No sé si la migración masiva enriquece o borra. Sospecho que hace las dos cosas, pero no al mismo tiempo, ni con la misma mano, ni para todos igual.
Lo pienso cada vez que paso por la terminal y veo gente con bolsas enormes, de esas que parecen llevar una casa doblada por dentro. Hay quienes llegan mirando todo con desconfianza, como si la ciudad fuera un animal que todavía no decide si muerde. Hay quienes se van con la cara dura, haciéndose los fuertes para no mirar atrás. Yo también he despedido familiares así, con un “ya nos escribes” que sonaba tranquilo, pero tenía un nudo metido.
En Bolivia sabemos algo de eso. Irse, volver, mandar plata, esperar papeles, acostumbrarse a otro acento, extrañar una sopa, una calle, una forma de saludar. La migración no es una palabra de noticiero para mí. Es una silla vacía en Navidad. Es una tía que habla desde España con horarios raros. Es un primo que volvió distinto y todos le decían que se había agrandado, cuando tal vez solo había aprendido a caminar con otra vergüenza.
Por eso me cuesta hablar de “pérdida de identidad” como si la identidad fuera una taza que se rompe apenas alguien nuevo entra a la cocina. Pero también me cuesta repetir, así nomás, que todo intercambio cultural es bonito. Porque no siempre lo es. A veces hay choque. A veces hay cansancio. A veces una ciudad no está preparada para recibir a tanta gente, y entonces empiezan los murmullos: “ellos”, “nosotros”, “antes no era así”.
Yo he dicho alguna vez “antes no era así”.
No con odio, creo. Más bien con miedo. Con esa nostalgia medio tramposa que limpia el pasado y lo deja brillando como si antes no hubiera problemas. Después me pillé pensando: ¿qué era exactamente lo que quería conservar? ¿La comida? ¿La forma de hablar? ¿La música? ¿La tranquilidad del barrio? ¿O una idea de mí misma donde todo estaba ordenado porque nadie me obligaba a mirar demasiado lejos?
Ahí me dio vergüenza, pero no una vergüenza mala. Una vergüenza útil.
Porque la identidad, si solo sobrevive cuando nada cambia, capaz no era identidad. Capaz era costumbre. Y la costumbre es importante, claro que sí. A mí me importa cómo hablamos, cómo cocinamos, cómo celebramos, cómo tratamos a la casera del mercado, cómo decimos “ya” para cerrar una conversación que no está cerrada. Pero también sé que ninguna cultura ha vivido quietita, encerrada en una vitrina.
Lo que me preocupa no es que lleguen otras formas de vivir. Me preocupa que las personas lleguen sin cuidado y que las recibamos sin cuidado. Que unos tengan que esconder quiénes son para no molestar. Que otros sientan que su barrio cambia sin que nadie les pregunte nada. Que el miedo se disfrace de defensa cultural. Que la necesidad se use como excusa para tratar mal.
Tal vez la pregunta no sea si la migración enriquece o empobrece. Tal vez la pregunta sea quién paga el precio del cambio y quién se queda con sus frutos.
Porque hay enriquecimiento cuando una escuela aprende a escuchar acentos distintos sin burlarse. Cuando un barrio suma sabores, oficios, historias. Cuando un niño crece sabiendo que el mundo no termina en su propia cuadra. Pero hay pérdida cuando la gente local siente que no puede vivir donde vivía, cuando el recién llegado trabaja sin derechos, cuando todos conviven apretados, sospechando unos de otros, sin tiempo para entenderse.
Yo no quiero una identidad cerrada con candado. Tampoco quiero una identidad licuada, de esas que ya no saben a nada para no incomodar a nadie.
Quiero algo más difícil: una identidad con puerta.
Una puerta que se pueda abrir, pero no arrancar. Que deje entrar aire nuevo, pero también cuide el fuego que ya estaba prendido. Que no confunda hospitalidad con desaparecer. Que no confunda orgullo con desprecio.
Capaz eso suena simple. No lo es.
Pero cuando miro esas maletas en la terminal, pienso que cada una trae algo y deja algo. Nadie migra entero. Nadie recibe sin cambiar. Y quizá la tarea sea esa: aprender a cambiar sin tratarnos como amenaza.
Ni ellos salvándonos.
Ni nosotros resistiendo como piedra.
Gente nomás, intentando hacer lugar.
