El manual de la olla arrocera apareció dentro de una gaveta donde también había garantías vencidas, tornillos sin pareja y una llave que nadie se atreve a botar porque podría abrir algo importante, aunque llevemos años sin saber qué. Confieso que lo leí completo, de pie, en la cocina, con una seriedad que no le dedico a asuntos más urgentes. La olla ya no existe; se quemó hace tiempo, hizo su último arroz pegado y salió de la casa envuelta en una bolsa negra. El manual, en cambio, sobrevivió como sobreviven ciertas ideas: sin utilidad evidente, pero con una autoridad modesta. Ahí estaban las advertencias, los diagramas, la promesa de que todo aparato tiene una lógica interna y de que basta seguir los pasos para evitar el desastre. Me dio risa, una risa bajita, porque yo he querido aplicar ese mismo principio a casi todo: a las conversaciones incómodas, a las amistades que se enfrían, a las decisiones que uno toma con cara de adulto mientras por dentro anda buscando el botón de reinicio. Tengo una debilidad por las explicaciones ordenadas. Si algo duele, lo clasifico; si algo me contradice, lo convierto en hipótesis; si alguien se aleja, armo una teoría razonable donde cada silencio ocupa su casilla. Es una forma elegante de no admitir que a veces no hay sistema, solo una mezcla de cansancio, carácter, miedo y mala hora. Qué dicha, diría alguien, tan analítico uno; qué fino convertir el enredo en esquema. Pero la verdad es menos brillante: muchas veces pienso para no sentir de golpe. No porque sentir sea inferior, sino porque llega sin índice, sin introducción y sin esos subtítulos tan considerados que traen los manuales. Pensar, en cambio, ofrece una mesita donde acomodar el desorden y fingir que ya se hizo algo. He defendido opiniones con más pulcritud que convicción, he corregido detalles para no mirar el asunto principal, he pedido claridad como si la claridad fuera una obligación moral de los demás y no, a veces, una comodidad mía. Esa gaveta me dejó en evidencia mejor que cualquier confesionario. Guardé instrucciones de una olla muerta porque me tranquiliza creer que las cosas fueron diseñadas con propósito, que sus fallas pueden explicarse, que si uno hubiera leído antes la página correcta tal vez habría evitado el olor a quemado. Cerré el manual y lo puse de vuelta, por supuesto. Botarlo habría sido demasiado coherente, y yo todavía no estoy para exageraciones.
Manual para una olla que ya no existe

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