A mí siempre me han inquietado los lugares que no parecen completos. No hablo de ruinas ni de casas embrujadas, sino de esos espacios que están entre una cosa y otra: un pasillo de hotel vacío, una terminal casi sola, una escalera encendida a medianoche, un centro comercial antes de abrir. Lugares normales, sí, pero con algo raro encima. Como si todavía no decidieran si están vivos o dormidos. Y lo más curioso es que ahí no me pasa exactamente miedo. Me pasa otra cosa. Una sensación de estar viendo el mundo sin su cara de todos los días.
Cuando me topo con uno de esos sitios, se me baja el ruido de la cabeza. Es bien extraño. Yo puedo venir pensando en mil cosas, en pendientes, en mensajes, en problemas pequeños, y de repente entro a un lugar así, medio suspendido, y todo se me acomoda raro por dentro. No mejor. No peor. Solo distinto. Como si por un momento yo también quedara a medias. Ni del todo metida en mi rutina ni del todo fuera de ella. Y creo que eso es lo que más me mueve: sentir que hay espacios que no solo se transitan con el cuerpo, sino también con algo más hondo.
Tal vez por eso me cuesta explicar esto sin que suene exagerado. Porque no se trata de decoración, ni de arquitectura, ni de nostalgia pura. Se trata de una clase de silencio. Un silencio que no está vacío, sino esperando. A veces siento que esos lugares guardan una versión más honesta de nosotros. Sin prisa, sin papel, sin personaje. Ahí una no está actuando tanto. Solo está pasando. Solo está respirando dentro de algo que todavía no termina de ser. Y eso, aunque suene sencillo, a mí me parece enorme.
Quizá por eso nunca me han parecido banales esos espacios raros que otros ni miran. A mí me recuerdan que casi toda la vida ocurre en transición. Nunca somos del todo quienes éramos, pero tampoco quienes vamos a ser. Vivimos cruzando pasillos invisibles. Y cuando un lugar me hace sentir eso sin decir una sola palabra, yo no siento que esté vacío. Siento que me está mostrando, en silencio, una verdad que casi siempre prefiero olvidar.
