En la recepción de un edificio de oficinas vi a un guardia mirar de arriba abajo a un cabro que venía a dejar un currículum. No fue un gesto escandaloso, ni una escena para armar pelea. Fue más chico que eso: una pausa, una ceja, la pregunta por el piso dicha con menos paciencia que al señor de camisa planchada que llegó después. El cabro traía zapatillas gastadas, una carpeta transparente doblada en una punta y el pelo mojado, probablemente por la llovizna. Ahí apareció de nuevo esa frase que se usa tanto y que parece inocente: “hay que tener buena presencia”. La he escuchado en pegas, en colegios, en comentarios de familia, en consejos para entrevistas, incluso en tono cariñoso, como si fuera puro sentido común. Pero mientras más la oigo, más me cuesta creer que sea solo una invitación a estar limpio o ordenado.
Porque si fuera eso, bastaría decirlo así, con palabras simples. Buena presencia, en cambio, suele traer escondida una medida social bastante precisa: cierto corte de pelo, cierta ropa, cierta forma de hablar, cierta seguridad corporal que no se aprende en un día y que no se compra con ganas. Decimos que queremos esfuerzo, pero a veces evaluamos primero si la persona sabe parecerse a lo que ya aceptamos. Y lo complicado es que esa evaluación se disfraza de criterio neutral, como si mirar la apariencia fuera una forma rápida y justa de saber quién es responsable, confiable o “adecuado”. Capaz no lo hacemos con mala intención, pero igual lo hacemos. Y cuando algo se repite tanto sin mala intención, quizás conviene mirarlo con más cuidado, no con menos.
