Yo por muchos años viví como si no pasara nada. Miraba letras en todos lados, en los letreros, en los papeles, en el celular de mis hijos, y hacía como que sí entendía. A veces adivinaba. Otras veces me esperaba a que alguien me dijera qué decía. Y ya. Así me fui acomodando. No era vida bonita, pero era la que me tocó y la que yo sola me fui dejando.
La neta, sí me daba vergüenza.
No es que no supiera nada de nada, pero leía muy despacio, me brincaba palabras, me enredaba. Cuando había que llenar una hoja, se me sudaban las manos. Cuando me mandaban un mensaje largo, mejor decía: “al rato lo veo”. Y ese rato a veces nunca llegaba. Uno se va haciendo chiquito sin darse cuenta. Como que se acostumbra a no preguntar, a no levantar la mano, a no meterse donde haya muchas letras.
Pero un día mi niña llegó con una tarea y me dijo que si me sentaba con ella. Me acuerdo bien porque traía una lectura cortita, de ésas de la escuela, y me pidió que la leyera en voz alta. Yo sentí un golpe aquí adentro. No por ella. Por mí. Porque era mi hija viéndome como si yo pudiera con eso, y yo por dentro sintiéndome poquita cosa.
Ese día leí. Mal, trabada, despacio, pero leí.
Y algo se me movió. Pensé: “ya estuvo bueno de esconderme”. No me volví sabia ni mucho menos. Nomás empecé. A leer anuncios. A leer etiquetas. A leer mensajes sin pedir ayuda tan rápido. A veces me equivoco, claro. A veces tengo que volver a empezar una frase tres veces. Pero ya no lo vivo igual.
Ahora, cuando agarro un papel y sí le entiendo, aunque sea poquito, siento una alegría rara, como de orgullo callado. Como si me estuviera regresando algo que era mío y había dejado tirado hace años.
Yo no sé hablar bonito, ni usar palabras grandes. Pero sí sé esto: aprender de grande también vale. Vale mucho. Porque no nomás aprendes letras. Aprendes a no sentirte menos. Aprendes a mirarte distinto. Y eso, para mí, ya es un montón.
