El abanico llevaba rato sonando raro, como si rozara con algo, y nadie en la casa le hizo caso.
Seguimos comiendo.
Alguien dijo que después lo revisaba.
Después no llegó.
Eso fue lo que me dejó pensando, no el abanico.
Esa facilidad que tenemos para seguir, para acomodar el oído, para hacerle un espacio a lo que molesta hasta que deja de parecer molestia.
No hablo solo de cosas grandes. Hablo de la silla coja en la mesa.
Del vecino que siempre pone la música un chin más alta de lo necesario.
Del trámite que uno sabe que va a tomar más de la cuenta y ya sale de la casa con la resignación puesta.
Del tapón que uno no discute porque discutirlo no lo mueve. Del “eso es así” que se dice con una calma que parece experiencia, pero a mí me suena, algunos días, a derrota bien peinada.
Me pregunto si acostumbrarse es una forma de inteligencia.
Puede serlo.
El cuerpo aprende para no estar sufriendo por cada esquina. La mente baja el volumen de ciertas incomodidades para que uno pueda cocinar, trabajar, criar, dormir, llegar a fin de mes, reírse un rato en el colmado mientras compra pan.
Si uno sintiera todo con la misma fuerza todo el tiempo, vivir sería imposible.
Pero también me pregunto si hay una línea, y si esa línea se cruza sin ruido.
Un día algo te molesta.
Otro día lo explicas. Después lo justificas.
Más tarde lo defiendes, no porque te parezca bueno, sino porque ya forma parte del paisaje donde tú sabes moverte.
Ahí es que me confundo.
Aceptar puede ser una paz trabajada.
Pero también puede ser cansancio con otro nombre.
Yo he llamado madurez a cosas que tal vez eran miedo.
He dicho “no vale la pena” cuando en realidad quería decir “no tengo fuerzas”. He dicho “me da igual” para no admitir que sí me importaba, pero que no sabía qué hacer con esa importancia.
Y no quiero vivir peleando con cada detalle.
Eso tampoco.
Hay gente que convierte cualquier incomodidad en una batalla y termina sin poder sentarse tranquila ni en su propia sala. No quiero ser así.
No quiero que mi deseo de que las cosas sean mejores me vuelva una persona amarga, siempre señalando, siempre midiendo lo que falta.
Pero tampoco quiero que la serenidad sea una excusa para dejar que todo me pase por encima.
La pregunta que me queda es sencilla y difícil: ¿cómo se distingue la paz de la costumbre? Porque por fuera se parecen.
Las dos pueden hablar bajito.
Las dos pueden decir “déjalo así”.
Las dos pueden sentarse en una mecedora al final de la tarde y mirar la calle sin hacer escándalo.
La diferencia, supongo, está en lo que pasa por dentro. La paz no te achica.
La costumbre, cuando es mala, sí.
Te va quitando tamaño sin que te des cuenta.
Te enseña a pedir menos de lo justo.
Te enseña a no preguntar para no incomodar.
Te enseña a sonreír antes de revisar si de verdad estás de acuerdo.
Y uno se vuelve práctico. Demasiado práctico.
Como si vivir consistiera solamente en encontrar la manera de no tropezar.
Pero hay una parte de uno que no nació solo para adaptarse.
Una parte que mira la silla coja y dice: esto se puede arreglar. Una parte que oye el abanico sonando raro y no quiere esperar a que se dañe entero.
No es una parte dramática.
No está buscando lío.
Solo no quiere confundir paciencia con abandono. Quizá aceptar sea mirar algo de frente y decir: esto existe, esto me toca, esto no lo puedo cambiar ahora, pero no voy a mentirme sobre lo que es.
Y acostumbrarse sea otra cosa.
Sea dejar de mirar.
Sea llamar normal a lo que todavía duele un poquito.
Sea hacerse el fuerte hasta perder la sensibilidad. No tengo una respuesta cerrada.
Me da desconfianza la gente que siempre sabe cuándo insistir y cuándo soltar.
Yo casi nunca lo sé en el momento.
Lo sé después, lavando un plato, montado en una guagua, oyendo a alguien repetir una frase que yo mismo he dicho mil veces.
“Así es la vida”.
Y sí.
Pero también no. La vida es así en parte porque muchas cosas nos llegaron hechas.
Pero también va siendo así por lo que dejamos intacto, por lo que reparamos, por lo que nombramos sin bulla.
Hoy el abanico sigue sonando raro.
No es una tragedia. Pero lo voy a revisar.
Aunque sea para practicar no acostumbrarme tan rápido.
