A mí me hace gracia cuando alguien dice “yo no creo en nada”. Lo dicen como si fueran inmunes. Como si la incredulidad fuera un traje antibalas. Pero yo miro alrededor y pienso: compadre… claro que creemos. Solo que cambiamos el altar. Quitamos las velas y pusimos pantallas. Dejamos de nombrarlos como dioses y empezamos a llamarlos “tendencias”, “métricas”, “energía”, “marca personal”, “productividad”. La mitología no se fue. Se mudó.
Y lo divergente, por lo menos para mí, es admitirlo sin moralina. No para decir “qué mal estamos”. Sino para entender algo más raro: estos dioses modernos no son solo opresión. También son consuelo. Y a veces son juego. Son el modo en que una época se cuenta a sí misma, como antes se contaba con Zeus y Yemayá y santos y espíritus. Cada tiempo inventa su cielo.
El dios Algoritmo: el que decide lo visible
Este es el dios más elegante porque no tiene cara. No se le reza de rodillas; se le reza publicando. Y su milagro más común es darte visibilidad. Su castigo más habitual es el silencio: ese “nadie lo vio” que te deja pensando si existes.
Lo curioso es que el Algoritmo no necesita que tú creas en él. Actúa igual. Y por eso la relación es tan rara: tú terminas haciendo ofrendas (tiempo, constancia, formato, horarios) a una entidad que no te debe nada. Y aun así, cuando te “premia”, tú sientes que fue justicia. Como si el universo te hubiera visto.
Hay gente que se burla de esto, como si fuera superficial. Yo no. Yo lo entiendo: la visibilidad siempre fue una forma de amor público. Antes era la plaza, el periódico, el vecindario. Hoy es la pantalla. El dios cambió de traje, pero la necesidad es la misma: “mírame y dime que valgo”.
La diosa Productividad: la santa que no deja dormir
Esta es peligrosa porque se presenta como virtud. No te dice “adóreme”. Te dice “mejora”. Y tú, que quieres ser alguien, te montas en el ritual: listas, hábitos, mañanas perfectas, metas trimestrales, optimización de la vida como si fueras una empresa.
La Productividad es una diosa que ofrece redención: si trabajas duro, te conviertes en versión mejorada. El problema es que nunca termina. Siempre hay una actualización pendiente. Siempre puedes ser más eficiente, más constante, más disciplinado. Y cuando descansas, sientes culpa, como si hubieras cometido un pecado.
Lo divergente aquí es que yo no creo que la productividad sea “mala”. Yo creo que es una fe. Y como toda fe, tiene gente que la usa para salvarse y gente que la usa para castigarse.
El dios Mercado: el que convierte todo en precio
Este dios tiene una habilidad que me impresiona: toca algo y lo convierte en valor monetario. Una idea, una amistad, un hobby, un talento, un cuerpo. Todo puede ser “rentable” si lo miras con los ojos correctos. Y eso, aunque suene frío, también puede ser liberador: mucha gente ha logrado independencia porque aprendió a ponerle precio a su trabajo.
Pero el dios Mercado también te hace una pregunta incómoda cada rato: “¿cuánto vales?”. Y como uno no sabe responder, termina contestando con símbolos: el salario, los objetos, el estilo de vida, el “nivel”. Es una mitología de estatus. No es nueva: antes eran títulos nobiliarios, tierras, apellidos. Ahora son otras insignias.
La diosa Salud: la nueva pureza
Esta me parece una de las más interesantes. Antes la pureza era moral. Hoy muchas veces es corporal: comer “limpio”, vivir “limpio”, pensar “limpio”. Hay gente que convierte la salud en una identidad tan rígida que parece religión: reglas, prohibiciones, rituales, culpas, conversiones.
Y otra vez: no lo digo para burlarme. Yo entiendo la ansiedad detrás. Si el mundo es incierto, la salud parece una isla donde sí mandas. Controlas lo que entra, controlas lo que haces, controlas la rutina. El problema es cuando esa fe se vuelve excluyente: cuando el cuerpo deja de ser hogar y se vuelve tribunal.
El dios Identidad: el nombre secreto
Este dios es potente porque, a diferencia de los otros, te promete sentido. Te dice: “descubre quién eres”. Y eso suena hermoso. Pero también puede volverse una prisión si lo tomas como etiqueta fija. La identidad, cuando se vuelve dios, exige lealtad total: “si eres esto, no puedes ser aquello”. Y uno se vuelve guardia de sí mismo.
A mí me ha pasado: me aferro a una idea de “yo soy así”, y luego la vida me contradice, y en vez de aprender, me defiendo. Porque siento que traiciono un templo interno.
El dios Atención: el más antiguo con máscara nueva
Este, para mí, es el verdadero rey. La atención siempre fue sagrada. Lo que cambió es que ahora se comercializa minuto a minuto. Y nosotros lo sabemos… pero igual caemos. No porque seamos tontos, sino porque la atención es el lugar donde se siente la vida. Si alguien te presta atención, existes más.
Por eso los dioses modernos no se derrotan con un sermón. Se negocian con conciencia. Porque pelear contra ellos como si fueran “el mal” es una manera de seguir atrapado. Lo más práctico, para mí, es reconocer: “ok, este dios está en mi casa”. Y luego decidir cuánto mando le doy.
Yo no quiero volver al pasado ni jugar a “yo soy superior porque no participo”. Eso también es un dios: el dios de la Superioridad Intelectual, ese que se disfraza de crítica para sentirse puro.
Lo que sí quiero es algo más humilde: saber a quién le estoy rezando sin darme cuenta. Porque cuando lo sabes, puedes hacer algo muy moderno y muy rebelde: elegir tus rituales.
Y al final, quizá la mitología moderna no es una tragedia. Es un espejo. Nos muestra qué deseamos, qué tememos, qué adoramos, qué nos calma. Y si miras bien, ahí está la pregunta real, la que importa: ¿cuáles dioses te están dando vida… y cuáles te la están cobrando?
