Hace tiempo que me llaman la atención los objetos perdidos. No los objetos importantes, tipo una billetera con documentos, que enseguida te hacen pensar en el lío que debe tener encima la persona que la perdió. Hablo más bien de esas cosas raras que uno ve por ahí y que parecen haberse quedado solas en el mundo. Un guante en una vereda. Una vincha arriba de un muro. Un paraguas apoyado en un banco. Una remera de nene colgada en una reja. Cosas así.
A mí me pasa que cuando veo una de esas cosas no puedo evitar frenar un poco, aunque sea con la cabeza. Me da curiosidad. Mucha. Porque el objeto está ahí, sí, pero atrás hay una historia mínima que nunca voy a conocer.
El otro día vi un zapato solo al costado de la calle. Uno solo. Deportivo, bastante nuevo. Y me quedé pensando una cantidad absurda de tiempo en eso. O sea, ¿cómo termina un zapato solo ahí? No es una lapicera que se te cae del bolsillo sin darte cuenta. Es un zapato. Hay toda una secuencia previa que yo no vi. Y como no la vi, mi cabeza se pone a inventarla.
A veces pienso que esos objetos son como escenas congeladas de cosas comunes que, vistas de afuera, se vuelven misteriosas.
Una bufanda olvidada en un ómnibus puede ser simplemente eso, una bufanda olvidada. Pero también puede ser el final apurado de una charla, una mañana de sueño, una pelea, un día complicado, alguien cargando bolsas, un niño llorando, una persona bajándose tarde y corriendo. No sé. Me impresiona que un objeto tan simple pueda dejar detrás una historia entera que desaparece, mientras la cosa queda ahí, muda, haciendo como que no pasó nada.
Y además está lo otro: cómo cambia un objeto cuando deja de pertenecer claramente a alguien.
No es lo mismo un peine en tu baño que un peine tirado en la calle. No es lo mismo una taza en tu casa que una taza abandonada en una parada. Cuando un objeto pierde a su dueño, aunque sea por un rato, se vuelve rarísimo. Como si se saliera de contexto y de golpe mostrara una cara medio triste, medio absurda. Yo creo que por eso me impresionan tanto. Porque me hacen pensar en lo poco que controlamos realmente. Uno arma su día, sale con sus cosas, cree que todo está más o menos bajo control, y sin embargo siempre existe la posibilidad de dejar algo atrás. A veces un objeto. A veces tiempo. A veces una versión de uno mismo.
Capaz suena exagerado, pero no me parece tan distinto. También me hace gracia que casi nunca vemos el momento en que algo se pierde. Vemos el antes o el después. Nunca la escena exacta. Nadie presencia el instante preciso en que una gorra pasa de ser “la gorra de alguien” a ser “una gorra tirada”. Ese cambio ocurre en un segundo y, sin embargo, parece transformar completamente la cosa.
Hay una clase de soledad rara en los objetos perdidos. No porque sufran, obviamente. Ya sé que estoy hablando de cosas. Pero igual hay algo ahí. Algo que me toca. Ver un peluche chico apoyado contra un árbol, por ejemplo, me parte un poco. Porque no veo solo el peluche. Veo la mano que lo soltó, la distracción, el llanto después, o tal vez ni siquiera llanto: tal vez la persona ni se enteró. Y eso, no sé por qué, me deja pensando más todavía.
Capaz porque yo también pierdo cosas seguido. Y no hablo solo de llaves o auriculares. Hablo de esas cosas que uno no sabe bien cuándo dejó de tener. Ciertas ganas. Cierta paciencia. Algunas costumbres. Personas con las que uno pensaba que iba a seguir hablando siempre. Supongo que por eso me agarran tan de cerca estos objetos sueltos. Porque me recuerdan que no todo se rompe de golpe. A veces algo simplemente queda atrás.
Desde entonces miro distinto la calle. Siento que está llena de pequeñas pruebas de vidas ajenas. Un recibo arrugado. Un anillo de cotillón. Una figurita. Una cinta del pelo. Restos mínimos de jornadas normales que para otra persona habrán sido cualquier cosa, menos literarias.
Y sin embargo ahí están, volviendo raro lo cotidiano. No sé si este tema le interesa a mucha gente o si solo soy yo el que se queda pensando de más. Puede ser. Pero hay algo en esas cosas que quedan solas que me parece profundamente humano. Porque al final nosotros también andamos dejando rastros todo el tiempo, aunque no queramos.
Y a veces un zapato solo en una esquina dice más sobre la vida que un discurso entero.
