “quedar mal”. Y en ese segundo me vi desde afuera y me dio un cansancio enorme. Como si llevara años en guardia.
Y me pregunté: ¿qué pasaría si, por una vez, dejo que se note que no sé? ¿Qué pasaría si dejo que se note que me importa pertenecer, pero que no quiero pagar el precio de traicionarme? ¿Qué pasaría si digo una frase simple y desarmada: “me da miedo hablar de esto porque no quiero que me juzgues”?
Capaz no pasa nada. Capaz pasa todo. Capaz el otro se ablanda. Capaz se burla. No sé. Pero al menos sería real.
Yo no quiero una política sin pasión. Quiero una política con menos vergüenza escondida. Porque la vergüenza escondida se pudre y sale como veneno. Sale como desprecio. Sale como sarcasmo. Sale como humillación al otro. Sale como “yo soy mejor”. Y eso rompe. Rompe vínculos, rompe conversaciones, rompe la posibilidad de construir algo que no sea puro choque.
Hoy, si tengo que dejar una idea suelta flotando, es esta: antes de discutir la opinión política de alguien, tal vez conviene preguntarse qué vergüenza está tratando de evitar. Y lo digo para mí también. Porque muchas veces mi opinión es un abrigo. Un abrigo contra el frío de quedar afuera.
Y no quiero vivir abrigado todo el tiempo.
Quiero poder sentarme, respirar, mirar a los ojos, y decir lo que de verdad me pasa: que me importa el mundo, sí, pero que también me importa ser querido; que me importa la justicia, sí, pero que también me da miedo equivocarme; que me importa la verdad, sí, pero que también me pesa la mirada ajena.
Y que, aun así, estoy intentando.
No para ganar discusiones. No para quedar como el que sabe. Sino para recuperar algo que perdí en el camino: la honestidad suave. Esa que no brilla en las redes, pero que en la vida real te deja dormir un poco mejor.
Porque al final, cuando se apagan las pantallas y queda el silencio de la noche, la vergüenza no te aplaude. Solo te acompaña. Y yo ya no quiero que me acompañe mandando. Quiero que me acompañe, como mucho, sentada en un rincón, callada, mientras yo aprendo —despacio— a opinar sin máscara.
