El balde rojo estaba en la mitad de la cocina, justo donde nadie esperaría encontrar un balde: entre la refrigeradora y la mesa, debajo de una mancha oscura del tumbado. Cada cierto rato caía una gota con sonido de uva aplastada. Ploc. Después otra. Ploc. Afuera, la lluvia bajaba fina, de esas que no parecen fuertes hasta que uno ve la ropa del cordel rendida, pegada como bandera triste. Déjalo ahí, me dije, como quien habla con alguien que tiene prisa. Mañana llamas al maestro, hoy ya no hay nada que hacer. ¿Y si no es solo una gotera?, contestó la otra parte de mí, esa que se despierta cuando algo se daña y empieza a mirar la casa como si fuera un rompecabezas mal armado.
Es agua entrando por donde no debe. No le des poesía. Pero el sonido tenía un ritmo. No era igual cada vez. Había gotas apuradas y gotas pensativas. Una caía en el centro del balde y sonaba hondo; otra tocaba el borde y hacía un tintineo flaco. Me quedé un rato escuchando, con la mano todavía en la puerta de la alacena, buscando arroz sin acordarme para qué. Vas a terminar haciendo cualquier cosa menos la merienda. Puede ser, respondí sin decirlo. Hay momentos en que la merienda también puede esperar un poco, sobre todo si la casa decide hablar por un huequito en el techo. Me agaché a mirar el balde. El agua temblaba con cada golpe y formaba círculos que se abrían, se cruzaban, desaparecían.
Pensé en los mapas de los buses que nunca están completos: rutas que uno aprende por ensayo, por una señora que dice “bájese dos cuadras más allá”, por un letrero escrito a mano en el parabrisas. El balde también tenía rutas. Cada gota abría una calle y se borraba de inmediato. No arreglas nada mirando. Tampoco arreglo nada molestándome, le dije a esa voz seca que siempre quiere procedimientos. La molestia es buena para empujar una puerta, no para encontrar por dónde entra el agua. Saqué una silla y me subí con cuidado. El tumbado tenía una grieta delgada, como una ceja.
No se veía dramática. Eso era lo raro: las cosas que más fastidian a veces entran por líneas pequeñas, por un detalle que uno dejó pasar porque no hacía bulla. Toqué alrededor con la punta de los dedos. Frío. Húmedo. La pintura se levantó un poquito, como piel quemada por sol. Bájate, te vas a caer. Ya voy. Desde arriba, la cocina se veía distinta. La mesa con sus migas, la funda de yuca junto al lavaplatos, el imán de una playa que nunca visité pegado en la refri. Pensé que uno debería subirse a una silla de vez en cuando, no para alcanzar nada, sino para revisar la forma en que se acomodó a su propio desorden. Eso sí ya es exagerar. Tal vez.
Pero ahí estaba la cocina, la misma de todos los días, convertida en maqueta. El balde era una laguna. La escoba, un puente. Las sillas, cuatro animales pacientes. Me dio ganas de moverlo todo, no por limpieza, sino por curiosidad: ¿qué pasaría si la mesa mirara a la ventana?, ¿si la alacena dejara de ser pared y se volviera esquina?, ¿si el espacio que uso para pasar apurada sirviera para sentarme un rato? Primero la gotera. Sí, primero la gotera. Pero mientras buscaba un trapo viejo y una lavacara adicional, empecé a juntar objetos como quien arma una escena.
Puse una olla pequeña debajo del punto donde salpicaba más. Luego una cuchara de palo atravesada sobre el balde para que las gotas resbalaran hacia un lado y no sonaran tan fuerte. No funcionó al principio. La cuchara vibraba y hacía un ruido de insecto atrapado. Gran invento. Espera. La envolví con un pedazo de franela y la incliné apenas. La gota cayó sobre la tela, se deslizó en silencio y terminó en el balde sin escándalo. Me pareció una tontería hermosa: no había detenido la lluvia, solo le había enseñado otro camino dentro de mi cocina. Eso no cuenta como solución. Cuenta como tregua. Y a veces una tregua permite pensar. Preparé café mientras el sistema improvisado hacía su trabajo. La casa seguía húmeda, sí, pero ya no sonaba a alarma.
Sonaba a paciencia. El agua bajaba por la franela con una delicadeza que me dio un poco de vergüenza, como si la naturaleza aceptara mi arreglo casero por pura cortesía. No te emociones, mañana igual toca llamar a alguien. Claro. No estaba confundiendo una cuchara envuelta con una reparación. Pero me quedé pensando en cuántas veces exijo respuestas completas cuando solo necesito una forma provisional de no ahogarme en el ruido. Un cambio de ángulo. Una tela doblada. Un recipiente en otro lugar. Algo pequeño que no niega el problema, pero le quita poder mientras llega lo demás.
La lluvia aflojó cerca de la noche. En la calle, un perro sacudió el cuerpo bajo el foco del poste y siguió caminando como si la ciudad entera fuera su patio. Abrí la ventana. Entró olor a tierra mojada y a comida frita de alguna casa vecina. La cocina, con el balde en medio, no se veía dañada sino ensayando otra versión de sí misma. Mañana va a quedar la mancha. Sí. Y habrá que pintar. También. Pero antes de apagar la luz dibujé, en una hoja de cuaderno, el techo visto desde abajo. Marqué la grieta, la mesa, el balde, la ruta de la gota. No era un plano útil para ningún maestro, seguramente. Era más bien un recordatorio: incluso lo que incomoda puede mostrar una forma nueva de mirar. La gotera no trajo una respuesta brillante, ni falta que hacía. Trajo una pregunta chiquita, doméstica, insistente: si el agua busca camino, ¿por qué yo tendría que quedarme siempre en el mismo?
