El martes pasado esperé un trufi cerca de una esquina donde antes había una tienda de barrio que yo recordaba más grande. Ahora es una farmacia pequeña, con luces fuertes, y al lado venden salteñas desde temprano. No pasó nada especial: subí, pagué mi pasaje, me apreté junto a la ventana y fui mirando las calles como si fueran de otro lugar, aunque he pasado por ahí media vida. Lo raro fue sentir que yo también estaba así, cambiado sin haberme dado cuenta, puesto en otro uso, funcionando por costumbre. Me acordé de una mañana de colegio, muy simple, en la que estaba parado en esa misma zona con mi mochila y una moneda en el bolsillo para comprar refresco. Ese recuerdo no tiene historia grande, no hay una lección escondida, solo yo esperando que llegue la hora y creyendo, sin decirlo, que más adelante todo iba a tener una forma clara. Ahora me pregunto si alguna vez llega esa claridad o si uno aprende nomás a caminar con una linterna chica, alumbrando lo suficiente para no caerse, pero nunca todo el camino.
Me cuesta aceptar que muchas decisiones importantes las tomé sin sentir que eran importantes. Elegí trabajos porque había que trabajar, acepté horarios porque la plata hacía falta, me quedé en algunas relaciones por cariño y en otras por miedo a quedarme solo, dije que después iba a pensar con calma y ese después se volvió años. No lo digo como tragedia, porque tampoco me fue mal del todo. Tengo gente que me quiere, he comido en mesas donde hubo risa, he podido pagar cosas que antes parecían imposibles, y todavía hay mañanas en que el café me sabe a comienzo. Pero igual aparece la pregunta: ¿esto soy yo o es la suma de lo que fui resolviendo para no quedar atrás? En Bolivia uno aprende temprano que no todo se puede escoger bonito, que hay que mirar la realidad, que a veces el cuerpo está cansado antes que las ganas. Sin embargo, también me pregunto si usar eso como explicación no me ha servido para dejar de preguntarme qué quiero de verdad. ¿Hasta qué punto la vida se arma con responsabilidad y hasta qué punto se achica por miedo? ¿Cuánto de mi nombre está en lo que hago cada día y cuánto es solo una firma repetida en papeles, mensajes, turnos, compras, saludos rápidos?
No estoy buscando una respuesta perfecta, porque ya no confío mucho en esas frases que prometen acomodar todo. He visto personas muy seguras cambiar de rumbo de golpe, he visto casas llenas quedarse calladas, he visto a gente joven hablar como si ya estuviera vencida y a personas mayores hacer planes con una seriedad hermosa, como si el tiempo no fuera solo una cuenta regresiva sino también un espacio que todavía se puede usar. Tal vez por eso esta duda no me deprime como antes. Me inquieta, sí, pero también me mantiene despierto de una manera buena. Me hace mirar mejor a mi madre cuando cuenta algo repetido, porque quizá ese relato es su forma de decir que sigue aquí. Me hace escuchar a un amigo que se ríe de sus problemas, no porque sean pequeños sino porque si no se ríe se le endurece el día. Me hace pensar en mi propio final sin morbo, con una especie de respeto. Algún día no voy a estar, y esa idea no debería servirme solo para asustarme, sino para preguntar qué merece mi presencia ahora. ¿A quién estoy dejando para más tarde?
¿Qué conversación estoy evitando por orgullo? ¿Qué parte de mí se está volviendo invisible por querer quedar bien con todos? ¿En qué momento confundí estar ocupado con estar viviendo? El recuerdo de esa esquina no me dio nostalgia exactamente. Más bien me mostró que el tiempo no pide permiso y que uno puede pasar años sin sentarse a conversar consigo mismo. Igual hay algo de esperanza en reconocerlo, aunque suene pequeño. Si todavía puedo hacerme estas preguntas, entonces no estoy terminado. Si todavía me incomoda una vida demasiado automática, algo adentro sigue reclamando. No creo que vaya a cambiar todo de golpe ni que mañana aparezca una vocación escondida, una respuesta luminosa o una señal de esas que la gente cuenta después como si el universo hubiera escrito claro. Más bien pienso en gestos más modestos: volver a llamar a alguien, caminar sin auriculares una tarde, decir que no a una cosa que ya no me pertenece, aprender algo sin convertirlo en negocio, quedarme un rato en silencio sin agarrar el celular. Tal vez el sentido no es una meta grande esperando al final, sino una manera de no abandonarse mientras se avanza. Tal vez pertenecer no es encontrar un lugar definitivo, sino poder habitar lo que uno elige con un poco más de verdad. Y aunque sé que la vida no se ordena solo porque uno la mire de frente, hoy me alcanza con admitir que quiero estar más presente en mis propios días, no como dueño de todo, sino como alguien que por fin se anima a preguntar hacia dónde está yendo antes de que el camino se vuelva puro piloto automático.
