Yo antes pensaba que el supermercado era un lugar aburrido, casi mecánico. Entrar, comprar, pagar, salir. Ya está. Pero hace un tiempo empecé a ir con más calma, quizá porque la vida me estaba pidiendo mirar mejor las cosas pequeñas, y descubrí algo que ahora no puedo dejar de ver: un carrito de compras dice muchísimo de una persona. A veces más que su foto de perfil, más que su currículo y, con suerte, hasta más que su discurso.
No hablo de juzgar si alguien compra caro o barato, sano o chatarra, marcas finas o marcas que vienen en bolsa transparente. Eso sería demasiado fácil, y además un poco mezquino. Hablo de otra cosa. Hablo del modo en que una persona se mueve entre estantes, de cómo toca lo que todavía no ha decidido llevar, de si devuelve a su sitio lo que al final no quiere, de si bloquea el pasillo como si el mundo entero hubiera sido diseñado para esperarle. Yo sé que suena exagerado, pero no me parece menor. Hay gente que entra al supermercado como si entrara a una conversación: mira, calcula, deja espacio, pide disculpas, se acomoda. Y hay gente que entra como si estuviera invadiendo un país enemigo.
A mí esto me empezó a obsesionar el día en que vi a un señor dejar un paquete de carne en el estante de los detergentes porque ya no lo iba a llevar. Así nomás. Lo soltó ahí, junto al limpiavidrios, y siguió caminando como si nada. Me quedé mirándolo con una indignación bastante desproporcionada, lo admito. No porque yo sea un santo del orden público, sino porque en ese gesto vi condensada una forma de estar en el mundo que me cuesta mucho tolerar: la idea de que mis pequeñas incomodidades pueden convertirse, sin problema, en el problema de otro.
Desde entonces miro más. La pareja que discute en voz bajita frente a los yogures, como si estuviera negociando el presupuesto de una república doméstica. El muchacho que revisa precios con una calculadora porque no quiere pasarse ni un sol. La señora que lleva solo tres cosas y, aun así, acomoda el carrito con un cuidado casi ceremonial. El niño que pide galletas, el padre que dice que no, y luego termina cediendo no por debilidad, sino por cansancio. Todo eso me interesa porque ahí aparece la parte menos ensayada de nosotros. Nadie se arregla el alma para ir al supermercado. Uno va como es, o por lo menos como está.
Creo que por eso ese lugar me parece tan honesto. En otros espacios actuamos mejor. En el trabajo ya sabemos qué tono usar. En redes uno corrige, borra, posa. Hasta en reuniones familiares hay un pequeño teatro en funcionamiento. Pero en el supermercado se filtra algo más verdadero. Se nota quién sabe esperar. Quién se desespera al toque. Quién acapara. Quién comparte. Quién mira al cajero a los ojos y quién trata a todo el mundo como si fuera parte del mobiliario.
A veces pienso que un país también se puede leer así, en miniatura, entre ofertas de papel higiénico y pilas de mandarinas. No en lo que compra la gente, sino en cómo convive mientras compra. En si deja pasar. En si respeta la fila. En si devuelve el producto frío a su sitio. En si entiende que vivir con otros consiste, casi siempre, en administrar molestias pequeñas sin convertirlas en basura moral para el vecino.
Yo no confío demasiado en las personas que hablan todo el día de valores pero abandonan un helado derretido entre los cereales. Me parece una incoherencia demasiado perfecta. En cambio, le tengo simpatía instantánea a quien mueve su carrito para que otro pueda pasar sin tener que pedir permiso. Hay una ética mínima en esos gestos. Una educación silenciosa. Una especie de bondad sin marketing.
Tal vez suene raro decir que yo he aprendido cosas importantes en un supermercado. Pero es verdad. Ahí entendí que el carácter no siempre se revela en grandes crisis. A veces se revela en algo mucho más simple: qué haces cuando nadie te está mirando y tienes en la mano un producto que ya no quieres.
