Yo para salir sola era bien miedosa. No por floja, sino por nervios. Me daba vergüenza preguntar, me daba miedo subir al carro equivocado, bajar lejos, no entender cuando alguien hablaba rápido. Entonces siempre esperaba a que alguien me acompañe. Mi hermana, una vecina, a veces hasta mi hijo cuando podía. Y si nadie podía, mejor no iba. Así me pasaba la vida, dejando cosas para después.
Una vez perdí una cita por eso. Era una cosa sencilla, nada grande, pero igual me dolió. Tenía que ir a hacer un trámite y no fui porque me ganó el temor. Me quedé sentada en mi casa, viendo la hora, diciéndome que mañana sería. Pero mañana a veces no arregla nada. Ese día me sentí bien poca cosa.
No es bonito depender para todo.
La gente cree que salir a la calle, tomar un bus y llegar a un sitio es cualquier tontería. Pero cuando una no tiene costumbre, cuando una se pone nerviosa con todo, eso pesa bastante. A mí me sudaban las manos solo de pensar en tener que decirle al cobrador dónde me bajaba. Sentía que me iban a mirar mal si me confundía o si preguntaba algo obvio.
Pero un día me cansé.
No me pasó nada extraordinario. No vino nadie a darme un discurso. Solo me harté de sentirme chiquita. Agarré un papelito, escribí el nombre del lugar, pregunté bien cuál carro me servía y me fui. Iba con el corazón golpeándome duro, como si me estuviera escapando de algo. Me subí, me senté calladita y fui mirando todo por la ventana, pendiente de no pasarme.
Cuando llegué, ni siquiera era un sitio bonito. Era solo una oficina medio fea, con cola y con caras largas. Pero yo sentí una alegría rara. No por el trámite. Por haber llegado sola.
Desde ahí no me volví valiente de golpe, tampoco voy a mentir. Todavía me pongo nerviosa. Todavía a veces pregunto dos veces lo mismo. Todavía me confundo. Pero ya no me freno tanto. Ya sé que si me pierdo, puedo volver a preguntar. Ya sé que si me equivoco de carro, me bajo y veo cómo arreglo. No se acaba el mundo.
A mí nadie me va a dar medalla por salir sola a hacer una diligencia. Ya lo sé. Pero hay cosas que por fuera parecen pequeñas y por dentro son enormes.
Yo no tengo estudios grandes ni sé hablar bonito. Pero sí he aprendido esto: cuando una deja de esperarlo todo de los demás, aunque sea en una sola cosa, se siente más parada en la vida. Y eso, para mí, vale bastante.
