No me considero una persona supersticiosa.
O al menos eso digo cuando alguien me pregunta, porque suena más serio, más moderno, más razonable. Pero si soy completamente honesta, en mi casa pasan cosas raras. No raras de fantasmas ni de películas de miedo. Raras de esas que una aprende a respetar sin saber exactamente por qué.
Por ejemplo, hay una taza despostillada que nadie tira.
No es bonita. No combina con nada. Ya ni siquiera conserva bien el café caliente. Pero ahí sigue, en la esquina de la alacena, como si tuviera un permiso especial para existir. Mi mamá siempre decía que esa taza había estado en los peores años y también en los mejores, y que tirar ciertas cosas así nomás era una forma de faltarle el respeto al tiempo. Yo me reía. Me parecía una exageración. Un dramatismo bonito, sí, pero dramatismo al fin.
Hasta que un día la lavé, la dejé secando y, sin querer, la cambié de lugar.
No pasó nada, claro. No se cayó la casa, no se fue la luz, no sonó música de suspenso. Nada. Pero toda la mañana sentí una incomodidad extraña, como si hubiera movido una pieza pequeña de un mecanismo invisible. A la tarde la regresé a su sitio original y me dio una tranquilidad ridícula. Ridícula, pero real.
Desde entonces empecé a fijarme mejor.
En mi casa también hay una silla donde casi nadie se sienta. No está rota. No está fea. Simplemente se siente ocupada aunque esté vacía. Hay un espejo del pasillo que, por alguna razón, prefiero no mirar cuando voy medio dormida al baño en la madrugada. Y hay un cajón en la cocina que se atora siempre que alguien anda de malas. Esto último suena absurdo, ya sé. Pero te juro que cuando estamos tranquilos, abre perfecto. Cuando hay tensión, se traba como si quisiera participar en el pleito.
No creo que los objetos tengan magia. Bueno, tal vez no magia en el sentido espectacular de la palabra. Pero sí creo que absorben algo de nosotros. Las prisas, las costumbres, las pérdidas, las manías. Como si la vida diaria dejara una capa finita encima de las cosas y, con el tiempo, esa capa se volviera carácter.
A lo mejor por eso hay casas que te reciben y casas que te expulsan.
He entrado a departamentos impecables, lindísimos, con muebles caros y velas perfumadas, que me hacen sentir una invitada incómoda. Y también he entrado a casas pequeñas, medio oscuras, con ruido de ventilador y sopa en la estufa, donde una siente alivio inmediato. Como si el lugar te dijera: aquí puedes bajar los hombros.
Yo creo que las supersticiones nacen justo ahí. No en la ignorancia, como se burlan algunos, sino en la observación. En notar que hay espacios que cargan memoria. Que una mesa donde se pidió perdón muchas veces no es una mesa cualquiera. Que una cobija que acompañó una enfermedad ya no es solo una cobija. Que ciertas puertas suenan distinto después de una despedida.
Mi abuela tenía varias reglas que yo antes veía como ocurrencias de señora antigua. No barrer de noche. No dejar tijeras abiertas. No silbar dentro de la casa. Nunca poner los zapatos sobre la cama. Ella no explicaba demasiado; hablaba como quien comparte instrucciones básicas para no romper un equilibrio delicado. Yo crecí pensando que esas cosas eran puro folclor familiar.
Ahora no estoy tan segura.
No porque crea que vaya a caer una maldición si dejo unas tijeras mal puestas, sino porque entiendo que esas pequeñas reglas a veces cuidan algo más profundo. Cuidan la atención. Cuidan el ambiente. Cuidan esa sensación de que la casa no es solo un lugar para dormir, sino una extensión de lo que somos cuando nadie nos está mirando.
Tal vez por eso me conmueve tanto descubrir mis propias supersticiones, esas que inventé sin darme cuenta. Poner música apenas amanece, como si la casa necesitara desperezarse también. Abrir una ventana después de una discusión. Sacudir las sábanas cuando siento días pesados. Dejar un vaso con agua en la mesa de noche cuando algo me preocupa, aunque ni yo sepa explicar qué espero que haga ese vaso por mí.
No sé si todo esto tenga lógica. Probablemente no.
Pero tampoco todo lo valioso en la vida entra en una explicación limpia.
Hay costumbres que parecen tontas hasta que un día te sostienen. Hay rituales mínimos que no arreglan el mundo, pero sí te acomodan el alma. Y hay objetos viejos, rincones específicos, gestos repetidos, que terminan siendo una especie de idioma secreto entre la casa y uno.
Yo antes pensaba que madurar era dejar atrás todas esas cosas.
Ahora creo que madurar también puede ser otra cosa: aprender a distinguir entre una tontería vacía y un misterio pequeño que, de algún modo raro, te cuida.
Porque a veces una casa no habla con palabras.
A veces habla con manías. Con silencios. Con costumbres que nadie escribió.
Y, la verdad, qué descanso saber que todavía existen misterios tan humildes que caben en una taza rota, en una silla vacía o en un cajón que solo se atora cuando el corazón anda revuelto.
Si quieres, te hago un tercero todavía más distinto: más oscuro, más tierno o más filosófico.
