En el chat mandaron la foto de las llaves sobre una mesa y todos empezaron con los mensajes de felicitación. Que qué alegría, que se lo merecen, que por fin, que Dios bendiga ese hogar.
Yo también escribí.
“Qué felicidad, de verdad”.
Y era verdad.
Pero no era toda la verdad, y ahí fue donde me empecé a sentir raro.
Porque antes de alegrarme bien, antes de sentir esa cosa limpia que uno supone que debe sentir por la gente que quiere, me apretó algo por dentro. Una puntada fea, chiquita, casi infantil. Como si la noticia de ellos hubiera alumbrado una parte mía que yo prefería dejar en sombra.
Me dio envidia.
No una envidia de desearles mal. Eso no. No me imagino quitándoles nada ni pensando que no lo merecen. Al contrario, sé todo lo que han corrido, lo que han aplazado, lo que han ahorrado, lo que han aguantado viviendo apretados.
La incomodidad viene justamente de ahí.
Se lo merecen.
Y aun así me dolió.
Me puse a mirar mi pieza, la ropa en la silla, el recibo pegado con un imán en la nevera, esa sensación de estar siempre resolviendo apenas lo siguiente. El arriendo, el mercado, el transporte, el arreglo que se dañó, el cumpleaños al que toca llevar algo, la plata que se va antes de que uno entienda por dónde.
No quiero convertir esto en una queja económica, porque no es solo plata.
Es más bien la vergüenza de sentirme atrasado.
Como si hubiera una fila invisible y yo estuviera viendo pasar a los demás con su turno cumplido: casa, viaje, pareja estable, carro, posgrado, bebé, negocio, lo que sea. Cada quien con su anuncio bonito, su foto, su brindis. Y yo con una sonrisa correcta en la cara, haciendo fuerza para que no se me note el hueco.
Me cae mal esa versión mía.
La que compara.
La que calcula.
La que escucha una buena noticia y se pregunta, por debajo: ¿y yo qué?
Después me da culpa. Entonces trato de compensar. Escribo otro mensaje más cariñoso. Mando un audio. Digo que tenemos que celebrar. Me convenzo de que ya se me pasó.
Pero no se pasa tan rápido.
Se queda un rato, como un sabor amargo detrás de los dientes.
Me pregunto si ser buena persona es no sentir eso o si es sentirlo y no dejar que mande. Suena muy noble escrito así, pero en la práctica es feo. Porque uno no controla la primera punzada. Uno controla, con suerte, lo que hace después.
Y yo no hice nada malo.
Solo me quedé en silencio después de felicitar.
Solo miré la foto otra vez.
Solo sentí, al mismo tiempo, alegría por ellos y una tristeza mía que no tenía derecho a meterse en la fiesta.
Tal vez eso es lo que más me incomoda: que la emoción no pidió permiso, entró igual.
