Abrí la app para pedir cena con la seguridad de una persona adulta que tiene hambre y, veinte minutos después, seguía viendo fotos de hamburguesas, sushi, tortas, ensaladas que no iba a pedir y postres que ni siquiera me gustan tanto. La escena no tiene mucha grandeza: yo en pants, el celular en la mano, el refri con un limón triste y medio paquete de tortillas. Pero ahí me pegó una duda bastante incómoda: si puedo escoger entre tantas cosas y aun así no sé qué quiero, ¿de qué sirve presumir que tengo opciones?
Porque nos encanta decir que elegir es libertad. Suena bonito. Hasta se puede poner en una taza, junto a una frase de actitud positiva y un café que cuesta lo que antes costaba una comida corrida. Pero elegir también puede ser una forma muy elegante de perderse. Uno cree que está mandando porque mueve el dedo sobre la pantalla, porque compara, porque descarta, porque pone y quita del carrito. Y tal vez sí manda un poquito. Pero también obedece: al cansancio, al anuncio, a la foto con queso derretido, al miedo de arrepentirse, a esa vocecita que dice “aprovecha, para eso trabajas”.
No digo que pedir una hamburguesa sea una crisis existencial. Tampoco hay que exagerar; el hambre no necesita doctorado. Lo que me inquieta es otra cosa: la facilidad con que llamo “querer” a cualquier cosa que se me aparece con buena iluminación.
Querer, en teoría, debería venir de adentro. Pero ese “adentro” está bastante amueblado por otros. Hay gustos que heredé, hábitos que copié, premios que aprendí a darme, culpas que disfrazo de disciplina y caprichos que nombro como “me lo merezco” para que suenen más serios. Y luego todavía tengo el descaro de decir: “yo soy así”, como si uno fuera una piedra y no una mezcla medio improvisada de familia, anuncios, amigos, cansancio, educación, rutinas y hambre.
Me da risa, con un poquito de pena, que yo defienda tanto mi voluntad y luego no pueda decidir entre papas a la francesa o aros de cebolla. Qué criatura tan soberana, tan dueña de sí misma, tan libre, detenida ante un combo.
Pero quizá el problema no es la indecisión. Tal vez la indecisión enseña algo que la seguridad esconde: que desear no es tan limpio como creemos. Uno no desea una cosa nada más por la cosa. Desea lo que imagina que esa cosa le va a dar. Descanso. Premio. Pertenencia. Una pausa. La sensación de que el día no fue puro trámite. A veces no quiero la cena; quiero que alguien, aunque sea un repartidor siguiendo un mapa, toque la puerta y confirme que sigo aquí.
Eso suena dramático, ya sé. Pero también es bastante común. Le ponemos nombres simples a necesidades complicadas. “Tengo antojo” puede significar “estoy harto”. “Quiero salir” puede significar “no quiero estar conmigo”. “Necesito comprar esto” puede significar “necesito sentir que algo cambia”. Y luego nos juzgamos por el objeto, no por la pregunta que venía escondida detrás.
La libertad, entonces, no sería tener diez opciones, ni cien, ni todas las que quepan en una pantalla. Ser libre tal vez empiece en poder hacer una pausa antes de obedecer al primer impulso. No para volverse santo ni para convertir cada cena en seminario. Qué flojera vivir así, revisando el alma antes de elegir salsa. Más bien para distinguir entre un deseo propio y una orden con buen diseño.
También está el otro extremo: sospechar de todo lo que uno quiere hasta quedarse quieto. Eso tampoco me parece libertad; parece burocracia interior. Como si para disfrutar algo hubiera que llenar tres formatos, comprobar que el deseo es auténtico, traer dos testigos y una copia de la credencial. Hay placeres sencillos que no necesitan explicación. Una concha calientita, una canción repetida, dormir sin alarma, comprar unas flores aunque se marchiten. No todo tiene que pasar por tribunal.
Lo difícil es aceptar que querer algo no siempre significa deber hacerlo, y no hacerlo no siempre significa reprimirse. Hay una zona rara entre el antojo y la renuncia donde uno se conoce un poco. Ahí se nota si la decisión nace de una alegría tranquila o de una ansiedad con prisa. Ahí, creo, aparece una versión menos infantil de la libertad: no la de hacer todo lo que se puede, sino la de no quedar reducido a lo que se me ocurrió hace cinco minutos.
Esa noche terminé cerrando la app. No por virtud, aclaro. No hubo música de superación ni iluminación espiritual. Me hice unos huevos con tortilla y una salsa de frasco que ya estaba en las últimas. Cenando, pensé que quizá elegí eso porque era lo más barato, o porque me dio flojera esperar, o porque de verdad se me antojó. Probablemente fue una mezcla, como casi todo.
Y tal vez ahí está la parte que me cuesta aceptar: uno rara vez quiere con pureza. Queremos torcido, a medias, influenciados, contradictorios. Queremos descansar y sentirnos productivos. Queremos compañía y espacio. Queremos cambiar sin perder comodidad. Queremos que la vida tenga sentido, pero también que llegue rápido la comida.
No me molesta ser así. Bueno, sí un poco, pero se me pasa. Lo que me preocupa es confundir esa confusión con identidad definitiva. Decir “esto soy” cuando apenas estoy viendo qué me empuja. Tal vez conocerse no sea encontrar una respuesta firme, sino aprender a sospechar con cariño de las propias ganas.
Mañana seguro volveré a abrir la app. No prometo nada. Pero si me tardo veinte minutos mirando hamburguesas, al menos intentaré preguntarme si tengo hambre, si tengo cansancio o si nada más estoy buscando una forma comestible de sentir que decidí algo.
