El táper mediano estaba en el escurridor, limpio pero con esa gotita terca en una esquina, y la tapa, por supuesto, no aparecía. Tenía que guardar el arroz con lentejas para llevarlo al día siguiente a la chamba, nada heroico, nada digno de una conversación profunda, salvo que eran las diez y media de la noche y yo estaba abriendo cajones como si buscara un documento perdido. Probé una tapa roja, bailaba. Una transparente, ajustaba solo si uno aceptaba vivir con miedo. Otra azul era de un recipiente que boté hace meses, pero la tapa se quedó, porque en esta casa las tapas tienen más oportunidades que muchas personas. Al final encontré el táper correcto detrás de una olla, con olor a detergente y a resignación. Lo llené con cuidado, porque si uno pone demasiado arroz luego no cierra, y si pone poco al día siguiente se arrepiente a las once y cuarenta, mirando el reloj como si el almuerzo fuera una institución pública que abre cuando quiere. Cerré el táper, lo volteé apenas para verificar que no chorree, y ahí recién sentí esa satisfacción mínima de haber evitado una desgracia pegajosa dentro de la mochila. Qué emocionante la adultez: uno empieza la noche queriendo dormir temprano y termina celebrando que una tapa hizo clic. Lo curioso es que esa demora absurda me dejó pensando en lo poco glamoroso que es cuidarse un poco. No hablo de grandes decisiones ni de reinventarse, porque suficiente tenemos con ubicar medias limpias. Hablo de esas cosas chicas que nadie felicita: dejar cargando el celular lejos del borde, lavar la taza antes de que se vuelva parte del paisaje, separar la ropa que destiñe, guardar comida antes de que dé flojera y se convierta en “mañana veo”, que normalmente significa “pasado mañana boto”.
Hay una versión de uno mismo, la de más tarde, que recibe lo que el de ahora hizo con sueño, con hambre o con fastidio. Y casi siempre le hablamos mal a esa versión: le dejamos platos, cables enredados, recibos sin mirar, bolsas dentro de bolsas, el arroz sin tapar. Después nos sorprendemos de amanecer molestos, como si un duende hubiera desordenado todo durante la noche. Yo no creo que haya que convertir cada gesto en disciplina ni andar viviendo como manual de organización, qué cansancio. Pero sí empiezo a sospechar que la tranquilidad no siempre viene de resolver cosas enormes, sino de no fabricarnos problemas chiquitos por pura dejadez. Ese táper cerrado no me cambió la existencia, felizmente, porque ya sería demasiado pedirle a un recipiente de plástico. Pero al día siguiente, al abrir mi lonchera sin encontrar lentejas bañando los cuadernos y el cargador, pensé que tal vez una buena parte del día se prepara así: sin épica, sin anuncio, haciendo una cosa simple antes de que se vuelva fastidiosa.
