Mae, diay… yo no sé si esto le sirve a alguien, pero a mí me viene salvando de hacer papelones.
A mí se me nota todo en la cara. Si estoy picado, estoy picado. Y por años pensé que “regularse” era volverse de piedra. Con el tiempo entendí que no: regularse es manejar el volante cuando el carro ya se te está yendo para la cuneta.
El martes pasado me pasó una vara tonta pero reveladora. Yo venía del brete, cansado, con hambre, y el bus iba hasta la bandera. En una parada se sube un señor y, sin preguntar, se mete empujando para quedar cerca de la puerta. A una muchacha casi le tira la bolsa. Yo lo vi y sentí el “calor” subir: pecho apretado, mandíbula dura, manos inquietas. En mi cabeza ya iba el discurso: “Mae, ¿qué le pasa? ¿No ve?”. Y yo, cuando me lanzo, me lanzo.
La cosa es que justo ahí me acordé de algo que vengo practicando: cuando el cuerpo se enciende, mi primer trabajo no es ganar la discusión; es bajar el volumen interno para no decir cualquier animalada. Entonces hice algo que suena ridículo, pero funciona: busqué tres cosas que estuvieran quietas. Una: el pasamanos metálico. Dos: el marco de la ventana. Tres: el rótulo del bus. Las miré de verdad, como si estuviera contando, y solté el aire lento, como cuando uno apaga una vela.
No es magia. El señor seguía siendo un maleducado. Pero mi cabeza dejó de estar en “modo ataque” y pasó a “modo elegir”. Y ahí apareció una pregunta que yo antes no me hacía: “¿Qué quiero lograr?”. Porque si yo le grito, capaz me grita de vuelta, se arma bronca, y yo llego a la casa con la noche arruinada. ¿Eso es justicia? ¿O es solo descargarme?
Entonces opté por lo mínimo útil: miré a la muchacha y le dije “¿estás bien?”. Ella asintió, acomodó la bolsa, y ya. El señor ni se dio por enterado, pero yo sí: yo me di cuenta de que no tenía que incendiar todo el bus para que mi indignación existiera.
En la noche se lo conté a una compa, y ella me dijo algo que me gustó: “regularse no es aguantar todo; es elegir el momento”. Porque si de verdad hay que poner un límite, se pone, pero con cabeza, no con espuma en la boca.
Lo interesante es que, después, no sentí que “me dejé”. Sentí que me cuidé. Y eso me cambió la idea: la regulación emocional no es tragarse lo que uno siente; es darle un orden. Es como tener la casa patas arriba: no botás todo, solo acomodás para poder vivir ahí.
También aprendí algo incómodo: muchas veces yo me enojo no solo por lo que pasa, sino por lo que yo me cuento. Me cuento que “nadie respeta”, que “si yo no digo nada, nadie dice”, y ese cuento me infla el enojo. A veces el hecho es chiquito y el cuento es enorme.
No siempre me sale, ojo. Hay días que ando con la mecha corta y cualquier cosa me prende. Pero me sirve una regla sencilla: primero respiro, después decido. Pura vida no es fingir que todo está tuanis; pura vida, para mí, es no regalarle mi paz a la primera cosa que me roce.
Y si alguna vez sentís el cuerpo prendido, probá esto: buscá algo quieto, contalo, soltá el aire. No para ser santo, sino para poder escoger quién querés ser en los próximos cinco minutos. A mí, por lo menos, me ha evitado más de una torta igual.
