Diay… hay noches en las que me da por pensar que la oscuridad también es un lugar. No un “apagón”, no un susto, no una falta de algo. Un lugar de verdad, como un patio, como una montaña, como un pasillo donde por fin uno puede caminar sin que lo estén viendo.
Yo vivo por acá cerca de San José, en una zona donde siempre hay un foco prendido en algún lado. Alumbrado público, rótulos, casas que parecen tiendas, el vecino que dejó un reflector “por seguridad”, y ahora con esos LED blancos que alumbran como si el cielo estuviera en modo oficina. Y sí, se ve todo. Pero a veces siento que, a punta de ver todo, estamos dejando de ver lo importante.
Me acordé de esto porque, cuando era chamaco, en las noches salían luciérnagas. Poquitas, pero salían. Eran como una señal secreta, mae. Una cosita que se prendía y se apagaba en el zacate, y uno entendía sin palabras que el mundo tenía vida cuando uno creía que ya se había ido a dormir.
Ahora casi no se ven. Y me da una tristeza rara, como si me hubieran quitado un ruido que era mío. No es nostalgia por nostalgia. Es que la ausencia pesa. Pesa porque no es solo “no hay luciérnagas”: es que se va un pedacito del ritmo natural, ese que no pide permiso.
Desde hace un tiempo me dio por sembrar unas matitas en macetas: albahaca, menta, unas flores pequeñas que ni sé cómo se llaman. Lo hice porque necesitaba algo vivo cerca, algo que no estuviera en pantalla. Y una noche me quedé viendo, como tonto, una polilla dando vueltas. Dando vueltas sin llegar. Chocando con la luz, como si la luz la estuviera llamando y castigando al mismo tiempo.
Ahí me cayó la ficha: la contaminación lumínica no solo nos tapa estrellas o nos irrita el sueño, también desordena a los bichitos que trabajan cuando uno no los ve. Los polinizadores nocturnos, las polillas, ciertos insectos que van y vienen como mensajeros silenciosos. Ellos no tienen “cortinas blackout”. No pueden decir “ya no miro”. Si la luz los confunde, se pierden. Y si se pierden, se rompe una cadena que nadie aplaude, pero que sostiene el día siguiente.
Me da vuelta en la cabeza esta idea: nosotros prendemos luces para sentir control, y con eso le quitamos el rumbo a otras criaturas. Como si el planeta fuera una sala nuestra y todo lo demás estuviera de visita.
A veces me imagino a Costa Rica como nos la venden: verde, pura vida, biodiversa. Y sí, lo es. Pero también es postes, anuncios, urbanizaciones, carreteras iluminadas como estadio. Y entonces me da vergüenza, porque yo también he celebrado esa luz: “qué lindo se ve”, “qué seguro”, “qué moderno”. Y tal vez es cierto para mí… pero, ¿a qué costo para lo que no se queja?
No tengo una solución heroica. Solo tengo un gesto pequeño que hago a ratos: apago lo que puedo. Dejo el balcón oscuro. Bajo el brillo. Me siento un rato sin música, sin nada, y dejo que la noche se acomode. Y en ese silencio, aunque sea breve, siento que algo adentro se ordena. Como si el cuerpo dijera: gracias.
Y sigo esperando, mae, no con ansiedad, sino como quien deja la puerta entornada: que alguna noche regrese una lucecita mínima en el zacate. No para decorar, no para Instagram. Solo para recordarme que todavía hay vida trabajando en secreto… si uno le devuelve un poquito de oscuridad.
