Yo nunca he sido de esos que ven una luz rara en el cielo y ya brincan diciendo que nos visitaron. Tampoco he sido del bando contrario, el que se ríe de todo y cree que cualquier conversación sobre ovnis es una pérdida de tiempo o una tontera para gente demasiado impresionable. La verdad, yo siempre he estado en un lugar más incómodo y, por eso mismo, más honesto. A mí el tema de los ovnis me interesa, sí, pero no porque me muera por demostrar que hay extraterrestres escondidos detrás de una nube. Me interesa porque toca una fibra muy rara de la mente humana: esa mezcla de curiosidad, miedo, soberbia y esperanza que se nos activa cuando miramos para arriba y aceptamos, aunque sea por un segundo, que no controlamos casi nada.
Yo creo que mucha gente se acerca a los ovnis queriendo una respuesta cuando, en realidad, lo que el tema ofrece es una pregunta. Y a mí eso me gusta. Me gusta porque vivimos en una época donde todo el mundo quiere cerrar rápido cualquier misterio. Si no lo puede probar, lo ridiculiza. Si no lo puede explicar en dos frases, lo descarta. Si algo incomoda, lo convierte en meme, en broma o en pelea entre fanáticos y escépticos. Con los ovnis pasa eso a cada rato. O te quieren meter de golpe en una fe casi religiosa o te quieren arrastrar a un desprecio automático, como si no existiera un punto medio entre creerse cualquier cuento y negar por principio que el universo pueda guardar cosas que todavía no entendemos.
Mi opinión, si la tengo que decir claro, es esta: yo no sé si los ovnis de los que tanto se habla son naves, errores, fenómenos raros, tecnología humana que no conocemos, ilusiones, malas interpretaciones o una mezcla de todo. No lo sé. Y me parece más digno admitirlo que inventarse una seguridad prestada. Lo que sí creo es que hay algo medio infantil, en el buen sentido, que se despierta cuando una persona mira el cielo y sospecha que tal vez no estamos solos. Digo infantil no porque sea tonto, sino porque ahí aparece una forma vieja y limpia del asombro. Esa que uno tenía de pequeño cuando pensaba que el mundo podía ser muchísimo más grande de lo que le contaban los adultos.
A mí me cuesta confiar en la gente que habla de ovnis con demasiada certeza. Me cuesta confiar en el que afirma que vio la verdad definitiva y en el que asegura que todo, absolutamente todo, es un disparate. Los dos me parecen parecidos, aunque no lo admitan. Ambos necesitan cerrar el tema. Ambos se sienten más cómodos con una historia terminada que con una duda viva. Y yo, en cambio, siento que lo valioso de este asunto está precisamente en lo que no se deja clausurar. No en el espectáculo. No en el video borroso. No en la conspiración perfectamente armada que siempre parece estar a punto de revelarse pero nunca aterriza de verdad. Lo valioso está en que el tema nos pone frente a nuestro límite. Nos recuerda que una cosa es vivir en el mundo y otra muy distinta creer que ya lo entendimos.
También tengo una sospecha menos romántica. Creo que muchas personas se aferran a los ovnis porque les cuesta soportar el tamaño del silencio. El cielo impresiona. La noche impresiona. La idea de estar dando vueltas en un universo inmenso puede volverse pesada, casi ofensiva, si uno la piensa mucho. Entonces no me extraña que nos seduzca la idea de que alguien más anda por ahí, mirando también, viajando, sabiendo cosas, quizás incluso vigilándonos. En el fondo, la fantasía de los ovnis a veces se parece un poco a la fantasía de no estar abandonados en un espacio enorme. Y yo entiendo eso. Lo entiendo demasiado. A nadie le resulta fácil convivir con la inmensidad sin inventarse, aunque sea de vez en cuando, una compañía.
Pero justamente por eso trato de no volver ese deseo una prueba. Que yo quiera que el universo sea más acompañado no significa que lo sea. Que me fascine la posibilidad de otras inteligencias no significa que cada historia extraña sea verdadera. Ahí es donde creo que uno se juega la seriedad. Se puede conservar el asombro sin volverlo ingenuidad. Se puede amar el misterio sin arrodillarse ante cualquier relato. Se puede escuchar historias sobre ovnis con curiosidad y, al mismo tiempo, mantener una distancia sana. A mí esa combinación me parece más madura que la credulidad fácil y también más viva que el cinismo.
Además, hay algo de los ovnis que me parece profundamente humano incluso cuando no hay nada “real” detrás de un caso concreto. Y con esto no quiero decir que todo sea inventado, sino que el simple hecho de que tantas personas miren luces raras, silencios raros, movimientos raros y sientan que ahí hay una grieta en lo conocido ya dice algo de nosotros. Dice que seguimos necesitando relatos que nos saquen de la costumbre. Dice que el cielo no ha dejado de ser una pantalla para nuestras preguntas más viejas. Dice que, por más tecnología, horario, productividad y vida apretada que tengamos, todavía hay una parte de nosotros que quiere creer que la realidad tiene una puerta escondida.
Yo, por ejemplo, no leo historias de ovnis como quien busca una confirmación, sino como quien tantea un borde. Me interesa el borde entre lo explicable y lo inexplicable, entre lo visto y lo interpretado, entre lo físico y lo simbólico. Porque muchas veces me parece que un ovni, incluso cuando termina teniendo una explicación muy terrenal, ya cumplió otra función antes: obligó a alguien a experimentar por un rato que la realidad podía no ser tan cerrada como pensaba. Y eso, aunque después se resuelva, deja huella. Tal vez por eso el tema sobrevive. No sobrevive solo por las pruebas o la falta de pruebas. Sobrevive porque toca algo mucho más antiguo que una noticia o un video: toca nuestra relación con lo desconocido.
Hay otra cosa que casi nunca se dice y que a mí me importa bastante. Los ovnis también son un espejo de nuestra época. Cada generación proyecta en el cielo sus miedos y sus deseos. Antes podían ser señales divinas, presagios o carros celestes. Después se volvieron naves, tecnologías avanzadas, visitantes interestelares, experimentos secretos. Mañana quién sabe qué forma les pondremos. Eso no me hace despreciar el fenómeno. Al contrario. Lo vuelve más interesante. Porque no solo habla de “lo que hay ahí afuera”, si es que hay algo; también habla de lo que traemos aquí adentro. Habla de la clase de mundo en que vivimos, de qué nos asusta, de qué creemos posible, de qué tan solos nos sentimos, de cuánto confiamos en las instituciones, de cuánto deseamos que haya una verdad más grande que la rutina.
Por eso mi opinión sobre los ovnis no cabe en un sí o un no. Si me preguntan si creo en los ovnis, yo diría que creo en la experiencia humana de mirar algo que no entiende y sentir que su mapa del mundo se le queda corto. Creo en eso. Creo en el desconcierto. Creo en la fascinación. Creo en que hay relatos falsos, confusiones, exageraciones, ganas de llamar la atención y también experiencias sinceras que una persona no sabe acomodar. Creo en todo ese enredo. Y creo que simplificarlo demasiado solo sirve para que cada quien proteja su tribu: los que “saben” y los que “no se dejan engañar”. A mí ninguna de esas tribus me termina de convencer.
Si algo he aprendido con este tema es que el misterio no siempre está en el objeto, sino en la mirada. Dos personas pueden ver el mismo cielo y una sentir nada, mientras la otra se queda sacudida por dentro. ¿Dónde ocurrió entonces el fenómeno más importante? ¿Arriba o adentro? Yo no tengo respuesta, pero la pregunta me parece preciosa. Porque me obliga a recordar que la realidad no se compone solo de cosas, sino también de conciencia. De interpretación. De miedo. De deseo. De memoria. De hambre de sentido. A veces una luz es solo una luz. Y a veces una luz, aunque sea solo una luz, abre algo enorme en la cabeza de quien la mira.
Yo no necesito que mañana aparezca una nave encima de una ciudad para sentir que el tema vale la pena. De hecho, casi prefiero que no pase nada definitivo. Porque en el momento en que todo quedara totalmente probado o totalmente descartado, se nos acabaría una conversación muy humana. Se nos acabaría ese temblor raro entre la evidencia y la imaginación. Se nos acabaría el espacio donde la gente confiesa, a media voz, que una vez vio algo, o creyó ver algo, o sintió que el cielo le devolvía una pregunta. Y a mí ese espacio me importa. No porque quiera vivir engañado, sino porque me parece uno de los pocos lugares donde todavía admitimos que el mundo puede ser más grande que nuestro vocabulario.
Al final, si me obligaran a resumir lo que pienso de los ovnis en una sola idea, diría esto: no me atraen porque prometan visitantes; me atraen porque desenmascaran nuestra necesidad de no vivir encerrados en lo obvio. A mí los ovnis me interesan menos como respuesta y más como síntoma. Síntoma de que seguimos mirando hacia arriba para buscar algo que no sabemos nombrar del todo. Síntoma de que la razón sola no nos basta, pero la fantasía sola tampoco. Síntoma de que somos criaturas extrañas: desconfiadas, asustadas, curiosas, orgullosas y, sin embargo, todavía capaces de quedarnos callados mirando una mancha de luz como si ahí estuviera escondida una verdad.
Y quién sabe. Tal vez no esté escondida en la luz. Tal vez esté escondida en nosotros, en esa parte que no se conforma con trabajar, pagar cuentas, dormir y repetir. En esa parte que todavía quiere levantar la cabeza de noche y pensar, aunque sea por un rato: mae, aquí arriba tiene que haber algo más que costumbre.
