La pantalla del cajero me preguntó si quería comprobante y apreté que no, casi por reflejo. —Salí con la tarjeta en la mano, guardé la compra en la mochila y seguí caminando como si nada. —Pero en la esquina me quedé parado un segundo, con esa sensación rara de haber rechazado una prueba chica de que estuve ahí.
—No exageres, era un papel. Sí, era un papel. Eso mismo me digo. —Pero después la cabeza sigue: ¿cuántas cosas de mi día no dejan ninguna marca? —¿Y por qué necesitaría que dejaran una? Trabajo, compro pan, pago cuentas, respondo mensajes, lavo una taza, duermo. Al otro día vuelvo a estar disponible para lo mismo. —Eso es vivir, no una película. —Ya, pero entonces quiero entender qué parte de todo esto soy yo. —No digo encontrar una misión enorme ni andar iluminado por la calle.
Me refiero a algo más simple y más incómodo: saber si estoy eligiendo mi vida o solamente administrándola. Hay una voz mía, bien práctica, que se burla de estas preguntas. Me dice que tengo suerte de tener pega, techo, gente que me ubica, una rutina que no se cae a pedazos.
—Y tiene razón. —No quiero sonar ingrato. Pero otra voz, más baja, insiste con una duda que no se va: —¿Y si llegar tranquilo a fin de mes no alcanza para sentir que estás viviendo? Me da pudor escribirlo, porque suena como problema de alguien que tiene tiempo para pensar demasiado. Pero no es ocio. —Es más bien cansancio de no saber hacia dónde se está cansando uno. —A veces miro mi pieza y veo ropa doblada, un cargador, una silla con cosas encima, y me pregunto si esa acumulación de objetos prueba algo.
¿Prueba que tengo una vida armada? ¿O solo que he ido resolviendo necesidades una tras otra? ¿En qué momento una persona pasa de sobrevivir ordenadamente a habitar de verdad lo que hace? ——Quizás estás esperando una respuesta que no existe.
—Puede ser. También puede ser que la respuesta no venga con forma de certeza, sino de atención. Pero incluso esa idea me molesta un poco, porque suena bonita y no necesariamente sirve a las ocho de la mañana, con sueño, apurado, pensando en el saldo de la cuenta y en la reunión que viene.
Lo que me inquieta no es morirme, al menos no directamente. —Me inquieta llegar a viejo, si llego, y no poder distinguir mis años entre sí. —Que todo haya sido una larga fila de obligaciones correctas, con algunos fines de semana buenos entremedio. Que mi biografía se pueda resumir en “hizo lo que correspondía”. —¿Y qué tendría de malo? Nada, si eso fue una elección. —Mucho, si fue puro miedo disfrazado de madurez. —No tengo una conclusión ordenada. Solo estoy tratando de escuchar esta incomodidad sin convertirla al tiro en plan, meta o culpa.
Tal vez por ahora basta con admitir que quiero algo más que pasar intacto por los días. Quiero reconocerme en ellos, aunque sea un poco.
