Diay… yo no sé en qué momento me pasó esto, pero hay días en que siento que mi cerebro no piensa: responde. Como si fuera un “centro de atención al cliente” interno. Me despierto, agarro el celular “solo para ver la hora” y ya se me metieron tres tragedias del mundo, dos mensajes del brete, un meme que no pedí, un video de un mae explicando algo con autoridad absoluta, y un hilo larguísimo sobre por qué debería indignarme hoy. Todavía ni me lavé la cara, y ya voy tarde… pero no al trabajo: voy tarde a mi propia calma.
La sobrecarga informativa no suena tan grave cuando uno la dice así, toda técnica. Parece un problema de gente “moderna” que se queja por deporte. Pero cuando te pega, se siente más básico: como estar comiendo sin parar y aun así quedarse con hambre. Información por montones, y al final del día lo único que tenés es cansancio, una ansiedad rara y una lista mental de cosas que “deberías” saber mejor.
Y lo peor es que uno se cree culpable. “Es que no tengo disciplina”, “es que me distraigo”, “es que me falta fuerza de voluntad”. Ajá. Como si esto fuera solo un asunto personal y no una maquinaria diseñada para agarrarte por los ojos. Porque la información ya no llega como antes, en un periódico o en un noticiero con horario. Ahora llega como lluvia fina: constante, silenciosa, metiéndose por todas las rendijas.
Yo tengo una escena que se repite: estoy haciendo algo sencillo (lavando platos, caminando, esperando el bus) y me da una picazón en la mano por revisar el celular. No es necesidad real, es reflejo. Y cuando lo reviso, casi nunca encuentro algo que me mejore el momento. Encuentro micro-urgencias. Es como vivir con una alarma que suena bajito todo el día: no te explota, pero no te deja estar.
Entonces empecé a preguntarme: ¿qué está comprando mi atención con ese “scroll”? Porque atención es plata, sí, pero también es vida. Si yo le regalo mis ratos muertos (que eran los únicos ratos sin presión) a un feed infinito, ¿qué queda para que aparezca una idea propia? ¿Cómo se madura un pensamiento si cada cinco minutos lo interrumpe una notificación con cara de “esto es importante”?
Aquí viene lo que me da vergüenza admitir: yo disfruto estar informado. Me gusta sentir que “sé qué está pasando”. Me da una tranquilidad rara, como de control. Pero es una tranquilidad falsa, porque saber mucho de todo no significa entender nada en serio. Es más: a veces saber demasiado me vuelve más superficial. Opino rápido, me indigno rápido, me reconcilio rápido, olvido rápido. Y así, ¿qué clase de criterio estoy formando? ¿O solo estoy repitiendo frases con buen ritmo?
He intentado “soluciones”. Algunas sirven un rato y luego se vuelven otro proyecto más para fallar. Silenciar notificaciones, borrar apps, poner el cel en escala de grises, esas varas. Funciona… hasta que aparece una excusa: “pero es que tengo que estar pendiente”, “pero es que tal grupo”, “pero es que si no veo, me pierdo”. Lo que me parece más honesto es aceptar que no se trata de eliminar la información, sino de ponerle frontera. Como cuando uno dice: “no puedo con más gente en la casa”, aunque sea gente tuanis.
Hace unas semanas hice algo simple: me inventé una regla casera. Antes de abrir redes o noticias, tengo que escribir dos líneas en una nota: qué siento y qué necesito hoy. Suena cursi, lo sé. Y no lo hago siempre. Pero cuando lo hago, pasa algo: me doy cuenta de que muchas veces no necesito información, necesito descanso, compañía, movimiento, o simplemente aburrirme un rato sin culpa. Y ahí la sobrecarga se ve por lo que es: un sustituto barato de necesidades reales.
Igual, no quiero caer en la pose de “yo ya lo resolví”. Para nada. Hay días en que me hundo en el scroll como cualquiera. Y hay días en que necesito informarme de verdad, porque soy ciudadano, porque pasan cosas serias. Pero me gustaría que esa decisión fuera mía, no de un algoritmo que me conoce por mis impulsos.
Tal vez el punto no es “consumir menos”, sino pensar más lento. Darle espacio a que una idea haga nido. Leer algo largo aunque no tenga recompensa inmediata. Hablar con alguien sin estar medio presente. Recuperar ese silencio en el que, aunque no parezca productivo, uno se encuentra.
Porque si mi mente se vuelve una bandeja de entrada, yo dejo de ser “yo” y paso a ser un conjunto de respuestas automáticas. Y mae… para eso ya hay máquinas. Yo, al menos, todavía quiero tener ratos donde no me llegue nada. Donde el mundo no me pida opinión. Donde mi cabeza, por fin, no sea un lugar que se actualiza: sea un lugar que vive.
