El jueves dejé vencer una inscripción que sí podía pagar.
No era una gran cosa, tampoco. Un curso de sábados, unas horas en una zona a la que se llega atravesando medio tráfico, con parqueo caro y café malo, pero útil. De esos cursos que uno menciona y la gente dice “aprovechá”, como si la palabra aprovechá ya resolviera todo. Tenía el formulario abierto desde hacía días. Solo faltaba confirmar y pagar. Lo dejé ahí hasta que cerró el plazo. Lo raro fue que sentí alivio. Después vino la vergüenza, claro. Una vergüenza pequeña, no dramática, pero pegajosa.
Me escuché diciendo por dentro que no tenía tiempo, que había mucho gasto, que los sábados también se usan para lavar ropa, hacer mandados, ver a la familia, dormir un poco más. Todo eso era cierto. Ese es el problema: que las excusas más cómodas no siempre son mentiras. Me quedé pensando si elegí no inscribirme o si solamente dejé que algo se cerrara para no tener que decidir.
La diferencia parece mínima desde afuera, pero por dentro pesa. Porque si yo digo “no quise”, suena a libertad. Si digo “se me pasó”, suena a descuido. Si digo “no pude”, suena a límite. Y la verdad, incómodamente, tal vez está entre las tres. Me preocupa que muchas decisiones de mi vida tengan esa forma: no un sí claro ni un no claro, sino un desgaste que termina decidiendo por mí. Uno va caminando dentro de días llenos de pendientes y al final llama elección a lo que quedó en pie. No compré eso porque no alcanzó el pisto. No llamé porque ya era tarde. No fui porque llovió. No cambié porque todavía se podía aguantar. No pregunté porque qué pena.
Y luego, si alguien pregunta, uno arma una explicación decente. No quiero hacerme la víctima. Tengo más margen del que a veces admito. Puedo decir que no. Puedo decir que sí. Puedo ordenar prioridades. Puedo levantarme más temprano, tal vez. Puedo dejar de perder tiempo en tonteras. También puedo aceptar que no soy una persona hecha de pura voluntad. Tengo sueño, miedo, mañas, deudas, afectos, cuerpo. Tengo un carácter que se me formó antes de que yo pudiera opinar sobre él.
Entonces aparece la pregunta que me incomoda: ¿qué tan libre soy si mis ganas llegan ya dobladas por el cansancio? No lo digo para ponerme profundo. Lo digo porque me pasa en cosas concretas. A veces creo que deseo algo, pero al mirarlo mejor descubro que deseo que me vean como alguien que desea eso. Quiero estudiar más, pero quizá quiero que me consideren alguien que no se quedó. Quiero aceptar un plan, pero quizá solo quiero no quedar mal. Quiero ahorrar, pero quizá quiero sentir que por fin controlo algo. Quiero descansar, pero quizá quiero huir sin decir que estoy huyendo.
Es incómodo admitir que el deseo no siempre viene limpio. También es incómodo admitir que los límites no siempre son enemigos. Me criaron, como a muchos, con esa mezcla de “echale ganas” y “no seas conformista”, que ayuda para no tirarse al suelo por cualquier cosa, pero también hace que uno sospeche de todo descanso.
Si no tomo la oportunidad, soy flojo. Si la tomo y me reviento, soy responsable. Esa ecuación me parece cada vez más injusta, pero la sigo usando contra mí. Tal vez la libertad no sea tener todas las opciones abiertas. Eso suena bonito, pero casi nadie vive así. Tal vez la libertad empieza más abajo, en poder decir con cierta honestidad: esto sí lo estoy escogiendo, esto lo estoy soportando, esto lo estoy evitando, esto lo estoy pagando con algo que no quiero mirar. Porque todo se paga con algo.
No solo con dinero. Se paga con atención, con horas, con tranquilidad, con humor, con la forma en que uno llega a su casa. Yo he dicho muchas veces “solo es un esfuerzo más”, como si el esfuerzo no se acumulara en ninguna parte. Pero se acumula. Se queda en la voz, en la paciencia, en el modo en que uno contesta cuando alguien pregunta algo sencillo. No inscribirme al curso no arruinó nada. Eso también me confunde. Hay decisiones que uno imagina enormes y después la vida sigue igual: la tienda abre, la camioneta pasa llena, el correo trae otra promoción, el vecino barre su banqueta. Nadie se entera de la batalla interna. Uno queda con su pequeño veredicto privado. Lo que no quiero es acostumbrarme a que mi vida se decida por vencimiento. No quiero que todo dependa de qué plazo se cerró, quién insistió más, qué miedo hizo menos ruido, qué cansancio ganó primero. Me parece una forma triste de vivir, aunque desde afuera parezca normal. Pero tampoco quiero convertirme en esa persona que cree que todo se arregla con disciplina y agenda. Hay algo cruel en hablar de libertad como si todos partiéramos desde el mismo lugar, con el mismo descanso, la misma seguridad, la misma espalda. Por eso me cuesta responderme. Si digo que soy libre, siento que estoy negando mis condiciones. Si digo que no lo soy, siento que me estoy soltando de las manos. Quizá la responsabilidad está justo en no mentir sobre ninguna de las dos cosas. No me inscribí. Esa es la parte simple. La parte menos simple es aceptar que no sé todavía si fue una decisión sabia, una renuncia necesaria o una retirada disimulada. Solo sé que quiero aprender a distinguirlo antes de ponerle nombre. Porque decir “yo elegí” debería significar algo más que haber llegado cansado al final del día y dejar que el mundo escogiera por mí.
