A veces me da risa —y a veces me da rabia— darme cuenta de que en mi cabeza viven dos personajes peleando por el control del timón. Uno habla como si yo fuera “muy joven” para ciertas cosas. El otro, como si ya estuviera “muy vieja” para otras. Y lo más curioso es que los dos suenan convincentes, como si fueran narradores oficiales, con carnet y todo. Pero cuando los escucho con calma, descubro que no son mi voz: son clichés que me habitan.
El cliché de “ser joven” aparece con un brillo raro. Por un lado es el de la energía infinita, el de “tenés tiempo”, el de “probá de todo”. Eso suena bonito… hasta que se vuelve exigencia. Porque ser joven, en el imaginario, es estar en modo potencia: estudiar, viajar, arriesgar, emprender, enamorarse como si nada, no cansarse, no tener miedo, no dudar. Y yo, honestamente, he dudado desde que tengo memoria. Entonces me miro y pienso: “¿Estaré desaprovechando algo?”. Como si la vida fuera un tiquete con fecha de vencimiento y yo estuviera perdiendo puntos por no usarlo al máximo.
El cliché de “ser joven” también trae otro veneno: el de la invalidación. Cuando alguien te dice “eso se te pasa”, “es una etapa”, “todavía no sabés”, te meten en una cajita. Te convierten en proyecto. Y yo no sé si es orgullo o necesidad, pero me cuesta que me traten como borrador. Me dan ganas de gritar: “¡Ya soy una persona completa, aunque siga cambiando!”. Porque una cosa es aprender y otra cosa es que te miren como si tu dolor o tu criterio fueran de juguete.
Después está el cliché de “ser viejo”, que es como un saco pesado que a veces me cae encima sin aviso. No hablo necesariamente de edad biológica; hablo de esa sensación de que “ya fue”, de que ciertas puertas ya se cerraron. Ese cliché me susurra cosas como: “ya no te da”, “ya no es para vos”, “ridículo intentarlo”, “conformate”. Y lo peor es que lo dice con tono de realismo, como si fuera madurez. Como si renunciar fuera sinónimo de sabiduría.
A mí me asusta esa trampa. Porque sé que el cuerpo cambia, obvio. La energía no es la misma, los días pesan distinto, los duelos se acumulan, y uno aprende a medir más las batallas. Pero el cliché no habla de cuidar el cuerpo: habla de apagarse. Habla de achicar el deseo para que encaje en lo “esperable”. Y ahí es donde me rebelo por dentro, aunque sea en silencio.
Me doy cuenta de que estos clichés son como plantillas sociales. Te las ponen encima y, si no te fijás, empezás a moverte según la plantilla. Si sos “joven”, se supone que tenés que demostrar que sos brillante, rápido, flexible, ambicioso. Si sos “viejo”, se supone que tenés que demostrar que sos tranquilo, sensato, resignado, “ya vivido”. Y en ambos casos hay una expectativa de personaje. Como si la vida tuviera vestuario obligatorio.
Lo que más me molesta es que esas plantillas se cuelan incluso cuando nadie me las dice. No es solo lo que escuché afuera, es lo que ya se instaló adentro. Yo misma me he hablado con frases prestadas. “A esta edad debería…”. “A mi edad ya tendría que…”. Esa frase, “a mi edad”, es una especie de sentencia que se disfraza de sentido común. Y cuando la digo, siento que me vuelvo juez de mí misma.
También me pasa algo contradictorio: a ratos envidio el cliché. Porque el cliché simplifica. Te da un guion. Si sos joven, el guion dice “todo es posible”. Si sos viejo, el guion dice “ya nada importa tanto”. Los dos prometen alivio, cada uno a su manera. Pero los guiones suelen mentir por omisión: no incluyen la ansiedad, ni el cansancio, ni la confusión, ni el miedo que se siente en cualquier edad. No incluyen que uno puede estar empezando de nuevo con cuarenta, o reinventándose con sesenta, o sintiéndose perdido con veinte. No incluyen que el corazón no siempre obedece al calendario.
Con los años (o con lo que sea que me esté pasando) he empezado a sospechar que la edad, más que una cifra, es un lenguaje que usamos para ordenar el caos. Nos decimos “joven” o “viejo” para no entrar a los matices. Para no decir “estoy cansada”, “estoy asustada”, “me siento sola”, “me ilusioné”, “me duele”, “me entusiasma”. Es más fácil decir “es que ya estoy vieja” que decir “me da miedo fallar”. Es más fácil decir “es que soy muy joven” que decir “no me siento lista”.
Yo tengo un tema particular con el tiempo: lo siento como si fuera una presión en el pecho. Como si siempre estuviera llegando tarde a algo que no sé bien qué es. A veces veo gente menor y pienso: “miran el mundo con una ligereza que yo perdí”. Luego veo gente mayor y pienso: “tienen una calma que yo no tengo”. Y en esas comparaciones me pierdo. Porque compararme con otros, en cualquier dirección, me deja igual de inquieta.
Lo que me ayuda, cuando me acuerdo, es volver a lo concreto: ¿cómo estoy hoy? No “qué debería ser a mi edad”, sino qué necesito. ¿Necesito descanso? ¿Necesito movimiento? ¿Necesito silencio? ¿Necesito aprender algo? ¿Necesito que alguien me abrace? Cuando me hago esas preguntas, el cliché se queda sin gasolina.
He notado también que hay clichés “bonitos” que igual me hacen daño. Por ejemplo: “ser joven es ser libre”. Suena lindo, pero muchas personas jóvenes viven con miedo, con precariedad, con presión familiar, con incertidumbre. O: “ser viejo es ser sabio”. Ojalá fuera automático, pero no. Hay gente que envejece y se amarga, o se endurece, o se queda atrapada en sus heridas. La sabiduría no la regalan con la cédula. Se trabaja. Y se paga.
Y hay otro cliché que me persigue: el de “la mejor etapa”. Que si la adolescencia, que si los treinta, que si “cuando tengas tal cosa vas a ser feliz”. A mí esa idea me confunde, porque convierte la vida en una carrera por alcanzar un punto ideal. Y yo no quiero vivir esperando la “mejor etapa” como si fuera una promoción. Quiero aprender a vivir esta, con sus cosas buenas y sus cosas feas, sin despreciarla por no ser la que me prometieron.
Entonces, ¿qué hago con estos clichés que me habitan? No los puedo expulsar como si nada. Aparecen cuando menos lo espero, como anuncios en una página web. Pero puedo hacer algo: puedo identificarlos. Puedo decir: “ah, ahí está el cliché hablando”. Y al nombrarlo, pierde autoridad.
A veces incluso los uso a mi favor. Cuando el cliché de “ser viejo” me dice “ya no intentes”, yo le respondo: “no necesito intentarlo grande; lo intento pequeño”. Un curso corto, un cambio mínimo, una conversación pendiente. Y cuando el cliché de “ser joven” me empuja a hacer mil cosas, yo le digo: “no por ser joven tengo que correr; también puedo elegir”. Elegir es una palabra adulta, pero a mí me gusta: me devuelve el mando.
Al final, creo que no soy joven ni vieja como personaje. Soy una mezcla rara. Hay días en que mi cuerpo pide tregua y mi mente pide aventura. Hay días en que me siento nueva y vieja al mismo tiempo: nueva porque descubro algo que no sabía; vieja porque ya vi suficientes patrones para reconocerlos. Y esa mezcla, aunque no encaje en un cliché, es lo más real que tengo.
Y si me pongo práctica, me quedo con una idea simple: la edad explica algunas cosas, pero no define mi derecho a desear. No me dice qué música puedo escuchar, qué ropa me queda “bien”, qué sueños son ridículos, qué cambios son tarde. La vida no es una fila con turnos estrictos. Es más parecida a una ciudad: uno puede caminar por calles distintas según el día. Y mientras yo pueda elegir una calle nueva de vez en cuando, para mí, todavía hay juventud. Y mientras yo pueda cuidarme sin culpa, para mí, también hay sabiduría. Sin carnet. Sin cliché. Solo yo, intentando vivir.
