Los domingos por la noche son los peores.
No porque pase algo malo. Sino precisamente porque no pasa nada. El apartamento queda en silencio, los muchachos se fueron, y yo me siento en la sala con el televisor encendido pero sin estar mirando nada en realidad, y pienso que esto, exactamente esto, es mi vida.
Tengo cincuenta y dos años. Tengo trabajo estable, tengo salud más o menos, tengo dos hijos que me quieren a su manera de adolescentes, que es una manera rara pero es querer al fin y al cabo. No me falta nada urgente. Y sin embargo hay algo que falta, algo que no tiene nombre fácil, y que he tardado mucho tiempo en reconocer siquiera ante mí mismo.
Estoy solo. Y no sé cómo dejar de estarlo.
Eso segundo es lo importante. Porque la soledad no es solo un estado, es también una habilidad que uno pierde sin darse cuenta. La habilidad de conectar. De pedir. De decirle a alguien: oiga, necesito compañía, necesito que me escuchen, necesito que alguien me pregunte cómo estoy y espere la respuesta de verdad.
A los hombres de mi generación eso no nos lo enseñaron. Nos enseñaron a aguantar. Nos enseñaron que el que habla de sus problemas es débil, que el que pide ayuda carga a los demás, que la fortaleza es silenciosa y solitaria. Y uno aprende eso tan bien, tan desde temprano, que después no sabe desaprenderlo aunque quiera.
Tengo amigos. Bueno, tengo personas con las que salgo a veces, con las que hablo de fútbol y de trabajo y de política. Pero si yo llegara a llamar a cualquiera de ellos un domingo por la noche para decirle que estoy triste y que necesito hablar, no sé qué pasaría. Creo que se asustarían. Creo que yo mismo me asustaría de haberlo hecho.
Eso es lo que nadie quiere mirar de la soledad masculina. No es que los hombres no la sintamos. Es que nos volvemos expertos en esconderla, incluso de nosotros mismos. La disfrazamos de independencia, de que preferimos estar solos, de que no necesitamos esas cosas. Y el disfraz es tan bueno que a veces engaña hasta al que lo lleva puesto.
Cuando me separé, todo el mundo me preguntó por los niños. Cómo iban a quedar los niños, dónde iban a vivir, cómo lo iban a tomar. Nadie me preguntó cómo lo estaba tomando yo. Y no lo digo con rencor, porque entiendo que los niños son primero y porque yo mismo tampoco habría sabido responder. Pero me acuerdo de sentarme en este mismo apartamento, las primeras semanas, y no tener con quién hablar. Literalmente no tener a quién llamar.
Eso no debería ser normal. Y sin embargo lo es, para muchos hombres, más de los que uno imagina.
Hay estudios que dicen que los hombres tenemos redes sociales más pequeñas que las mujeres, que dependemos más de la pareja como único vínculo emocional cercano, que cuando esa relación se rompe quedamos más expuestos. Lo he leído y lo he reconocido con esa incomodidad de verse en un espejo que uno no pidió.
No cuento esto para que me tengan lástima. Lo cuento porque creo que hay muchos hombres que sienten exactamente lo mismo y no tienen dónde decirlo. Hombres de cuarenta, de cincuenta, de sesenta años, sentados en apartamentos en silencio un domingo por la noche, con el televisor encendido y la misma pregunta dando vueltas sin respuesta.
El otro día mi hijo menor, que tiene quince años, me dijo de la nada: «Papi, ¿usted tiene amigos de verdad?»
Me reí. Le dije que claro.
Pero en el camino de regreso, manejando solo, pensé que no supe responderle bien.
Y que a los cincuenta y dos años, esa sigue siendo una pregunta difícil.
