Primera escena
. La ropa guardada. En la casa de mi mamá todavía hay una gaveta con cosas mías. No muchas: un suéter de la U, unos papeles doblados, una foto tamaño cédula donde salgo con cara seria y pelo que ya no usaría. Fui a buscar un cargador viejo y terminé sentado en la cama, revisando como si estuviera viendo pruebas de alguien que tuvo mi nombre antes que yo. Lo raro no fue la nostalgia, sino la duda. ¿Qué hace que una persona sea la misma con los años?
Porque yo puedo decir “ese soy yo”, pero también siento que sería injusto obligarme a responder por todos los deseos de ese patojo. Él quería cosas que ahora me cansan. Creía verdades que ya no me alcanzan. Tenía una seguridad que hoy me da ternura y un poco de pena. Si lo niego, miento. Si digo que todavía soy exactamente él, también.. El saludo en la tienda. Más tarde bajé a comprar tortillas y la señora de la tienda me llamó por un apodo que ya casi nadie usa. Lo dijo con cariño, sin mala intención. Me preguntó si seguía en lo mismo, si ya me había casado, si todavía era tan callado.
Segunda escena
Contesté con frases cortas, porque me cuesta explicarle a alguien en una banqueta todo lo que uno deja de ser sin hacer escándalo. Ahí entendí que la identidad no está solo adentro. También la cargan los otros, como una versión archivada de uno. Para ellos uno se queda congelado en una edad, en una forma de hablar, en una decisión que tomó hace años. Tal vez por eso cambiar da culpa: no solo se abandona una costumbre, también se contradice la memoria de quienes nos quieren. Y sin embargo, vivir solo para no desmentirlos sería una manera triste de quedarse quieto..
La noche y la pregunta. Regresé a mi cuarto ya tarde, con esa tristeza suave que no pide drama pero pesa. Puse las cosas viejas sobre la mesa y pensé que quizá ser uno mismo no significa conservar intacta una forma, sino reconocer el camino entre una forma y otra. Como una conversación larga donde algunas frases ya no sirven, pero no por eso se borra todo lo dicho. Me gustaría creer que cambiar no es traicionarse. Que hay una responsabilidad en revisar lo que fuimos, pero no una condena a repetirlo. El tiempo no pide permiso: nos mueve, nos desgasta, nos afina o nos vuelve más torpes. La pregunta es si podemos acompañar ese movimiento sin inventarnos una pureza que nunca tuvimos.
Tercera escena
Hoy no sé explicarlo mejor. Solo siento que sigo siendo yo, pero no como una piedra que aguanta igual la lluvia, sino como alguien que ha tenido que corregirse para no quedarse viviendo en una foto vieja. Y eso, aunque sea necesario, también da un poco de tristeza.
