Yo no entiendo de leyes, ni de presupuestos, ni de esas palabras que dicen en la tele con cara seria. Yo entiendo de llegar justo a fin de mes, de mirar la cuenta antes de comprar aceite y de pensar dos veces si enciendo la estufa o me aguanto con la manta. Por eso, cuando oigo hablar de corrupción política, no pienso en una noticia. Pienso en una mano metida en mi bolsillo.
A mí me da mucha rabia, la verdad. Porque uno puede aceptar que la vida venga torcida. Que se rompa la lavadora, que te suban la luz, que el jefe tenga mal día y te lo haga pagar. Pero lo que no trago es que haya gente que se llena la boca diciendo que trabaja por nosotros, por el pueblo, por la gente humilde, y luego resulta que andan colocándole el primo a uno, el cuñado a otro, y el dinero vete tú a saber dónde.
Y encima hablan raro. Siempre hablan raro. Nunca dicen “hemos robado”. Dicen “irregularidades”, “fallos administrativos”, “errores de gestión”. Mira, no. Si falta dinero y hay cuatro listos viviendo mejor de lo que pueden explicar, eso no es un error. Eso huele mal. Y cuando algo huele mal, aunque yo no tenga estudios, nariz sí tengo.
Lo peor no es solo que roben. Lo peor es lo que dejan detrás. Porque el dinero no desaparece en el aire. Sale de algún sitio. Sale del centro de salud donde te dan cita para dentro de un mes. Sale del colegio que tiene goteras. Sale de la calle llena de baches. Sale de la ayuda que no llega. Sale de la vida normal de la gente normal. La corrupción no es una cosa lejana de señores con corbata. La corrupción acaba entrando en tu casa sin llamar.
A veces pienso que nos han enseñado a aguantar demasiado. A decir “todos son iguales” y seguir fregando platos. Y claro, mientras nosotros nos cansamos de indignarnos, ellos descansan tranquilos. Porque el mayor premio del corrupto no es el dinero. Es que la gente se rinda. Que lo vea como algo normal. Que diga “esto ha sido siempre así”. Pues no debería ser así. Ni siempre, ni nunca.
Yo no pido santos. No me creo a nadie tan limpio. Pero sí pido una cosa sencilla: que si prometes servir, no te sirvas tú primero. Que si te pillan, pagues. Y que no vuelvas por la puerta de atrás con otra sonrisa y otro cargo.
A mí la corrupción política me duele más que me sorprende. Será porque ya he visto bastante. Pero todavía me queda una manía tonta: seguir pensando que robar a todos es una de las formas más asquerosas de despreciar a un país. Y un país, aunque muchos de arriba lo olviden, también somos los de abajo.
