A veces me pasa algo raro. Voy caminando por la calle, apurado, pensando en puras tonteras del día, que el mensaje que no respondí, que la cuenta que vence, que qué voy a hacer mañana, y de repente me da una especie de golpe mental. No físico. Como un tirón por dentro. Miro el suelo y pienso: bajo mis pies hay una historia tan antigua que mi vida completa no alcanza ni para ser un parpadeo.
Y no sé por qué, pero esa idea me deja medio descolocado.
Uno vive como si todo empezara con uno. Como si el barrio hubiera nacido cuando lo conocimos, como si los cerros siempre hubieran estado ahí solamente para adornar el paisaje, como si la tierra fuera un escenario quieto. Pero no. Nada de esto está quieto. Nada está “puesto” para nosotros. Todo viene de antes. Muchísimo antes.
Me impresiona pensar que nosotros hablamos de “hace mucho” para referirnos a diez años, veinte, cincuenta. Ya cien años nos parece una barbaridad. Pero después aparece esta otra escala, una que casi no sabemos sentir, y ahí cien años no son nada. Nada de nada. Es como una miguita perdida en una cancha gigante.
Creo que por eso me gusta tanto detenerme a pensar en el tiempo profundo. No lo digo en plan académico ni solemne. Lo digo como una persona común que, de repente, se cansa de mirar la vida solo con la regla chica. Porque la regla chica sirve para organizarse, obvio. Sirve para pagar cuentas, llegar a la hora, cumplir. Pero también te encierra. Te hace creer que el mundo entero cabe en tu agenda.
Y no cabe.
Cuando pienso en escalas enormes, algo se me ordena adentro. Mis problemas no desaparecen, pero se achican un poco. No por magia. Más bien por proporción. Esa discusión absurda, esa ansiedad por quedar bien, esa desesperación por resolverlo todo ya… de pronto pierde volumen. Me doy cuenta de que yo también soy un instante. Importante para mí, claro. Para la gente que quiero, también. Pero igual soy un instante.
Y raro: eso no me deprime. Me alivia.
Porque vivir creyéndose el centro agota. En cambio, asumirse pequeño tiene algo humilde y hasta descansador. Es como soltar una mochila. No tengo que ser gigantesco. No tengo que dejar una marca en todo. No tengo que ganar cada discusión ni tener una opinión urgente sobre cada cosa. Puedo simplemente estar acá, hacer bien lo que me toca, querer a mi gente, cuidar un poco lo que piso y seguir.
También me pasa que esta idea me vuelve más respetuoso con lo material. Una piedra deja de ser solo una piedra. Un cerro deja de ser “la vista”. El suelo deja de ser lo que está abajo nomás. Todo adquiere un espesor distinto. Me recuerda que no vivo encima de un decorado, sino sobre algo muchísimo más antiguo que yo, más paciente que yo, más brutal también.
Quizás por eso me molestan tanto ciertas actitudes humanas, esa costumbre de actuar como dueños absolutos de todo. Rompemos, llenamos, explotamos, arrasamos, y encima nos creemos modernos por hacerlo rápido. Como si la velocidad fuera una prueba de inteligencia. A mí cada vez me parece más bien una prueba de impaciencia.
No digo que haya que vivir asustados ni hablando como profetas. Digo otra cosa: que tal vez nos haría bien recuperar la capacidad de asombro. Sentir de verdad que habitamos un mundo que no empezó con nosotros ni va a terminar cuando nosotros nos vayamos. Eso, lejos de volverme indiferente, me vuelve más responsable. Porque si estoy de paso, entonces más me vale pasar sin arrasar.
A veces siento que nos falta esa clase de perspectiva. Nos sobra opinión inmediata y nos falta profundidad. Nos sobra reacción y nos falta escala. Queremos entenderlo todo en el plazo de un scroll. Y hay cosas que no caben ahí. Hay cosas que piden silencio, lentitud y una especie de respeto antiguo.
Capaz por eso esta idea me persigue. Porque me baja un poco el ego, pero me sube la conciencia. Me recuerda que soy breve, sí, pero no inútil. Que ser pequeño no significa ser insignificante. Significa, tal vez, aprender a ocupar mejor el espacio y el tiempo que me tocaron.
Y no sé, a mí eso me hace bien.
Me hace caminar distinto.
Aunque sea por un rato.
