Chacho, yo pensaba que las adicciones eran “cosas grandes”: drogas duras, alcohol, algo que se nota desde afuera. Y después me di cuenta de que a mí casi me agarra una bien silenciosa, de esas que caben en el bolsillo y se disfrazan de juego.
Todo empezó con las apuestas deportivas en el celular. “Una pesito pa’ vacilar”, me decía. Yo lo hacía cuando estaba aburrido, esperando la guagua o tirado en el sofá. Ganaba dos veces y sentía esa emoción rápida, como un fogonazo. Perdía y me quedaba con la espinita. Ahí fue cuando se me coló la trampa: no era por la plata, era por arreglar el mal rato. Quería que el día “cerrara bien”.
Una noche me pillé mirando partidos que ni me importaban, solo para tener algo corriendo en la pantalla. Y cuando perdía, me venían ideas bien brutas: “recupero con otra”, “esta sí es segura”. Mano, nada es seguro. Pero mi cabeza, calentita, me hablaba como si fuera mi pana: suave, convincente, con excusas.
El susto me dio cuando hice cuentas. No era una ruina, pero era constante. Pequeños tajos que, sumados, me estaban mordiendo el presupuesto. Y peor: me estaba mordiendo la tranquilidad. Empecé a esconderlo. No por maldad, sino por vergüenza. Y ahí entendí que ya no era “vacilar”.
Lo que me ayudó no fue una frase motivacional. Fue hacer el problema visible y chico a la vez. Primero, borré la app. Después, le pedí a un amigo que me cambiara la clave del App Store por un mes. Sí, suena infantil, pero funcionó. También puse una regla: si estoy ansioso o cansado, no tomo decisiones con el celular en la mano. Camino cinco minutos, respiro, tomo agua. Si todavía quiero “apostar”, entonces lo que quiero en verdad es calmarme, no ganar.
Y algo más: hablé. Le dije a mi hermana “mira, esto me está jalando”. No me regañó. Me dijo “gracias por decírmelo” y ya. Ese “ya” me aflojó.
No sé si esto le pase a todo el mundo, pero si te está dando pena, probablemente ya se metió demasiado. La prevención, a veces, empieza con una sola cosa: dejar de mentirte con cariño.
Si estás en esa, buscá ayuda sin drama: un terapeuta, un grupo, alguien de confianza. Y si no podés parar solo, no es falta de voluntad; es que el gancho está diseñado para eso. Punto. No estás solo.
