Che, no sé en qué momento se me fue la mano, pero un día me di cuenta de que yo no “usaba” el celu: el celu me usaba a mí. Y no lo digo como frase de Instagram, lo digo posta. Me levantaba y lo primero era mirar mensajes. Después, mientras me hacía el mate, notificaciones. En el laburo, pestañas abiertas. En el bondi, más scroll. A la noche, “solo cinco minutos” y terminaba durmiéndome con la pantalla en la cara. Una máquina.
Lo peor es que ni siquiera era para algo importante. No es que estuviera salvando el mundo o aprendiendo chino mandarín. Era ver cosas. Cosas de otros. Opiniones. Noticias que te dejan con el cuerpo tenso. Videos graciosos que al minuto ya te olvidaste. Y así, día tras día, con la sensación de estar al día… pero por dentro, medio vacío.
La semana pasada me pasó una boludez que me hizo clic. Estaba esperando una respuesta de alguien (nada grave, un tema de organización), y como no contestaba, yo entraba a ver si estaba “en línea”, si había leído, si subió historia, si se conectó… un papelón. Me vi desde afuera y dije: “che, ¿qué estoy haciendo?”. Era como estar parado en la puerta de la casa de alguien, mirando por la ventana a ver si se movía. Un asco.
Entonces hice algo bastante simple: apagué las notificaciones de casi todo. Y el domingo, encima, dejé el celu en un cajón un rato largo. No fue un retiro espiritual ni nada místico, fue literal: lo guardé y me fui a barrer el balcón, a ordenar un par de cosas, a cocinar algo sin apuro. Y en el medio me agarraban impulsos raros, como mini ansiedad. La mano iba sola hacia el bolsillo. Te juro que me dio vergüenza. ¿Tan entrenado estaba?
Pero después… pasó algo re común, pero para mí fue enorme: no pasó nada. Nadie murió porque yo no respondí al toque. El mundo siguió. Los mensajes llegaron igual. La gente que me quiere, me quiere igual. Y lo que no era importante, se desinfló solo. Me di cuenta de que un montón de urgencias son de mentira. Son urgencias que se inventan para que uno no suelte el aparato.
Obvio, tampoco me voy a hacer el héroe. A la noche volví a agarrarlo y me clavé mirando pavadas, sí. Pero hubo un momento en que sentí el silencio, como cuando se corta un ruido constante que ya ni registrabas. Me acordé de cosas que hacía antes: escuchar un tema entero sin saltear, leer dos páginas sin mirar otra cosa, quedarme pensando sin necesidad de compartirlo. Me sentí medio abuelo diciendo esto, pero bueno, es lo que hay.
Lo que me da bronca es que uno siempre se culpa a sí mismo: “tenés poca fuerza de voluntad”. Y puede ser. Pero también está armado para engancharte. No es casualidad que te tiren colores, alertas, numeritos rojos, “tu resumen”, “te perdiste esto”. Es un mercado de atención, y tu cabeza es el producto. Así de simple.
No sé si voy a lograr un equilibrio perfecto. Capaz mañana recaigo y me paso dos horas viendo cualquier cosa. Pero por lo menos ahora lo vi. Y con eso ya me alcanza por hoy: saber que puedo apagarlo, guardar el celu, y que mi vida sigue. Y, che… hasta un poco mejor.
