Las luciérnagas se fueron

11 de febrero de 2026

Explora la conexión entre la oscuridad y la vida silvestre, reflexionando sobre cómo la contaminación lumínica afecta a los insectos y al equilibrio natural. Se plantea la necesidad de encontrar momentos de oscuridad para reconectar con la naturaleza.

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Diay… hay noches en las que me da por pensar que la oscuridad también es un lugar. No un “apagón”, no un susto, no una falta de algo. Un lugar de verdad, como un patio, como una montaña, como un pasillo donde por fin uno puede caminar sin que lo estén viendo.

Yo vivo por acá cerca de San José, en una zona donde siempre hay un foco prendido en algún lado. Alumbrado público, rótulos, casas que parecen tiendas, el vecino que dejó un reflector “por seguridad”, y ahora con esos LED blancos que alumbran como si el cielo estuviera en modo oficina. Y sí, se ve todo. Pero a veces siento que, a punta de ver todo, estamos dejando de ver lo importante.

Me acordé de esto porque, cuando era chamaco, en las noches salían luciérnagas. Poquitas, pero salían. Eran como una señal secreta, mae. Una cosita que se prendía y se apagaba en el zacate, y uno entendía sin palabras que el mundo tenía vida cuando uno creía que ya se había ido a dormir.

Ahora casi no se ven. Y me da una tristeza rara, como si me hubieran quitado un ruido que era mío. No es nostalgia por nostalgia. Es que la ausencia pesa. Pesa porque no es solo “no hay luciérnagas”: es que se va un pedacito del ritmo natural, ese que no pide permiso.

Desde hace un tiempo me dio por sembrar unas matitas en macetas: albahaca, menta, unas flores pequeñas que ni sé cómo se llaman. Lo hice porque necesitaba algo vivo cerca, algo que no estuviera en pantalla. Y una noche me quedé viendo, como tonto, una polilla dando vueltas. Dando vueltas sin llegar. Chocando con la luz, como si la luz la estuviera llamando y castigando al mismo tiempo.

Ahí me cayó la ficha: la contaminación lumínica no solo nos tapa estrellas o nos irrita el sueño, también desordena a los bichitos que trabajan cuando uno no los ve. Los polinizadores nocturnos, las polillas, ciertos insectos que van y vienen como mensajeros silenciosos. Ellos no tienen “cortinas blackout”. No pueden decir “ya no miro”. Si la luz los confunde, se pierden. Y si se pierden, se rompe una cadena que nadie aplaude, pero que sostiene el día siguiente.

Me da vuelta en la cabeza esta idea: nosotros prendemos luces para sentir control, y con eso le quitamos el rumbo a otras criaturas. Como si el planeta fuera una sala nuestra y todo lo demás estuviera de visita.

A veces me imagino a Costa Rica como nos la venden: verde, pura vida, biodiversa. Y sí, lo es. Pero también es postes, anuncios, urbanizaciones, carreteras iluminadas como estadio. Y entonces me da vergüenza, porque yo también he celebrado esa luz: “qué lindo se ve”, “qué seguro”, “qué moderno”. Y tal vez es cierto para mí… pero, ¿a qué costo para lo que no se queja?

No tengo una solución heroica. Solo tengo un gesto pequeño que hago a ratos: apago lo que puedo. Dejo el balcón oscuro. Bajo el brillo. Me siento un rato sin música, sin nada, y dejo que la noche se acomode. Y en ese silencio, aunque sea breve, siento que algo adentro se ordena. Como si el cuerpo dijera: gracias.

Y sigo esperando, mae, no con ansiedad, sino como quien deja la puerta entornada: que alguna noche regrese una lucecita mínima en el zacate. No para decorar, no para Instagram. Solo para recordarme que todavía hay vida trabajando en secreto… si uno le devuelve un poquito de oscuridad.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento literario · 22%
Predomina una reflexión literaria y sensible sobre la pérdida de la oscuridad natural, con crítica ambiental y escenas cotidianas urbanas.
  • La idea se desarrolla mediante voz narrativa, memoria, imágenes poéticas, ritmo oral costarricense y escenas simbólicas como las luciérnagas, la polilla y el balcón oscuro.
  • Cuestiona la iluminación excesiva, la idea de modernidad, seguridad y control, y señala sus efectos invisibles sobre insectos y ritmos naturales.
  • La tristeza por la desaparición de las luciérnagas, la nostalgia de infancia, la vergüenza y la esperanza final tienen un peso afectivo claro.
  • Parte de escenas reconocibles: luces del barrio, balcones, macetas, vecinos, rótulos, polillas girando alrededor de un foco.
  • El texto muestra una voz personal que admite cansancio, vergüenza, necesidad de algo vivo cerca y una forma privada de ordenarse en la oscuridad.
  • Observa formas compartidas de vivir en ciudad: alumbrado, urbanizaciones, carreteras, seguridad, modernidad y convivencia humana con el entorno.
  • Propone una alternativa modesta: apagar luces, bajar el brillo, devolver oscuridad y cambiar pequeños hábitos frente a la contaminación lumínica.
  • Aparecen preguntas sobre el lugar de la oscuridad, el sentido de ver, el ritmo natural y la relación del cuerpo con la noche, aunque no son el eje principal.
  • Incluye una explicación conceptual breve sobre contaminación lumínica, polinizadores nocturnos y cadenas ecológicas, sin convertirse en ensayo técnico.
  • Usa imágenes imaginativas como la oscuridad como lugar, el planeta como sala propia y las luciérnagas como señales secretas.
  • Hay reflexión abstracta sobre control, percepción, presencia, ausencia y la relación humana con otras formas de vida, pero de manera secundaria.
  • Plantea la pregunta por el costo de la comodidad humana para criaturas que no pueden quejarse, aunque la dimensión ética no domina el texto.

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