Anoche me quedé mirando la llave, ahí quieta sobre la mesa. Y yo la necesitaba, pero no por la puerta: la necesitaba para convencerme de que este cuarto es mío, aunque sea por ratitos.
Vivo en Bogotá, en una casa partida en pedacitos: un cuarto por aquí, otro por allá, una cocina que es de todos y de nadie, un baño que uno aprende a usar en silencio. Hay días en los que siento que no habito un hogar, sino un acuerdo. Un contrato invisible hecho de “no haga ruido” y “no se demore”.
Lo curioso es que yo no quiero mucho. No quiero sala grande ni balcón con vista. Yo lo que quiero es una esquina donde mi cuerpo no esté pidiendo permiso. Pero cuando uno arrienda un cuarto, el aire viene con testigos: las paredes oyen, el piso cruje, el pasillo guarda la risa de alguien que no sos vos. Y entonces uno se vuelve chiquito, como si el alma se plegara para caber.
A mí me pasa algo raro con los sonidos. No es que me molesten todos; es que algunos se me quedan pegados. La licuadora en la mañana, el televisor prendido, la puerta del frente que se azota como un regaño. A veces el ruido del TransMilenio, allá lejos, me sirve de arrullo, como un río de metal que pasa y no pregunta. Pero el ruido de adentro… ese me deja alerta: “esto no es tuyo”.
Y sin embargo, yo insisto. Hago cosas pequeñas para engañar al mundo (o para decirle la verdad, quién sabe). Pongo una matica al lado de la ventana. Pego una foto sin marco, no de alguien, sino de un cielo cualquiera. Dejo una taza siempre en el mismo lugar, como si con eso pudiera trazar un mapa. Y guardo la llave sobre la mesa, a la vista, porque si no la veo me entra una angustia absurda, como si me fueran a sacar en cualquier momento.
He pensado mucho en esa palabra: hogar. Aquí la usamos como si fuera obvia. “Llegué a la casa”, “estoy en mi casa”. Pero yo a veces no sé dónde está la mía. Mi casa no es una dirección: es un estado del cuerpo. Mi casa es cuando no tengo que explicar por qué cierro la puerta despacio. Mi casa es cuando el silencio es descanso y no vigilancia.
A veces salgo a caminar por Chapinero solo para sentir que la ciudad me presta un poquito de espalda. Miro los Cerros Orientales cuando se ponen morados al atardecer, y me da por creer que ellos sí saben guardar cosas. No te piden depósito, no te revisan el volumen, no te preguntan cuántos meses vas a quedarte. Están ahí, callados, sosteniendo a Bogotá aunque Bogotá los olvide. Yo los miro y, sin querer, les cuento lo que no le cuento a nadie: que me cansa estar siempre “de paso”, que me asusta encariñarme con un lugar que luego se me va.
Me ha dado por llorar por bobadas. Por el olor de un detergente que no es el mío. Por encontrar una media ajena en la lavadora. No es envidia. Es como si mi corazón estuviera buscando su propia música y solo encontrara canciones prestadas.
Y ahí es donde me entra la culpa, porque me digo: “parce, agradezca, por lo menos tiene techo”. Y sí. Hay noches frías en las que oigo la lluvia y me acuerdo de los que no tienen dónde guardarse. Entonces me quedo callado. Me trago el reclamo. Me vuelvo correcto. Pero una parte de mí se queda sin voz, como si mi agradecimiento fuera una mordaza.
Hoy quiero decir algo que casi nunca digo en voz alta: yo sueño con una casa que no me mida. Una casa que no me pida ser discreto para merecerla. Una casa donde pueda poner una lámpara y que la luz sea mía, no “la luz del cuarto”. No hablo de lujo: hablo de pertenencia.
A veces, cuando llego tarde, subo las escaleras despacio y toco la pared con los dedos, como quien se asegura de que algo sigue ahí. La pared está fría, siempre. Pero yo la toco igual, porque necesito una certeza: materia, límite, contención, algo firme para apoyarme. En ese gesto yo estoy pidiendo permiso para existir.
En estas casas compartidas uno aprende la coreografía social: saludar, sonreír, preguntar “¿todo bien?”, ofrecerse a sacar la basura. Yo hago todo eso. Pero hay un punto donde lo social se vuelve cansancio. Porque no siempre es comunidad: a veces es pura convivencia de supervivencia. Y yo quisiera una comunidad de verdad, una donde mi presencia no se sienta como un estorbo.
No sé si esto tiene solución. No sé si el problema está en el arriendo, en la ciudad, en mí. Solo sé que esta noche voy a volver a poner la llave sobre la mesa, como quien pone una ofrenda. Voy a apagar la luz grande y dejar solo la lamparita. Voy a respirar despacio, y por unos minutos voy a imaginar que el cuarto me reconoce, que las paredes no me toleran sino que me sostienen.
Y si mañana este lugar deja de ser mío, si toca empacar otra vez y buscar otra dirección, quisiera llevarme algo más que maletas. Quisiera llevarme la sensación —aunque sea inventada— de que alguna vez un espacio me guardó el corazón sin pedirme nada a cambio.
