Mae, el otro día me pasó una cosa que me dio risa y susto a la vez. Iba en el bus, de camino al brete, y me dije: “voy a revisar el cel un toque”. Solo un toque. Abro una noticia fea, luego otra, luego un video, luego un hilo, luego “actualizar” como si con eso yo pudiera arreglar el mundo. Cuando levanté la mirada, ya estaba en mi parada… pero yo no estaba ahí. Mi cuerpo sí; mi cabeza seguía metida en una pecera de titulares.
Después, en la noche, repetí la vara. Acostado, con el cuarto en silencio, la mano se me fue sola al teléfono, como quien busca una cobija. Y ahí me cayó: esto no es “estar informado”. Esto es otra cosa. A eso le dicen doomscrolling: ese scroll infinito de noticias malas que uno consume como si tuviera que pagar una deuda.
Mi tesis es simple, pero me pegó duro: el doomscrolling no es amor por la información; es miedo disfrazado de control. Uno scrollea porque siente que si deja de mirar, algo peor va a pasar sin aviso. Como si el peligro fuera un tren y el teléfono fuera la estación. Entonces uno se queda ahí, viendo pasar tragedias, esperando la “señal” de que ya es seguro vivir. Spoiler: esa señal nunca llega.
Lo más perverso es que el teléfono te lo premia. Cada refresh te da una sensación de “estoy haciendo algo”, aunque lo único que estés haciendo sea asustarte mejor. Y si te asustás mejor, te movés peor: reaccionás, discutís, te amargás, te cerrás. Al final del día no quedás más sabio, quedás más tenso. Es como tomar café para calmar los nervios: sirve un rato y luego te cobra intereses.
Y otra cosa que casi nadie dice: el doomscrolling se vuelve contagioso. En los chats, uno manda la noticia horrible como quien grita “¡cuidado!”… pero a veces no es cuidado, es descarga. Desde entonces me puse una regla: antes de reenviar, me pregunto “¿esto protege a alguien o solo reparte pánico?”. Si no protege, no lo paso. Y para no quedarme aislado, tengo mi “noticiero humano”: una persona de confianza con quien resumo lo importante una vez al día. Menos ruido, más criterio.
Pero aquí va el giro que me está reventando la cabeza: el doomscrolling es una forma moderna de superstición. Antes la gente tocaba madera o cargaba un amuleto. Ahora tocamos “actualizar”. Creemos que si no miramos, el universo nos agarra por sorpresa. Entonces miramos para “anticiparnos”… y terminamos viviendo anticipados, nunca presentes. Una vida en modo alarma.
Y yo me pregunto: ¿qué pasaría si tratamos la atención como un huerto y no como un basurero? Porque eso es: un huerto. Lo que metés hoy crece mañana. Si hoy sembrás miedo en titulares, mañana cosechás ansiedad. Si hoy sembrás preguntas buenas, mañana cosechás criterio. Suena cursi, sí, pero mae, es literal: lo que consumís te configura.
Entonces me inventé un “semáforo del dedo”, para cuando me agarra la loquera de scrollear. Rojo: si estoy cansado, con hambre o triste, no abro noticias. Porque en rojo todo se ve más negro. Amarillo: si de verdad necesito informarme, pongo un timer de 7 minutos y leo una sola fuente, sin saltar de enlace en enlace. Verde: si ya leí, cierro con un acto chiquito (mandar un mensaje a alguien, caminar, lavar platos, lo que sea) para decirle al cuerpo: “ok, ya, estamos aquí”.
Funciona, de verdad. No porque el mundo mejore, sino porque yo vuelvo a ser dueño del timón. Y cuando sos dueño del timón, incluso la mala noticia cambia: deja de ser un golpe y se vuelve una pregunta. ¿Qué puedo hacer yo, aquí, hoy? ¿A quién cuido? ¿Qué conversación tengo pendiente? Esa es la parte transformadora: pasar de consumir miedo a producir sentido.
Si esta vara te suena, probá un experimento mañana: en vez de empezar el día con el cel, empezá con una ventana. Abrí la ventana, respirás, mirás el cielo un minuto. Y recién ahí, si querés, revisás. Parece tonto, pero es una declaración: “mi realidad no empieza en una pantalla”. Y mae, cuando uno recupera ese inicio, el resto del día se siente menos hackeable.
