1. Cómo empieza un recuerdo
Yo no recuerdo mi casa de infancia como era. La recuerdo como me sirve.
La cocina, por ejemplo, en mi cabeza siempre está tibia. Siempre hay una olla sonando bajito, siempre alguien pela papas, siempre entra luz por una ventana que, si me pongo estricta, capaz ni siquiera daba para ese lado. Pero ahí está: la luz entrando igual, porfiada, haciendo brillar el mantel de hule con dibujos de frutas.
¿Pasó así? No sé.
¿Me ayuda que haya pasado así? Sí.
Y esa diferencia, que parece chica, para mí es enorme.
Durante años pensé que la memoria era una especie de bodega. Uno guardaba cajas, las cerraba con cinta, les ponía una etiqueta —“verano del 2009”, “pelea con mi hermana”, “primer día de clases”— y después, cuando quería, iba y sacaba la caja. Como si adentro estuviera todo intacto.
Pero no, po.
La memoria no es una bodega. Es más parecida a una señora que ordena como quiere. Cambia las cosas de lugar, tira lo que le parece inútil, guarda papeles absurdos y, de vez en cuando, te inventa un florero donde antes había una mancha de humedad.
2. Instrucciones para desconfiar sin amargarse
A veces me pillo contando una historia familiar y, mientras hablo, siento que estoy poniendo adornos. No mentiras grandes. Nada grave. Solo pequeñas mejoras de edición.
Que mi papá dijo una frase más redonda.
Que mi abuela se rió justo en el momento perfecto.
Que yo fui más valiente de lo que fui.
Ahí me da un poco de pudor. Como si estuviera falsificando un documento. Pero después pienso: ¿y si recordar siempre fuera eso? No falsificar, sino montar una escena para poder entrar de nuevo sin perderse.
Porque la memoria pura, pura, no sé si existe. Existe el olor que quedó. La vergüenza que todavía aprieta. El chiste que sobrevivió aunque nadie se acuerde de quién lo dijo. Existe esa mezcla rara entre archivo y teatro.
Y yo, honestamente, prefiero saberlo.
Prefiero decir: “esto lo recuerdo así”, no “esto fue así”.
Hay una humildad bonita en esa frase. Baja un cambio. No obliga a nadie a tener el mismo mapa.
3. Pequeña lista de ficciones útiles
Tengo recuerdos que me han salvado el día, aunque no pueda probarlos:
— Mi mamá diciéndome “ya, respira” antes de una prueba. Capaz me lo dijo una vez, capaz veinte. En mi cabeza me lo dice todavía.
— Una compañera prestándome un lápiz cuando yo estaba a punto de llorar de puro nervio. No sé su nombre. En mi memoria es casi una heroína de bolsillo.
— Mi primera pieza sola. Probablemente era chica, helada y más desordenada de lo que admito. Pero yo la recuerdo como un reino. Mi reino barato, con una cama, una lámpara mala y una independencia que crujía como mueble nuevo.
— Una micro avanzando por Santiago cuando yo necesitaba creer que mi vida también avanzaba. Eso sí debe haber pasado, porque las micros siempre avanzan aunque uno vaya hecho bolsa por dentro.
No sé si esos recuerdos son exactos.
Pero son útiles.
Me dan una versión de mí que puede seguir caminando.
4. La parte incómoda
Claro que no toda ficción sirve. Algunas memorias nos dejan atrapados. Uno se cuenta siempre como víctima, siempre como culpable, siempre como la persona que llegó tarde, la que no entendió, la que arruinó todo. Y de tanto repetirlo, el recuerdo se vuelve una pieza sin ventana.
Yo he hecho eso. Caleta.
He contado ciertas escenas de mi vida como si fueran pruebas definitivas contra mí. “Viste, así soy”. “Viste, siempre me pasa”. “Viste, no aprendo”. Y lo terrible es que la memoria, cuando una le habla en ese tono, coopera. Te trae más pruebas. Te arma una carpeta completa.
Por eso digo que la memoria es ficción útil, pero también puede ser ficción cruel.
La pregunta, entonces, no es solo “¿esto pasó exactamente así?”. A veces la pregunta más honesta es otra: “¿qué está haciendo este recuerdo conmigo?”.
Si me ayuda a cuidar mejor, bien.
Si me ayuda a pedir perdón, bien.
Si me ayuda a no repetir una torpeza, bien.
Pero si solo viene a pegarme con la misma piedra de hace quince años, quizá toca editar. No borrar. No hacerse la lesa. Editar. Cambiar el foco. Agregar contexto. Recordar que una también era chica, estaba cansada, tenía miedo, no sabía.
5. Final sin moraleja, porque qué lata
Hoy pienso en mi memoria como una libreta llena de dibujos al margen. Hay datos, sí. Fechas, nombres, lugares. Pero también hay flechas, manchas de café, frases subrayadas dos veces y páginas arrancadas que ya nadie va a recuperar.
No me parece una tragedia.
Me parece humano.
Quizá recordar no sea volver al pasado, sino negociar con él para que nos deje vivir el presente. Una negociación media artesanal, media chueca, hecha con retazos. Uno toma lo que queda, lo acomoda sobre la mesa y dice: “ya, con esto voy a armar algo”.
Y eso hago.
Armo una versión.
No la única. No la perfecta. No la oficial.
Una versión donde la cocina de mi infancia tiene luz, aunque quizás no la tuviera. Donde alguien me dijo “respira”, aunque tal vez lo escuché después. Donde yo fui menos sola de lo que a veces creo.
Y si esa ficción me vuelve un poco más amable conmigo, un poco más capaz de levantarme, un poco menos pesada para vivir, entonces me sirve.
No porque sea mentira.
Sino porque todavía me sostiene.
