Yo antes creía que el arte tenía que impresionarme. No sé, dejarme muda, hacerme sentir ignorante o refinada o alguna de esas cosas que una aprendió a fingir cuando entra a un museo y pone cara de “estoy entendiendo”. Pero con los años me pasó algo medio incómodo: empecé a desconfiar de todo lo que me parecía demasiado hermoso.
No de la belleza en sí, sino de esa belleza que ya viene masticada. Esa que parece hecha para que una reaccione como corresponde. “Qué maravilla”, “qué obra”, “qué sensibilidad”. Y listo. Aplauso interno. Foto mental. A casa.
A mí, en cambio, cada vez me mueve más lo que al principio me cae mal.
Un cuadro torcido en un bar. Una estatua gastada que ya nadie mira. Una pared con humedad que parece un mapa de un país que no existe. Incluso ciertos dibujos mal hechos, torpes, casi infantiles, que tienen algo brutalmente sincero. Me pasa seguido: veo algo “imperfecto” y me quedo ahí, enganchada, como si eso tuviera más verdad que muchas cosas pulidas.
Capaz suena exagerado, pero siento que la percepción se nos está volviendo obediente. Miramos rápido, clasificamos rápido, descartamos rápido. Lindo, feo, caro, berreta, culto, ordinario. Ya no miramos: fallamos sentencia. Y para mí el arte, cuando de verdad me toca, no es lo que me gusta. Es lo que me desacomoda el juicio.
Por eso a veces pienso que el arte no sirve para elevarnos, como dicen algunos. Sirve para arruinarnos un poco la mirada.
Y lo digo en el buen sentido.
Porque yo venía armada de opiniones. Iba por la vida creyendo que sabía distinguir lo valioso de lo banal. Hasta que un día me emocionó una sombra en la persiana más que una sala entera de obras “importantes”. Me dio vergüenza admitirlo. Después alivio. Después libertad.
Desde entonces empecé a sospechar que percibir no es recibir el mundo: es negociarlo. Uno no ve solamente con los ojos. Ve con los prejuicios, con la clase social, con el cansancio, con las ganas de pertenecer, con el miedo a quedar como una bruta. También con la memoria. También con las heridas.
Por eso dos personas pueden mirar lo mismo y no estar viendo ni cerca la misma cosa.
A mí esa idea me cambió bastante. Me volvió más humilde, pero no más sumisa. Ya no siento la obligación de admirar lo que merece admiración pública. A veces miro una gran obra y no me dice nada. A veces miro una pavada y me parte al medio.
Y, sinceramente, prefiero eso.
Prefiero una percepción viva antes que una correcta. Prefiero una mirada propia, aunque venga despeinada. Porque al final el arte que más me importa no es el que decora el mundo. Es el que me desordena la forma de mirarlo.
