No sé bien en qué momento empecé a desconfiar de las cosas que se parecen demasiado a nosotros sin llegar a ser nosotros. Me pasa con ciertos muñecos, con algunas figuras de cera, con robots muy pulidos y hasta con esas caras digitales que intentan verse amables. No es terror, al menos no exactamente. Es otra cosa. Una incomodidad fina, callada, que se me mete en el cuerpo antes de que yo pueda explicarla. Como si algo en mí dijera: “casi, pero no”. Y ese “casi” fuera peor que una diferencia clarita. Porque cuando algo es claramente falso, una lo acepta y ya. El problema empieza cuando está tan cerca de lo humano que parece que le faltara un soplito para terminar de entrar en nuestro mundo.
A mí eso me hace pensar bastante en lo fácil que confundimos la apariencia con la cercanía. Creemos que mientras más se parezca algo a nosotros, más confianza debería darnos. Pero no siempre pasa así. Hay veces en que una cara demasiado perfecta, unos ojos demasiado quietos o una sonrisa demasiado calculada me producen rechazo. Y no porque yo ande buscando defectos, sino porque siento que ahí no hay vida de verdad, solo una copia muy aplicada. Es rarísimo, porque una parte de mí admira el esfuerzo, la precisión, la tecnología, el trabajo detrás. Pero otra parte se me pone en guardia. Como cuando alguien repite las palabras correctas, con el tono correcto, y aun así una siente que falta algo imposible de nombrar.
Lo curioso es que este tema no solo me hace pensar en máquinas o en muñecos. También me hace pensar en nosotros. En cómo a veces, por querer encajar, nos volvemos demasiado pulidos. Demasiado medidos. Demasiado correctos. Y terminamos dando una impresión parecida: casi humanos, pero tensos, editados, como si estuviéramos actuando humanidad en vez de vivirla. Yo misma me he sentido así alguna vez. Sonriendo donde no quería, respondiendo como se espera, acomodando el gesto, el tono y hasta la opinión para no desentonar. Y, mirá vos, creo que esa misma incomodidad que me provocan ciertas figuras artificiales también aparece cuando una persona ya no parece espontánea, sino fabricada por sus propias ganas de agradar.
Por eso este tema me inquieta tanto. Porque al final no habla solo de robots raros ni de muñecas que miran feo. Habla de ese borde delicado donde algo se parece mucho a la vida, pero todavía no la alcanza. Y capaz ahí es donde una descubre qué valora de verdad en los otros: la imperfección, la torpeza, la chispa, el temblor, incluso el cansancio. Todo eso que nos vuelve menos bonitos a veces, pero muchísimo más reales. Yo, por lo menos, cada vez confío más en lo que respira raro, en lo que no sale perfecto, en lo que no parece diseñado para convencerme. Porque la humanidad, cuando es de verdad, no entra impecable a una habitación. Entra con fallas. Y menos mal.
